IgnotaIlusión
El Hacedor de Horizontes
Si podemos aceptar que somos inexistencia,
y no milagro,
y no virtud,
y no abundancia,
si podemos asegurar que estamos solos,
¿para qué nacer en soledad?
y después, además,
aceptar la soledad de todos,
un ser que sabía que se iba a morir nos creó,
explotó para lograr permanecer,
hasta desvanecerse completamente,
genética de todos los seres,
se esparce la condena, torturadora,
de nuevas suertes sentenciadas,
siembran mas vidas,
para que caigan en espiral,
al umbral donde el aire, es,
certeza de recordar nuestro dolor,
llevamos esa flama tóxica,
que nos susurra buenos augurios,
prometiéndonos lo que nunca encontraremos,
observamos nuestros sentires,
ahora fuera de nosotros,
contemplamos como las emociones
tienden a mezclarse, caóticamente,
con el oleaje de la quietud,
el tiempo es la ley de la finitud,
nuestra finitud es la ley del cuerpo,
y el cuerpo del universo se muere,
estamos condenados,
como lo estuvo aquel creador,
ahora, nosotros, creación,
que prolongará o acortará
su destino ineludible,
sueño,
y no quisiera soñar,
no quisiera respirar,
porque con el tiempo todo duele,
quisiera que los sueños fuesen negrura
y no dolor,
quisiera que nuestra huida corpórea,
sea principio de un alejamiento permanente,
que no se hiera,
y que no se mienta,
que la verdad fuese mas que una condición,
que sea irrompible frente al horror,
y que su pulcritud, sea,
blancura de inexistencia en impecable calma.
y no milagro,
y no virtud,
y no abundancia,
si podemos asegurar que estamos solos,
¿para qué nacer en soledad?
y después, además,
aceptar la soledad de todos,
un ser que sabía que se iba a morir nos creó,
explotó para lograr permanecer,
hasta desvanecerse completamente,
genética de todos los seres,
se esparce la condena, torturadora,
de nuevas suertes sentenciadas,
siembran mas vidas,
para que caigan en espiral,
al umbral donde el aire, es,
certeza de recordar nuestro dolor,
llevamos esa flama tóxica,
que nos susurra buenos augurios,
prometiéndonos lo que nunca encontraremos,
observamos nuestros sentires,
ahora fuera de nosotros,
contemplamos como las emociones
tienden a mezclarse, caóticamente,
con el oleaje de la quietud,
el tiempo es la ley de la finitud,
nuestra finitud es la ley del cuerpo,
y el cuerpo del universo se muere,
estamos condenados,
como lo estuvo aquel creador,
ahora, nosotros, creación,
que prolongará o acortará
su destino ineludible,
sueño,
y no quisiera soñar,
no quisiera respirar,
porque con el tiempo todo duele,
quisiera que los sueños fuesen negrura
y no dolor,
quisiera que nuestra huida corpórea,
sea principio de un alejamiento permanente,
que no se hiera,
y que no se mienta,
que la verdad fuese mas que una condición,
que sea irrompible frente al horror,
y que su pulcritud, sea,
blancura de inexistencia en impecable calma.
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