Mauricio Del Piano
Poeta recién llegado
Mis olas golpean
presurosas
entrometidas y sigilosas
caprichosas
en cada bies de tus rocas.
Sé que adviertes mi emoción entrometida
por tanto de todo lo tuyo, llenándose
de toda la espuma de la resaca de las aguas
Es la resaca de las aguas y el calor de
tantas, tantas aguas
que suben y bajan por la arena de tu piel.
Sé que el misterio de la seda
de tu manos
emulan los hilos y las hebras
de tus pies.
¡Enrédame! ¿Qué esperas?
Es mi aliento el que te llevas
en cada suspiro tuyo que se apaga en mi pecho
de toda esa dicha tuya de las entrañas
que nacen en la génesis
de tus besos.
¡Bésame! ¡No apagues mi luz!
Son tus labios.
Son todos tus labios.
La más inmensa inmensidad de la humedad de tus labios, son
el llamado de esos bordes amados: tu boca.
Muero tras cada estertor, pues nazco de tus labios
de esos labios de suerte eterna y perpetua,
luego,
cuando llega y aparece
el fantasma del tiempo
florece de entre las nubes de mi conciencia,
mi sonrisa calma: el haz latente de toda luz
que sólo tus labios humedecen en mi piel.
Yo te voy a enredar, suave hiedra mía,
trepando desde el humus de tus pies
hasta llegar, enmarañado, al tallo de tu talle
donde podré, al fin,
apagarme
en
ti.
presurosas
entrometidas y sigilosas
caprichosas
en cada bies de tus rocas.
Sé que adviertes mi emoción entrometida
por tanto de todo lo tuyo, llenándose
de toda la espuma de la resaca de las aguas
Es la resaca de las aguas y el calor de
tantas, tantas aguas
que suben y bajan por la arena de tu piel.
Sé que el misterio de la seda
de tu manos
emulan los hilos y las hebras
de tus pies.
¡Enrédame! ¿Qué esperas?
Es mi aliento el que te llevas
en cada suspiro tuyo que se apaga en mi pecho
de toda esa dicha tuya de las entrañas
que nacen en la génesis
de tus besos.
¡Bésame! ¡No apagues mi luz!
Son tus labios.
Son todos tus labios.
La más inmensa inmensidad de la humedad de tus labios, son
el llamado de esos bordes amados: tu boca.
Muero tras cada estertor, pues nazco de tus labios
de esos labios de suerte eterna y perpetua,
luego,
cuando llega y aparece
el fantasma del tiempo
florece de entre las nubes de mi conciencia,
mi sonrisa calma: el haz latente de toda luz
que sólo tus labios humedecen en mi piel.
Yo te voy a enredar, suave hiedra mía,
trepando desde el humus de tus pies
hasta llegar, enmarañado, al tallo de tu talle
donde podré, al fin,
apagarme
en
ti.