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Reflexión 108

IgnotaIlusión

El Hacedor de Horizontes
Nosotros somos tiempo sangrante,
buscamos algo que nos proteja,
y que nos sumerja
en una claridad imperturbable,

nosotros somos dioses,
creamos y alcanzamos sabiduría,
pero morimos,

¿qué nos hace pensar
que el todo no tiene fin?

somos tiempo
que existe porque nosotros lo contamos,

aún así, somos su paso,
somos el declive de nosotros mismos,

somos ilusión,
y podemos darnos cuenta de ello,
todo tiende a un final,
somos nada,
porque siempre no seremos,

cultivamos nuestros dolores,
después de sembrar miedo y egoísmo,

nuestro orgullo
nos hace ignorar la noche,

somos sol cegado,

danzamos en nuestros sueños
con otros finales
que también nos desgarran,

quebramos nuestras creencias,
mientras más sentimos y admiramos,
más dolor nos causa
el saber del no sentir,

minúscula experiencia es esta vida,

mayormente no existiremos,
por ende
mayormente somos nada,

vivimos
con el corazón en la mente,
y rechazamos por dolor,
hasta que nos abracen,
punzándonos el pecho con confianza,

vivimos
tratando de eternalizar la felicidad,
y aún tratando de llegar,
cayendo más hondo,
siempre nos conformamos
con lo que el cielo no nos quita,

final austero,

toda eternidad
es insignificante
cuando llegamos al último día,
nos damos cuenta
de que todo siempre es insuficiente,

pululamos
arrastrándonos con dolor,
para decirle al tiempo cuanto lo amamos,

caemos sin retorno,

y el viento nunca nos ha de escuchar.








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El poema nos sumerge en una profunda meditación sobre la fragilidad del ser humano frente al tiempo, la muerte y el vacío existencial. Nos muestra que, aunque aspiramos a ser eternos y sabios como dioses, estamos condenados a la finitud, al dolor y al olvido. En nuestra búsqueda desesperada de sentido, nos enfrentamos a la contradicción de existir: somos quienes crean el tiempo al medirlo, pero también quienes lo padecen. La vida se revela como una ilusión momentánea, una danza entre sueños rotos y verdades que duelen. Mientras intentamos retener la felicidad, caemos más profundamente en la insatisfacción, cultivando nuestros miedos y orgullos como si fueran semillas inevitables. Y al final, cuando todo concluye, descubrimos que nada fue suficiente. Somos un suspiro perdido en la vastedad del tiempo, y ni siquiera el viento se detiene a escucharnos.


Saludos Cordiales
 

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