crisantemo
Poeta fiel al portal
Regreso a Bradford
(Por Ellen Bradbury (heterónimo))
(Por Ellen Bradbury (heterónimo))
De pronto, y sin apenas darme cuenta, llegó ese futuro imaginado. Creí que la soledad me destruiría y, sin embargo, me encontré con una soledad repleta y valiosa. Retomé la escritura; necesitaba invertir el tiempo del que disponía en alguna actividad trivial. Escribir resultó ser de todo menos trivial; fue más bien una catarsis que me condujo a una necesidad de hacer las paces. Eso fue lo que motivó mi viaje de regreso a Bradford; fui para ver a mi hermano. Habían pasado veinte años desde la última vez que lo vi, y no me sentía mal por ello. Salí de Bradford con catorce años, y me acuerdo perfectamente del porqué.
En mi familia estar ocioso no era una opción, y valorar si lo estabas o no era un juicio que correspondía a mi padre. De pequeño recuerdo una sensación de haber hecho algo malo si veía llegar a mi padre y estaba jugando en la calle: corría para llegar antes que él a casa. Ninguno de mis amigos actuaba de esa forma. Durante las vacaciones, las horas de escuela simplemente se canjeaban por otras en la empresa familiar. El fin de semana era el único tiempo libre del que disponía. Mi padre calculó que dos días libres de obligaciones a la semana eran demasiado, y ordenó que los sábados tomara clases de dibujo y de música como mi hermano Pete. Mi madre, estuviera o no de acuerdo, nunca se opuso a las decisiones de mi padre; Pete tampoco. Estaba solo ante aquel hombre gigantesco.
La música fue una moneda de cambio para mi hermano y para mí. Mi padre siempre se preocupó de que nos sintiéramos culpables. Yo me sentía culpable si estaba jugando con mis amigos en lugar de practicar con el violín. De alguna manera logró que una decisión suya la sintiera como propia; podía exigirme dedicación dado el esfuerzo económico que suponía para la familia, y eso me enojaba. Mi hermano Pete, tres años mayor que yo, nunca vio nada malo en ello. Ensayaba seis y siete horas cada día, estaba en sexto de piano y había tomado la decisión de apostar por la música, a pesar de que su profesor opinaba que no tenía las cualidades necesarias.
Mi padre apreciaba su esfuerzo, que en comparación con el mío era mucho, y eso le hacía la vida más fácil a Pete. Obtenía de él todo cuanto necesitaba. Nunca fue al conservatorio, estudiaba desde casa, siempre solo, él y su dichosa música.
Al acabar la secundaria, recuerdo que todo cambió. La empresa dejó de ir bien y el dinero escaseaba. Pete empezó a cuestionar mi paga semanal y cuando mi padre pedía que tocáramos juntos, se quejaba de mi falta de práctica con el violín. Una falta de práctica que, según él, se debía al tiempo que desperdiciaba con mis amigos, dato que mi padre desconocía. Eso hizo todavía más insostenible la idea de seguir en aquella familia. Decidí jugármelo todo a una carta. Propuse a mi padre irme a Birmingham a trabajar y seguir allí mis estudios; aceptó mi propuesta, aunque lo interpretó como una derrota suya; eso me acercó más a él. Mi hermano, en cambio, lo vio como una victoria. Salí de aquella casa como perdedor, pero salí; no volvería a dormir en mi cama jamás.
Recuerdo el día que regresé a Bradford como si fuera ayer. Llegué a la estación con el tren de las 9:45 procedente de Birmingham. El cielo estaba gris y caía una fina llovizna típica en Bradford, el drizzle, que me obligó a abrir el paraguas. Pasé por delante de la antigua fábrica de mi padre, giré en la escuela y seguí andando hasta llegar a la calle donde vivía mi hermano. Me costó reconocer la casa; el jardín estaba descuidado, las persianas llenas de polvo, y las casas vecinas habían crecido. Llamé al timbre; quizá fuera la primera vez que lo hiciera; nosotros siempre entrábamos por el jardín. Se oían ladridos de varios perros en el interior de la casa. Mi hermano abrió la puerta. Su físico correspondía a una persona mayor, pero su cara parecía la de un niño. Conservaba sus gestos, los mismos gestos esquivos producto de su acusada timidez. Nos dimos la mano, nunca nos abrazamos ni nos besamos. Me miraba como quien ve una aparición.
Dejé el paraguas en el vestíbulo de la entrada y subimos el tramo de escaleras de acceso a la casa; Pete abrió la puerta que daba al recibidor y fuimos hacia el pasillo; recuerdo que estaba oscuro como en un cine y olía mal. Nuestra habitación quedaba al final del pasillo. Los perros seguían ladrando; Pete, al ver que me incomodaban sus ladridos, les lanzaba voces intentando que se callaran. Entramos en la habitación donde dormíamos de niños; no pude ver nada del resto de la casa; todas las puertas las vi cerradas.
Había sacado las camas de la habitación; en su lugar puso el piano y una estantería. Encima del piano tenía mi violín; lo sacó del estuche, dio un par de pasadas de resina en las cerdas del arco y empezó a tocar una de las últimas partituras que aprendí. Yo miraba la habitación, tenía colgados los primeros cuadros que hice y en un rincón vi mi carpeta de dibujo. Me animó a que le echara un vistazo. Abrí la carpeta, y entre los bocetos hallé unas cuartillas con algunos de los primeros escritos que intenté.
Pete se sentó al piano y empezó a tocar una sonata de Bach. Yo estaba de pie, no había más sillas. Me fijé en que cometía los mismos fallos en los mismos compases y en las mismas notas de siempre, y eso me liberó un sentimiento de infinita ternura hacia él. A medida que avanzaba su interpretación, sentía como si el tiempo fuera para atrás. Miré hacia donde estaba mi cama. Me la imaginé cubierta con el edredón, y encima del edredón los cómics que solía leer, y encima los días en que reíamos por cualquier cosa, y encima los días en que estuve enfermo, y encima la expresión del rostro de mi padre cuando le dije que me iba de Bradford; y al lado, la de mi hermano que estaba tocando una sonata de Bach. Cuando terminó de tocar, se giró buscando mi aplauso. Intentábamos agradarnos. Nos mirábamos los dos como si hubiéramos salido de sendas cárceles, y ahora nos encontráramos libres y a salvo, para continuar donde lo dejamos.