Redimido por los pesares de una faz centelleante, toda ella cubierta de oro, yo, vil y pésimo vejestorio de boca azul canto a los odres llenos de vino que cuelgan de las nubes. A rebosar de maná glorioso que esparcirá en toda su infinita misericordia el dios de los rayos. Espero y espero, y he ahora que un crepitar de fuego se hunde en el cielo negro para dar paso a una lluvia copiosa que despierta de su inmuto a los árboles donde diseco mis horas musicales. Llenas de horror por la disarmonía lúgubre de mi podrido corazón. Entonces abandono el lugar entre una especie de tristeza monocorde que se adueña de mi alma. Comprimida toda ella. A la espera del grito maculado de la bestia que mora en la copa del único ciprés que le hace las carantoñas tersas y golosas, a un cerebro ya presto a deshacerse en el fiel reflejo de la laguna en calma y transparente que ríe como una siniestra pero vieja aurora.