sara0305
Poeta fiel al portal
El reloj de la plaza
dio cinco campanadas;
me quede emplastado
en la silla de mimbre,
el último regalo
que me hiciste, antes
de volverte destello
en mis noches de penumbra.
¿Para qué combatir
al ferviente reumatismo
de mis sueros destilando,
en cada vértebra corrompida
por mi trajinar de antaño?
Si la lucha por tomar el bastón
e irme cojeando, empezaba
en tu nombre y terminaba en
tu cuarto.
La tarde se hace espesa
entre los pájaros,
grita y se amontona
en mi bolsillo caducado
de cartas que llevaban
tu olor a miel, y de la alegría
con ese hondo tono a llanto.
Ahora tu risa es un tintinear
del hielo, en una copa engañosa
de martini, olor a cerveza
sabor a mimosa.
Toda tú, doncella primorosa
te me pierdes en la soga rencorosa
que se eleva efímera y al suelo azota.
Te presiento con tu vestido de flores
sonriendo tímidamente mientras
muerdes discreta, el pétalo de una rosa
que te di aquella tarde de abril.
Que me queda hoy
sino dentelladas del álbum de fotos
que repasan envejecidas, nuestros días
de espumilla , de luchas vencidas,
y absoluciones repetidas.
Algunas se resquebrajan,
otras lucen sombrías
y desgastadas, por los dedos
que no se cansan nunca de adorarte.
El reloj de la plaza
da diez campanadas,
escucho tu voz susurrante
llamándome a dormir.
dio cinco campanadas;
me quede emplastado
en la silla de mimbre,
el último regalo
que me hiciste, antes
de volverte destello
en mis noches de penumbra.
¿Para qué combatir
al ferviente reumatismo
de mis sueros destilando,
en cada vértebra corrompida
por mi trajinar de antaño?
Si la lucha por tomar el bastón
e irme cojeando, empezaba
en tu nombre y terminaba en
tu cuarto.
La tarde se hace espesa
entre los pájaros,
grita y se amontona
en mi bolsillo caducado
de cartas que llevaban
tu olor a miel, y de la alegría
con ese hondo tono a llanto.
Ahora tu risa es un tintinear
del hielo, en una copa engañosa
de martini, olor a cerveza
sabor a mimosa.
Toda tú, doncella primorosa
te me pierdes en la soga rencorosa
que se eleva efímera y al suelo azota.
Te presiento con tu vestido de flores
sonriendo tímidamente mientras
muerdes discreta, el pétalo de una rosa
que te di aquella tarde de abril.
Que me queda hoy
sino dentelladas del álbum de fotos
que repasan envejecidas, nuestros días
de espumilla , de luchas vencidas,
y absoluciones repetidas.
Algunas se resquebrajan,
otras lucen sombrías
y desgastadas, por los dedos
que no se cansan nunca de adorarte.
El reloj de la plaza
da diez campanadas,
escucho tu voz susurrante
llamándome a dormir.