Resedas de vidas viven en tus ojos;
Un infinito de cielos en tu sonrisa:
En el remanso de otoño de un río redivivo,
en las veredas de tierra donde los gorriones se bañan,
o en las ventanas abiertas como ciclos que terminan,
disfruto de las cálidas vendimias de tus besos
como aquel que siente, de la muerte, su mejoría.
Sin haber en su magnitud este amor desandado,
hermano de los puentes y los campos sin minas,
escuchando la música alba que entonan tus abrazos
yo me entrego a la ambrosía de los soles poéticos
junto a tus manos tan jóvenes como la espiga y el vino.
Pero hay un nido en el follaje de mis versos
donde el canto y el vuelo de un pájaro aún no ha nacido
y, como un crucigrama desprovisto de palabras y sentido,
va, empero, clarificándose en mí espíritu.
Es un hambre de amor en cinco dimensiones
lo que me cobija en sus alas embriagadas de canto,
que me trae un antiguo silencio de libertad sin armas
mientras sigo disfrutando mí pequeñez cotidiana
donde juegan los niños con los sueños que vendrán mañana.
Un infinito de cielos en tu sonrisa:
En el remanso de otoño de un río redivivo,
en las veredas de tierra donde los gorriones se bañan,
o en las ventanas abiertas como ciclos que terminan,
disfruto de las cálidas vendimias de tus besos
como aquel que siente, de la muerte, su mejoría.
Sin haber en su magnitud este amor desandado,
hermano de los puentes y los campos sin minas,
escuchando la música alba que entonan tus abrazos
yo me entrego a la ambrosía de los soles poéticos
junto a tus manos tan jóvenes como la espiga y el vino.
Pero hay un nido en el follaje de mis versos
donde el canto y el vuelo de un pájaro aún no ha nacido
y, como un crucigrama desprovisto de palabras y sentido,
va, empero, clarificándose en mí espíritu.
Es un hambre de amor en cinco dimensiones
lo que me cobija en sus alas embriagadas de canto,
que me trae un antiguo silencio de libertad sin armas
mientras sigo disfrutando mí pequeñez cotidiana
donde juegan los niños con los sueños que vendrán mañana.
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