jorgeaa
Poeta recién llegado
Hipérbole de mujer,
dirigida por sentimientos encontrados.
Tú le has puesto otra definición a la palabra sonrisa,
que desborda de tu rostro angelical.
La serenata de una golondrina nace de tus labios,
con cada palabra que pronunciás.
Sos como la esperanza que siente un prisionero,
al amanecer, en el último día de condena.
Sin manchas, ni arrugas.
Sin pecado concebido.
Ni te imaginás,
Las incontables veces,
Que te entrometiste en mis sueños;
Tanto de día como de noche,
Complaciendo cualquier fantasía,
Que no es digna de narrarse en poesía.
Te paseás por el vecindario,
Altiva y energética.
Parece algo irreal,
Ver el cielo,
Andando en tacones,
Pintando en cada paso,
Las grises avenidas,
De la colonia Minerva.
Me apresuro hacia la puerta,
Prendo un cigarrillo,
coartada de mi entusiasmo.
Escucho unos pasos crecientes,
mi corazón se contrae y se expande;
Mis palmas están empapadas,
Mis ojos de repente se han rebelado contra mi voluntad
y son subordinados de mis impulsos.
Ya no reconozco mi respiración;
Todo el manicomio,
Ha escapado dentro de mí.
Ahí venís tú, con toda tu belleza
y con todo tu esplendor. (Tono burlón)
Flotás como una mariposa inefable,
en un campo de lavanda angelical,
bajo un suntuoso atardecer.
Mi boca es una deshidratada planta desértica,
la marea sube en mis pupilas desbordadas de júbilo.
Te amo.
Te odio.
Quiero decirte tantas cosas,
Me falta coraje, me sobran ganas.
¡Ay, si tan solo supieras!
Entro a casa,
Estupefacto,
Atónito,
Inepto.
El cigarrillo a medias
y el filtro mordido.
De pronto,
he vuelto a nacer;
Así como lo he hecho,
En los últimos diez años.
Jorge Aguilar Amado
dirigida por sentimientos encontrados.
Tú le has puesto otra definición a la palabra sonrisa,
que desborda de tu rostro angelical.
La serenata de una golondrina nace de tus labios,
con cada palabra que pronunciás.
Sos como la esperanza que siente un prisionero,
al amanecer, en el último día de condena.
Sin manchas, ni arrugas.
Sin pecado concebido.
Ni te imaginás,
Las incontables veces,
Que te entrometiste en mis sueños;
Tanto de día como de noche,
Complaciendo cualquier fantasía,
Que no es digna de narrarse en poesía.
Te paseás por el vecindario,
Altiva y energética.
Parece algo irreal,
Ver el cielo,
Andando en tacones,
Pintando en cada paso,
Las grises avenidas,
De la colonia Minerva.
Me apresuro hacia la puerta,
Prendo un cigarrillo,
coartada de mi entusiasmo.
Escucho unos pasos crecientes,
mi corazón se contrae y se expande;
Mis palmas están empapadas,
Mis ojos de repente se han rebelado contra mi voluntad
y son subordinados de mis impulsos.
Ya no reconozco mi respiración;
Todo el manicomio,
Ha escapado dentro de mí.
Ahí venís tú, con toda tu belleza
y con todo tu esplendor. (Tono burlón)
Flotás como una mariposa inefable,
en un campo de lavanda angelical,
bajo un suntuoso atardecer.
Mi boca es una deshidratada planta desértica,
la marea sube en mis pupilas desbordadas de júbilo.
Te amo.
Te odio.
Quiero decirte tantas cosas,
Me falta coraje, me sobran ganas.
¡Ay, si tan solo supieras!
Entro a casa,
Estupefacto,
Atónito,
Inepto.
El cigarrillo a medias
y el filtro mordido.
De pronto,
he vuelto a nacer;
Así como lo he hecho,
En los últimos diez años.
Jorge Aguilar Amado
Última edición: