2:4: Tres golpes secos sonaron en la puerta. Fueron certeros, rituales.
Los tres se quedaron congelados.
El Poeta bajó lentamente la carta, sin levantar la mirada. - Era real-.
Cornelius se puso en pie de un salto, con los ojos muy abiertos y el corazón en la garganta, luchando por salir. —¿Quién demonios llama a esta hora?
—Quizá la criatura —murmuró El Poeta, sin apartar la vista del papel.
Lady no respondió. Se puso de pie, despacio. No iba a negarlo, sentía una extraña tensión en todo el cuerpo, y la habitación no ayudaba. Le costaba un poco respirar; sentía como si el aire mismo hubiese cambiado de densidad.
Cruzó la habitación con paso firme. Sus tacones resonaron como campanadas sobre la madera.
Cornelius dudó. Dio un paso hacia ella, pero se detuvo mientras susurraba con el hilo de voz que lograba salir de su garganta. —No abras, Lady. No abras esa puerta.
François giró apenas la cabeza. El corazón le latía más rápido de lo normal. Esos tres golpes en la puerta lo habían despertado del trance, y lo llamaban a entrar al abismo mismo de la locura.
Cuando Lady abrió la puerta, la figura en el umbral no era un monstruo, pero traía consigo una inquietud más grande.
—¿Lady Glitterstorm?
Una joven, de no más de treinta años, con abrigo oscuro, los ojos brillantes y la voz quebrada por algo más que el frío.
—Soy Julia. Julia de Lancre. Mi padre… mi padre era Peter de Lancre.
El silencio que siguió fue más hondo que los golpes que la precedieron. Lady no respondió de inmediato. Solo la miró a los ojos.
Cornelius, desde el centro de la sala, se quedó completamente inmóvil. Por un instante, creyó que había oído mal. Pero no. Cada palabra se le clavó en la espalda como un alfiler helado. Se llevó una mano al pecho, como si intentara contener algo que quería salirse: pánico, duelo, vértigo.
—¿De Lancre...? —susurró—. ¿La hija?
Baudelaire levantó la mirada lentamente, la carta aún en la mano, suspendida como un talismán a medio conjuro. Un brillo extraño cruzó sus ojos. No era miedo. Era algo peor: curiosidad.
—Interesante —murmuró, con voz rasposa—. La heredera del secreto se ha presentado en la puerta…
Lady asintió apenas, como si ese gesto bastara para reconocer lo inevitable. Pero algo en su postura se había alterado. Una rigidez sutil tensaba sus hombros, una alerta nueva brillaba en su mirada. No podía explicar la sensación. Solo sabía que algo dentro de ella se había desplazado.
—Me disculpo por la hora, pero… —dijo Julia al cruzar el umbral, conteniendo el aliento.
Sostenía un pequeño sobre entre los dedos.
Lady tragó saliva y mantuvo la compostura.
—Lamento mucho lo de tu padre. Desconocía que estuviera enfermo.
Julia no respondió enseguida. Miró la casa con atención, como si cada rincón le resultara extrañamente familiar. Luego habló, con una voz firme, sin rastro de temblor.
—Peter no estaba enfermo.
Las palabras quedaron flotando en el aire. Lady sintió un escalofrío recorrerle la nuca. Por un instante, no supo qué decir.
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
Julia no apartó la mirada.
—Hasta donde yo sé, mi padre no sufría ninguna enfermedad.
El silencio que se creó tras esa declaración no fue solo incómodo; fue opresivo, como si incluso el aire dudara. Nadie habló. Solo miraron a Julia, que ya estaba dentro, con los pies firmes sobre el suelo y la mirada anclada en la habitación. No parecía asustada. Tampoco herida. Había algo en su presencia que perturbaba, aunque aún no se entendiera por qué.
El reloj del vestíbulo marcó la medianoche.
El sonido se disolvió en la madera, en las paredes, en los objetos que parecían contener la respiración.
Afuera no se escuchaba nada. Ni viento. Ni calle. Ni vida.
La lámpara proyectaba un resplandor tibio sobre la mesa. Sobre las cartas.
Y ahí estaban, nuevamente sentados.
Pero ahora eran cuatro.
Lady fue la primera en hablar, con su voz tranquila, como si todo aquello no hubiera perturbado el tejido mismo de la realidad.
—¿Té caliente?
No lo dijo como una pregunta. Era una oferta envuelta en costumbre. Una cuerda lanzada al vacío.
François se permitió respirar más hondo. Aún no podía explicar qué lo inquietaba más de la presencia de Julia: si era ella en sí… o si había algo del texto que acababa de leer que había despertado una respuesta. Como si el conjuro —porque ya no podía llamarlo de otro modo— hubiera sido escuchado.
Cornelius se levantó con intención de ir a la cocina, pero al ver que Julia no soltaba la nota, se detuvo a medio camino. Volvió a sentarse sin decir palabra.
Lady fue quien se atrevió a preguntar lo que nadie quería escuchar.
—¿Entonces cómo murió Peter?
Julia levantó la mirada. No esperaba una pregunta tan directa. Sus ojos recorrieron a los tres extraños frente a ella, midiendo cada gesto. Por un momento, pareció que iba a guardarse la verdad. Pero no lo hizo.
—No lo sé con certeza —dijo al fin—. Él me llamó hace unos días y me pidió que viniera. Sonaba ansioso… alterado. Pero no enfermo. Debía recogerme en la estación, pero nunca apareció.
Los tres escuchaban en silencio.
—Fui a su casa. La criada me dijo que no había regresado desde la madrugada. Decidí ir a la tienda. Estaba cerrada, claro… pero vi una luz en la parte de atrás. En su taller.
François Baudelle entrecerró los ojos, sin decir nada.
—Usé la llave de repuesto —continuó Julia, ahora con la voz más tensa—. Entré. Mi padre estaba en su escritorio. Vivo. Pero… muy pálido. Casi inmóvil. Me miró. Intentó hablar. No pudo decir mucho. Solo me entregó esto.
Levantó la nota. Sus dedos la sostenían con una firmeza que no era suya.
—Dijo que era urgente. Que debía dársela a usted —miró a Lady—. Que no debía tardar.
Cornelius soltó una exhalación por la nariz, pero no dijo nada. Julia tragó saliva.
—Intenté llamar a una ambulancia. Pero me detuvo. Me sujetó la muñeca. Y repitió: “Es urgente”. Nada más. Y entonces…
Sus labios temblaron por primera vez.
—Murió en mis brazos.
El silencio que siguió pareció absorber toda la habitación.
Dos lágrimas rodaron por sus mejillas, pero no las detuvo. El Poeta se levantó con la elegancia de un actor en su acto final.
—Por favor… acepta un poco de absenta. Te sorprendería lo reconfortante que puede ser. Ven, toma asiento aquí a mi lado —dijo con su tono más seductor.
Sin darle oportunidad de negarse, le sirvió un vaso. Ella lo tomó, no se movió de su sitio, y lo bebió de un trago. Cornelius parpadeó. Lady levantó las cejas. Baudelaire sonrió con deleite, y rellenó su copa como si estuviera en medio de una celebración macabra.
—Interesante —susurró.
Julia carraspeó, se irguió un poco, y deslizó la nota —doblada con un cuidado casi reverencial— por la mesa.
Lady la tomó con delicadeza. La desdobló con cuidado, como si temiera romper algo más que papel. A pesar de la urgencia con la que Peter debió escribirla, la letra apresurada conservaba un orden casi doloroso. Pero la tinta inestable traicionaba su fragilidad.
Leyó en voz alta, sin alterar el tono:
—“Querida Noelle, cometí un grave error al desprenderme de la mesita. Te ruego que me permitas recuperarla.”
François alzó una ceja. Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios. No apartaba los ojos de Lady. Cornelius parpadeó, frunció el ceño.
—Espera... ¿qué?
Lady exhaló suavemente. Dobló la nota con calma y la dejó sobre la mesa, como si no tuviera más peso del que merecía.
—¿Noelle? —repitió Cornelius. No era una pregunta. Solo incredulidad.
—Vamos, Cornelius —intervino Baudelaire, encantado—. Después de todos estos años… ¿de verdad te sorprende?
Cornelius abrió la boca. La cerró. Se pasó una mano por el pelo.
—¡No es eso… solo que… pensé que nunca se lo había confesado a nadie más, y Peter también lo sabía!
Lady lo miró con expresión neutra, casi aburrida.
—No es ningún secreto.
—Bueno, a mí me encanta —añadió El Poeta, con deleite teatral—.
—Noelle… —dijo despacio, como quien invoca algo prohibido—. El tipo de nombre que uno pronuncia sin darse cuenta… y luego no puede dejar de repetir, aunque te arranque el alma.
—Ese tipo de nombre —añadió bajando la voz, saboreándolo con devoción fúnebre— que termina grabado en la lápida de quien osa amarlo demasiado.
Lady le lanzó una mirada afilada.
—No sigas por ahí.
—Oh, pero sabes que lo haré —respondió él, sin esfuerzo por ocultar el temblor sutil en su voz—. Y no diré que te queda demasiado bien… porque eso sería admitir que este Poeta aún tiene salvación.
Cornelius carraspeó, en un intento de devolverlos al terreno de lo razonable. Señaló la nota.
—¿Sabes por qué tu padre quería recuperar la mesilla que le vendió a Lady Glitterstorm?
Julia, que había seguido el intercambio con atención creciente, frunció el ceño al verse de nuevo en el centro de la atención.
—La mesita de noche… —repitió Lady, casi en un susurro, como si aún digiriera la petición escrita.
Sus ojos se desviaron, sin quererlo, hacia el rincón donde la había colocado. Y allí estaba: inmóvil, discreta, como si hubiese estado esperando, paciente, su gran momento.
Los demás siguieron su mirada.
Julia murmuró:
—Se parece a la mesita de la abuela Madeleine. Si es esa misma… eso lo explicaría todo.
El aire pareció volverse más espeso.
Cornelius fue el primero en romper el silencio:
—¿Quién es Madeleine?
Julia parpadeó, desconcertada por la intensidad con que la observaban.
—La bisabuela —respondió, como si la pregunta careciera de sentido—. Lo acabo de decir.
Lady no apartó la mirada.
Quizá, por fin, habían dado con el nombre detrás de aquellas perturbadoras cartas.
—¿Cuál era su nombre completo?
Julia se tensó. El ceño se le frunció, los dedos apretaron el vaso vacío. No quería responder. No del todo.
Pero tampoco podía mentir.
No a una pregunta tan directa.
—No lo sé con certeza… —dijo, casi en un susurro.
Luchó por un instante, y luego, como si las palabras le escaparan a pesar suyo, lo soltó:
—Madeleine de Demandolx.
Lady entrecerró los ojos y se quedó en silencio. Ese nombre le resultaba inquietantemente familiar.
No como suenan los de familia, sino como suenan los nombres que uno archiva en la memoria académica con una pestaña de alarma.
Una que ahora, sin quererlo, se acababa de abrir.
François entrecerró los ojos, como si acabara de encontrar el ingrediente que faltaba en un conjuro inacabado.
Cornelius sintió que algo se le helaba por dentro, aunque no sabría decir qué. Solo sabía que el dolor en su espalda no mentía: nada bueno se avecinaba.
Lady repitió el nombre en voz baja.
—De Demandolx… —murmuró, mientras su mirada se volvía, lenta e inevitablemente, hacia la mesilla de noche.
—¿Y nunca hablaron nada? ¿Historias, cartas, rumores? —insistió François, tamborileando los dedos, impaciente.
Julia dudó.
—Mi padre decía que esa mesilla era suya desde siempre. Que era parte de la familia. La tuvo toda su vida en el taller. Nunca dejó que nadie se la llevara. Ni siquiera yo, cuando me fui a estudiar. Y créeme, necesitaba una.
Lady, Cornelius y Baudelaire intercambiaron miradas. Algo invisible circulaba entre ellos.
Julia suspiró, agotada.
—Lo que no entiendo es por qué la vendió. Siempre la protegió. Pero después… estaba desesperado por recuperarla. Fue lo último que pidió. Lo último que dijo con claridad.
Baudelaire se inclinó apenas hacia ella, con esa media sonrisa suya que nunca dejaba claro si era ironía o admiración.
—Y dime, Julia… ¿tu bisabuela tenía, por casualidad, alguna afición literaria? ¿Pluma afilada, tendencia al exceso emocional, gusto por los tormentos del alma?
Porque si las cartas que encontramos salieron de su mano… habría que enviarlas a una editorial inmediatamente. Yo me ofrezco, por supuesto.
Cornelius bufó, sin molestarse en disimular su tensión.
—Perfecto. Una editorial para almas condenadas, con publicación en el infierno. Te quedaría de maravilla, Baudelaire. Tú editas… y el Diablo corrige estilo.
Julia frunció el ceño al oír el intercambio.
—¿Cartas? ¿Qué cartas?
Lady asintió, con cautela.
—Encontramos unas cartas en la mesilla. Y quien las escribió, no fue un cualquiera.
Julia apartó de golpe la vista de la mesilla, al darse cuenta de que lo importante no estaba allí. Sus ojos se detuvieron en el centro de la mesa.
Cartas.
Parpadeó. Por un instante, se quedó inmóvil, como si acabara de comprender que lo esencial había estado frente a ella todo el tiempo.