DIEGO
Poeta adicto al portal
Tenía todo lo que se puede querer.
Un presente sonriente, un futuro mejor y un pasado... ¿qué importa?, total ya pasó.
En todo caso te lo cuento si vuelve a pasar.
Tenía un trabajo con venturoso futuro en el escalafón.
Una novia excelente estudiante, con incontables postgrados en su profesión.
Compramos cocina, televisor, accedimos a Internet. Comenzamos a ahorrar.
Los fines de semana nos turnábamos para salir. Compramos un auto en treinta y seis cuotas pidiendo una garantía prestada.
Sacamos un crédito para la casita, los muebles y un perro boxer.
El casamiento fue como de costumbre: parientes, amigos, colados y todo lo usual, fiesta incluida.
Nos hicieron una colecta para adquirir la alarma y abonarnos a un sistema de seguridad.
La luna de miel nos derivó en hoteles preciosos de los que robamos ideas para la decoración de la casa.
Después llegó la esperada felicidad, hasta se nos pasó por la cabeza ampliar el hogar con una habitación en el fondo. A los dos años nació Sebastián y le pusimos como nombre Germán. Después fuimos una perfecta familia cuando Catylinda completó el casal. Todo era perfecto. La paz del hogar era muy firme. Muchos vecinos envidiaban nuestro estilo de vida.
Un largo día las cosas cambiaron. No sé cómo pasó. Todo se fue al carajo. Hice cortocircuito.
Me enamoré de mi mujer. La llamaba al trabajo para hacérselo saber.
La llené de flores y por la madrugada le hablaba de amor.
Ella no aguantó mucho. Me dijo: -¡córtala, no sé qué te dio!, no me escribas poemas y no te me declares en el desayuno, viejo, ¡por Dios!
Yo no podía cambiar. Se fastidió tanto que me mandó al psiquiatra, y al ver que no mejoraba, me dejó.
Se desbarató la familia junto con mi prestigio. No rendía en el trabajo y eso trajo aparejado un justo descenso en mi cargo.
Todo se ponía peor. Mi mujer me pidió el divorcio y que no mandara más cartas de amor.
Empezamos a navegar entre papeles de separación, cuotas alimentarias, tenencia de los chicos y toda esa ensalada legal. Justamente allí nos dimos cuenta de que estábamos muy de acuerdo en esas cuestiones, y teníamos afinidad de criterio; no había lugar para la discusión...
Nos pusimos a reflexionar y decidimos volver a empezar. Teníamos tanto en común que valía el esfuerzo de recomenzar. Yo logré superar mi querer, prometí dejarme de joder, y la familia sin flores ni cartas, volvió a florecer.
Aunque de golpe se me ocurre soñar que la amo. Luego, al despertar recapacito y me doy cuenta de que el auto está viejo y que es tiempo tal vez de cambiar...
Un presente sonriente, un futuro mejor y un pasado... ¿qué importa?, total ya pasó.
En todo caso te lo cuento si vuelve a pasar.
Tenía un trabajo con venturoso futuro en el escalafón.
Una novia excelente estudiante, con incontables postgrados en su profesión.
Compramos cocina, televisor, accedimos a Internet. Comenzamos a ahorrar.
Los fines de semana nos turnábamos para salir. Compramos un auto en treinta y seis cuotas pidiendo una garantía prestada.
Sacamos un crédito para la casita, los muebles y un perro boxer.
El casamiento fue como de costumbre: parientes, amigos, colados y todo lo usual, fiesta incluida.
Nos hicieron una colecta para adquirir la alarma y abonarnos a un sistema de seguridad.
La luna de miel nos derivó en hoteles preciosos de los que robamos ideas para la decoración de la casa.
Después llegó la esperada felicidad, hasta se nos pasó por la cabeza ampliar el hogar con una habitación en el fondo. A los dos años nació Sebastián y le pusimos como nombre Germán. Después fuimos una perfecta familia cuando Catylinda completó el casal. Todo era perfecto. La paz del hogar era muy firme. Muchos vecinos envidiaban nuestro estilo de vida.
Un largo día las cosas cambiaron. No sé cómo pasó. Todo se fue al carajo. Hice cortocircuito.
Me enamoré de mi mujer. La llamaba al trabajo para hacérselo saber.
La llené de flores y por la madrugada le hablaba de amor.
Ella no aguantó mucho. Me dijo: -¡córtala, no sé qué te dio!, no me escribas poemas y no te me declares en el desayuno, viejo, ¡por Dios!
Yo no podía cambiar. Se fastidió tanto que me mandó al psiquiatra, y al ver que no mejoraba, me dejó.
Se desbarató la familia junto con mi prestigio. No rendía en el trabajo y eso trajo aparejado un justo descenso en mi cargo.
Todo se ponía peor. Mi mujer me pidió el divorcio y que no mandara más cartas de amor.
Empezamos a navegar entre papeles de separación, cuotas alimentarias, tenencia de los chicos y toda esa ensalada legal. Justamente allí nos dimos cuenta de que estábamos muy de acuerdo en esas cuestiones, y teníamos afinidad de criterio; no había lugar para la discusión...
Nos pusimos a reflexionar y decidimos volver a empezar. Teníamos tanto en común que valía el esfuerzo de recomenzar. Yo logré superar mi querer, prometí dejarme de joder, y la familia sin flores ni cartas, volvió a florecer.
Aunque de golpe se me ocurre soñar que la amo. Luego, al despertar recapacito y me doy cuenta de que el auto está viejo y que es tiempo tal vez de cambiar...