Earendil
Poeta recién llegado
¡ Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza !
(La Divina Comedia, canto tercero del Infierno)
La noche ha nacido de nuevo, Tengo quebrada el alma,
muerta la sangre y secos los huesos.
Amarga neblina come y carcome mis sentidos.
Hace ya casi 2 años que nos separamos,
aunque más que años parecieran siglos.
Tu recuerdo es hoy verdugo de mi pena,
centurión de mi calvario, y albacea de mi martirio.
Aquella tarde nos despedimos, casi no hablamos,
sin embargo nos entendimos.
Deseé quemar todo en el altar del dios olvido;
la historia de dos que con cuatro manos se había entretejido,
ese manto purpúreo que cubría a ambos, manto frío como el sedoso lino.
Lágrimas negras recorrieron cada suave mejilla de tu blanca cara,
delineando tatuajes testigos de lo que ahí desfilaba.
Esas gotas brillantes cual perlas ahumadas,
solían ser un rocío agri-dulce que ungían las llagas de mi alma.
Al final dando gracias, deseamos para el otro la mejor de las suertes, prometiendo vernos de nuevo siendo felices y fuertes.
Parecía algo banal y lejano, pero estábamos dispuestos a intentarlo;
teniendo menos de humanos y suicidar al mismo llanto.
Por la mañana un lobo llamado Arrepentido,
asomó su hocico en la ventana de mi cuarto teñido de índigo.
Pero mi orgullo me instó a tomar el silencio y colocarlo en mi boca,
ahogando así a ese hambriento mendigo.
Maldito sea el momento de pensar esa estupidez.
La soberbia es la cicuta que aniquila la segunda oportunidad
tan codiciada en singulares ocasiones.
Encadené así mi destino a una cruz de madera astillada
con la humedad de las pasiones.
Tus días se extinguieron igual que mariposas abatidas.
Partiste sola y dejaste mi temblorosa mano extendida.
Un evento fortuito te tomó mientras dormías;
haciendo de nuestro momento último una obsesiva fotografía.
Te has convertido en mi Beatriz y mi Eurídice,
y yo soy ahora tu Orfeo y tu Dante.
Aquellos amorosos que una vez existieron,
separados en momentos distintos y distantes.
La culpa que me remuerde también les mordió a ellos,
culpa rabiosa, compulsiva y punzante.
Navego por un Infierno mundano y Caronte es el único a mi lado,
mi sentencia implica jamás ver de nuevo tu bello rostro delicado;
ácida condena aferrándome a una interminable agonía...
escuchando un réquiem mudo con tonos color melancolía.
(La Divina Comedia, canto tercero del Infierno)
La noche ha nacido de nuevo, Tengo quebrada el alma,
muerta la sangre y secos los huesos.
Amarga neblina come y carcome mis sentidos.
Hace ya casi 2 años que nos separamos,
aunque más que años parecieran siglos.
Tu recuerdo es hoy verdugo de mi pena,
centurión de mi calvario, y albacea de mi martirio.
Aquella tarde nos despedimos, casi no hablamos,
sin embargo nos entendimos.
Deseé quemar todo en el altar del dios olvido;
la historia de dos que con cuatro manos se había entretejido,
ese manto purpúreo que cubría a ambos, manto frío como el sedoso lino.
Lágrimas negras recorrieron cada suave mejilla de tu blanca cara,
delineando tatuajes testigos de lo que ahí desfilaba.
Esas gotas brillantes cual perlas ahumadas,
solían ser un rocío agri-dulce que ungían las llagas de mi alma.
Al final dando gracias, deseamos para el otro la mejor de las suertes, prometiendo vernos de nuevo siendo felices y fuertes.
Parecía algo banal y lejano, pero estábamos dispuestos a intentarlo;
teniendo menos de humanos y suicidar al mismo llanto.
Por la mañana un lobo llamado Arrepentido,
asomó su hocico en la ventana de mi cuarto teñido de índigo.
Pero mi orgullo me instó a tomar el silencio y colocarlo en mi boca,
ahogando así a ese hambriento mendigo.
Maldito sea el momento de pensar esa estupidez.
La soberbia es la cicuta que aniquila la segunda oportunidad
tan codiciada en singulares ocasiones.
Encadené así mi destino a una cruz de madera astillada
con la humedad de las pasiones.
Tus días se extinguieron igual que mariposas abatidas.
Partiste sola y dejaste mi temblorosa mano extendida.
Un evento fortuito te tomó mientras dormías;
haciendo de nuestro momento último una obsesiva fotografía.
Te has convertido en mi Beatriz y mi Eurídice,
y yo soy ahora tu Orfeo y tu Dante.
Aquellos amorosos que una vez existieron,
separados en momentos distintos y distantes.
La culpa que me remuerde también les mordió a ellos,
culpa rabiosa, compulsiva y punzante.
Navego por un Infierno mundano y Caronte es el único a mi lado,
mi sentencia implica jamás ver de nuevo tu bello rostro delicado;
ácida condena aferrándome a una interminable agonía...
escuchando un réquiem mudo con tonos color melancolía.