DIEGO
Poeta adicto al portal
La he conocido allí, sentada. Ensimismada. Sumida en quién sabe qué pensamientos ardorosos.
El contacto primero fue visual. Atrayente me pareció su acción de la lectura casi compulsiva. Sus lentes calzaban a la perfección en un rostro muy bello, intrigante.
Finos cristales cuidaban celosamente sus ojos almendrados.
Yo, escribía. Pero la distracción que ejercía su magnética presencia en la mesa lindera, desbarataba mi intención de concluir trabajoso proyecto, a pesar del tenaz empeño que le imprimía a mis pretensiones.
La insistencia de mis ojos posados sobre su desentendida actitud de mujer despreocupada, finalmente llamaron su atención. A poco de pasear las miradas de mesa en mesa, escapó de sus labios una sonrisa cómplice. Vestía una camisa blanca con sutiles detalles de líneas oscuras. Una pollera corta entubaba las autopistas de sus piernas. A su vez, éstas lucían sendas medias negras que erotizaban toda anatomía. La suya y la mía. Zapatos de taco aguja en perfecta conjunción con la delicada terminación de su ser. El cabello recogido y azabache.
Las palomas de sus manos sobrevolaban las amarillentas hojas del vetusto libro.
De vez en cuando, imprimía a su rostro un mohín, cómplice de algún párrafo impreso.
Luz en su rostro. Era imposible no enamorarse.
Habré estado observándola cerca de media hora, de las cuales estuvo enterada los últimos veinte minutos. Me fascinaron los artilugios a los que echaba mano para interesarme. Zorra.
Dos nuevas tazas de humeante café se asociaron a nuestros interminables intercambios de gustos personales, nombres y sonrisas conquistadoras.
Olvidé decir que para cuando accedió a que me acercara a su mesa, el añoso libro que momentos antes consumía con avidez, ocupaba amplio lugar en su bolso de cuero negro.
Transcurridas dos horas de verborrágica muestra de interés mutuo, de improviso, y en medio de una frase que quedará ad infinitum inconclusa, soltó: - ¿me acompañas a casa? -
Admito que la sorpresa fue grande. Tanto, que estuve unos segundos como suspendido en el tiempo, como si éste se hubiere detenido.
Como resultante de esta confusa y sorpresiva propuesta, acepté.
No encontraba el equilibrio dentro de la situación en la que me encontraba.
Caminamos hasta la calle. Unos pocos pasos sobre vereda húmeda y el café quedó atrás.
Iniciaba la ubicación de mi auto cuando tomando mi mano, comenzó a guiarme cual ciego perdido en la jungla.
- Vivo arriba , sígueme
Reconozco que mi corazón dio un vuelco y no sabía bien a qué atenerse.
Ingresamos a un departamento austero, con algún que otro adorno, y por lo que mis ojos podían apreciar, de soltera. Ya no hubo tantas palabras como rato antes sucediera.
- No te ofrezco nada para beber porque supongo que con el reciente café estará bien
- Es cierto contesté.
- Además me urge tener relaciones sexuales, tienes algún problema con eso?
- ¿ Debería ? pregunté confundido.
Al instante fui inmerso en una vorágine de pasión, sensaciones e intercambios de fluidos que sería muy largo de contar. Fue extenso. Pasaron horas.
Todas las acrobacias kamasútricas fueron probadas. Contra lo que creí siempre, sí se pueden realizar (si uno esta dispuesto a intensos dolores musculares a posteriori).
Terminó la tarde y la noche se apoderó de las almas. Despedida.
La cuestión es que habiendo desaparecido el halo de misterio y belleza de aquellos momentos de café, me convertí con el tiempo en el instrumento de saciedad de su naturaleza ninfómana. Ha pasado tiempo, seguimos encontrándonos cada vez que sus bajos instintos lo requieren.
Aquella noche, antes de retirarme del apartamento, la curiosidad de su lectura provocaba como un mosquito pinchando mi curiosidad.
En el momento en que se ausentó momentáneamente, sucumbí a la tentación de conocer el libraco que dormía en el bolso. Lo tomé fuertemente entre mis manos y dándolo vuelta, busqué el título: La Biblia.
Grande fue mi sorpresa, no me pregunten porqué.
A partir de ese instante, se me antoja su cama un circo romano y yo, el cristiano que espera al león.
El contacto primero fue visual. Atrayente me pareció su acción de la lectura casi compulsiva. Sus lentes calzaban a la perfección en un rostro muy bello, intrigante.
Finos cristales cuidaban celosamente sus ojos almendrados.
Yo, escribía. Pero la distracción que ejercía su magnética presencia en la mesa lindera, desbarataba mi intención de concluir trabajoso proyecto, a pesar del tenaz empeño que le imprimía a mis pretensiones.
La insistencia de mis ojos posados sobre su desentendida actitud de mujer despreocupada, finalmente llamaron su atención. A poco de pasear las miradas de mesa en mesa, escapó de sus labios una sonrisa cómplice. Vestía una camisa blanca con sutiles detalles de líneas oscuras. Una pollera corta entubaba las autopistas de sus piernas. A su vez, éstas lucían sendas medias negras que erotizaban toda anatomía. La suya y la mía. Zapatos de taco aguja en perfecta conjunción con la delicada terminación de su ser. El cabello recogido y azabache.
Las palomas de sus manos sobrevolaban las amarillentas hojas del vetusto libro.
De vez en cuando, imprimía a su rostro un mohín, cómplice de algún párrafo impreso.
Luz en su rostro. Era imposible no enamorarse.
Habré estado observándola cerca de media hora, de las cuales estuvo enterada los últimos veinte minutos. Me fascinaron los artilugios a los que echaba mano para interesarme. Zorra.
Dos nuevas tazas de humeante café se asociaron a nuestros interminables intercambios de gustos personales, nombres y sonrisas conquistadoras.
Olvidé decir que para cuando accedió a que me acercara a su mesa, el añoso libro que momentos antes consumía con avidez, ocupaba amplio lugar en su bolso de cuero negro.
Transcurridas dos horas de verborrágica muestra de interés mutuo, de improviso, y en medio de una frase que quedará ad infinitum inconclusa, soltó: - ¿me acompañas a casa? -
Admito que la sorpresa fue grande. Tanto, que estuve unos segundos como suspendido en el tiempo, como si éste se hubiere detenido.
Como resultante de esta confusa y sorpresiva propuesta, acepté.
No encontraba el equilibrio dentro de la situación en la que me encontraba.
Caminamos hasta la calle. Unos pocos pasos sobre vereda húmeda y el café quedó atrás.
Iniciaba la ubicación de mi auto cuando tomando mi mano, comenzó a guiarme cual ciego perdido en la jungla.
- Vivo arriba , sígueme
Reconozco que mi corazón dio un vuelco y no sabía bien a qué atenerse.
Ingresamos a un departamento austero, con algún que otro adorno, y por lo que mis ojos podían apreciar, de soltera. Ya no hubo tantas palabras como rato antes sucediera.
- No te ofrezco nada para beber porque supongo que con el reciente café estará bien
- Es cierto contesté.
- Además me urge tener relaciones sexuales, tienes algún problema con eso?
- ¿ Debería ? pregunté confundido.
Al instante fui inmerso en una vorágine de pasión, sensaciones e intercambios de fluidos que sería muy largo de contar. Fue extenso. Pasaron horas.
Todas las acrobacias kamasútricas fueron probadas. Contra lo que creí siempre, sí se pueden realizar (si uno esta dispuesto a intensos dolores musculares a posteriori).
Terminó la tarde y la noche se apoderó de las almas. Despedida.
La cuestión es que habiendo desaparecido el halo de misterio y belleza de aquellos momentos de café, me convertí con el tiempo en el instrumento de saciedad de su naturaleza ninfómana. Ha pasado tiempo, seguimos encontrándonos cada vez que sus bajos instintos lo requieren.
Aquella noche, antes de retirarme del apartamento, la curiosidad de su lectura provocaba como un mosquito pinchando mi curiosidad.
En el momento en que se ausentó momentáneamente, sucumbí a la tentación de conocer el libraco que dormía en el bolso. Lo tomé fuertemente entre mis manos y dándolo vuelta, busqué el título: La Biblia.
Grande fue mi sorpresa, no me pregunten porqué.
A partir de ese instante, se me antoja su cama un circo romano y yo, el cristiano que espera al león.
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