Glendalis Lugo
Poeta veterano en el portal
Era una noche lluviosa con mucha ventisca, Norma caminaba cabizbaja por el vecindario, sus ojos no reflejaban emoción alguna; llevaba en sus manos un cuchillo y una bolsa. Haberse enterado de la infidelidad de su marido con la vecina no la había desquiciado tanto como haberse quedado en la calle sola con sus cinco hijos. Los años vividos a su lado, el duro trabajo para salir adelante, todo había sido echado en un traste por una absurda aventura. Sí tan sólo el hubiera pensando en el sufrimiento tan grande que le había causado-pensaba. Pero en su mente una idea se había forjado; vengarse.
Él tenia que pagar por la traición, así que habiendo dejado a sus hijos con unos familiares regresó al vecindario; esperaría el momento que él saliera de la casa para seguirlo sin que se diera cuenta; lo siguió hasta un bar que él siempre frecuentaba, esperó, hasta que salió más tarde tambaleándose muy ebrio, ella aprovechándose de la oscuridad se acercó y le azotó un golpe muy fuerte en la cabeza con un martillo.
Logró arrastrarlo hacia un pastizal, donde lo decapitó dejando el cuerpo tirado y guardando la cabeza en una bolsa, la sangre iba derramándose marcando el camino que llevaba a la casa de la amante. Tocó el timbre y dejó la cabeza desangrada en la puerta; se retiró llena de ira y dolor, pero con la satisfacción de escuchar el grito desgarrado de la maldita concubina cuando vio la cabeza de su amante envuelta en papel de regalo.
Él tenia que pagar por la traición, así que habiendo dejado a sus hijos con unos familiares regresó al vecindario; esperaría el momento que él saliera de la casa para seguirlo sin que se diera cuenta; lo siguió hasta un bar que él siempre frecuentaba, esperó, hasta que salió más tarde tambaleándose muy ebrio, ella aprovechándose de la oscuridad se acercó y le azotó un golpe muy fuerte en la cabeza con un martillo.
Logró arrastrarlo hacia un pastizal, donde lo decapitó dejando el cuerpo tirado y guardando la cabeza en una bolsa, la sangre iba derramándose marcando el camino que llevaba a la casa de la amante. Tocó el timbre y dejó la cabeza desangrada en la puerta; se retiró llena de ira y dolor, pero con la satisfacción de escuchar el grito desgarrado de la maldita concubina cuando vio la cabeza de su amante envuelta en papel de regalo.
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