mauricio aguirre
Poeta fiel al portal
Febriles llamas consumen habitaciones
desoladas,
decadentes pasos huyen agitando
las candentes vidas.
Una ronda de copas que nos devuelva
la memoria nos conmueve y remonta,
si existe el dolor, son malos los memorables
recuerdos que debemos enfrentar
en esta hora.
Asi entretenidos con fragancias
añejas que trae el viento,
nos perdemos en el tiempo y reconocemos
el aroma de aquel amor frustrado,
aquella tertulia amena,
y aquel cigarrillo a medio terminar
junto a una botella vacía que enloquece,
la culpa enterrada sin expresiones funestas,
aquel sentimiento de miedo que era distancia
de los deseos,
aquella apetecida soledad, que era un imán
de infinitas nostalgias,
aquella huida de un abandono anunciado,
la quema de lo vivido y de lo abortado,
el baúl del recuerdo hecho cenizas
por una apuesta perdida en un juego de azar
con el diablo,
los viajes que zarpamos en puertos abandonados,
y aquella vez que brindamos por las ausencias,
para tenerlas como nuestros únicos destinatarios
en nuestro rincón bohemio e idealizado.
Pues los signos metafísicos han tenido resonancia
en voces aferradas a la eternidad de las esencias,
y no en sigilosos momentos sepultados
por olvido en la antiguedad.
desoladas,
decadentes pasos huyen agitando
las candentes vidas.
Una ronda de copas que nos devuelva
la memoria nos conmueve y remonta,
si existe el dolor, son malos los memorables
recuerdos que debemos enfrentar
en esta hora.
Asi entretenidos con fragancias
añejas que trae el viento,
nos perdemos en el tiempo y reconocemos
el aroma de aquel amor frustrado,
aquella tertulia amena,
y aquel cigarrillo a medio terminar
junto a una botella vacía que enloquece,
la culpa enterrada sin expresiones funestas,
aquel sentimiento de miedo que era distancia
de los deseos,
aquella apetecida soledad, que era un imán
de infinitas nostalgias,
aquella huida de un abandono anunciado,
la quema de lo vivido y de lo abortado,
el baúl del recuerdo hecho cenizas
por una apuesta perdida en un juego de azar
con el diablo,
los viajes que zarpamos en puertos abandonados,
y aquella vez que brindamos por las ausencias,
para tenerlas como nuestros únicos destinatarios
en nuestro rincón bohemio e idealizado.
Pues los signos metafísicos han tenido resonancia
en voces aferradas a la eternidad de las esencias,
y no en sigilosos momentos sepultados
por olvido en la antiguedad.