RENACIMIENTO
He salido.
Vengo desde la extraña conjunción de lo disforme
con la deslumbrante belleza de lo oscuro.
Renazco desde el vórtice luminoso de una fosa común.
Allí nos encontramos todos,
desde Ovidio hasta el mismísimo Pessoa, mi alter ego.
Qué fastuoso aquelarre de blandas hipotenusas y galaxias ojituertas.
Qué desmesurado gravitar hacia el útero primigenio.
Renacer de gaviotas y quejumbrosos balidos de los caracoles confusos.
Era el fondo del mar que inundó mis fiebres.
Caminando entre las nieblas por un tortuoso camino junto el estiércol.
Apenas la llamarada del faro del fin del mundo
fue el principio alimenticio, la luz que nunca se oculta tras la ventana entreabierta.
Silencio.
Tras el vidrio sentencioso del búcaro con las flores
veo el silencio que en la tarde se adueña de los tubos fluorescentes.
Los pasos de las sirenas que aúllan se marcan con ritmo de tango.
Mi miran ojos desde las sombras agudas como agujas
ojos de aguja para el paso imposible de los nuevos paquidermos.
Me resisto a creer lo que no veo
como el canto de los mirlos que se anudan en mis manos soñolientas.
Ya he encontrado el extremo del ovillo, allá, en el fondo de la nube.
Sólo me queda atarlo a esta extraña cometa en que me han convertido
y volar,
volar,
volar uncido a un destino que no me acepta.
He soñado con un lejano castillo a punto de derrumbarse.
Se que ese es mi nuevo destino: piedra y sueño,
ladrido inconcluso tras los bosques ardidos que son mi vida.
He salido.
Vuelvo.
Ilust.: Rafał Olbinski. Sin título (Pinterest)
He salido.
Vengo desde la extraña conjunción de lo disforme
con la deslumbrante belleza de lo oscuro.
Renazco desde el vórtice luminoso de una fosa común.
Allí nos encontramos todos,
desde Ovidio hasta el mismísimo Pessoa, mi alter ego.
Qué fastuoso aquelarre de blandas hipotenusas y galaxias ojituertas.
Qué desmesurado gravitar hacia el útero primigenio.
Renacer de gaviotas y quejumbrosos balidos de los caracoles confusos.
Era el fondo del mar que inundó mis fiebres.
Caminando entre las nieblas por un tortuoso camino junto el estiércol.
Apenas la llamarada del faro del fin del mundo
fue el principio alimenticio, la luz que nunca se oculta tras la ventana entreabierta.
Silencio.
Tras el vidrio sentencioso del búcaro con las flores
veo el silencio que en la tarde se adueña de los tubos fluorescentes.
Los pasos de las sirenas que aúllan se marcan con ritmo de tango.
Mi miran ojos desde las sombras agudas como agujas
ojos de aguja para el paso imposible de los nuevos paquidermos.
Me resisto a creer lo que no veo
como el canto de los mirlos que se anudan en mis manos soñolientas.
Ya he encontrado el extremo del ovillo, allá, en el fondo de la nube.
Sólo me queda atarlo a esta extraña cometa en que me han convertido
y volar,
volar,
volar uncido a un destino que no me acepta.
He soñado con un lejano castillo a punto de derrumbarse.
Se que ese es mi nuevo destino: piedra y sueño,
ladrido inconcluso tras los bosques ardidos que son mi vida.
He salido.
Vuelvo.
Ilust.: Rafał Olbinski. Sin título (Pinterest)