IgnotaIlusión
El Hacedor de Horizontes
Acumulando años,
en un cuerpo que sufre la edad,
como todos sufren sus propias consciencias,
pesadas,
sumidas en hastío espeso,
ante el desastre sentimos,
como nuestra cordura se estira,
y se mezcla con la desesperación,
anclando nuestros pasos
a la lenta putrefacción
de un sendero que se construye con sangre,
mi mayor anhelo
es poder darle a la gente
la paz que solo se encuentra en la finitud,
que puedan razonar
que no hay placer en el sufrimiento,
y que toda existencia es sufrimiento,
entre cielos oscuros,
buscamos paz en la tristeza,
regada con luz de estrellas arrepentidas,
ellas alumbrarán nuestra calma,
nos susurran cada noche,
que acabaremos en un sueño,
sin retorno,
abalanzándonos hacia la quietud,
por temor a seguir viviendo,
entre asimilaciones, honestidad, y certezas,
deseo dejar de respirar necesidad,
deseo que nadie vuelva a sufrir,
y que no haya inicio ni final,
que el vacío domine,
y que ese vacío inmenso
sea pilar inquebrantable
de todo descanso, por fin, eterno,
si podemos entender
el dolor de la muerte ajena,
también debemos de entender
que cada ser se despide solo,
si deseamos pisar los suelos de la calma,
hemos de aceptar,
que toda vivencia se tiende a padecer,
encontraremos un lugar tan cómodo,
y a la vez tan vacío,
tan inmenso,
que nos sentiremos insignificantes,
indiferentes,
sin identidad,
sin posibilidad de ser.
en un cuerpo que sufre la edad,
como todos sufren sus propias consciencias,
pesadas,
sumidas en hastío espeso,
ante el desastre sentimos,
como nuestra cordura se estira,
y se mezcla con la desesperación,
anclando nuestros pasos
a la lenta putrefacción
de un sendero que se construye con sangre,
mi mayor anhelo
es poder darle a la gente
la paz que solo se encuentra en la finitud,
que puedan razonar
que no hay placer en el sufrimiento,
y que toda existencia es sufrimiento,
entre cielos oscuros,
buscamos paz en la tristeza,
regada con luz de estrellas arrepentidas,
ellas alumbrarán nuestra calma,
nos susurran cada noche,
que acabaremos en un sueño,
sin retorno,
abalanzándonos hacia la quietud,
por temor a seguir viviendo,
entre asimilaciones, honestidad, y certezas,
deseo dejar de respirar necesidad,
deseo que nadie vuelva a sufrir,
y que no haya inicio ni final,
que el vacío domine,
y que ese vacío inmenso
sea pilar inquebrantable
de todo descanso, por fin, eterno,
si podemos entender
el dolor de la muerte ajena,
también debemos de entender
que cada ser se despide solo,
si deseamos pisar los suelos de la calma,
hemos de aceptar,
que toda vivencia se tiende a padecer,
encontraremos un lugar tan cómodo,
y a la vez tan vacío,
tan inmenso,
que nos sentiremos insignificantes,
indiferentes,
sin identidad,
sin posibilidad de ser.