Odisea
Poeta recién llegado
Estaba yo, sentado en mi escritorio, cuando siento un tacto invisible en mi espalda,
y no fue temeroso; quizá nació de mi pena y le dio un adjetivo sutil, empero dio calma a mi columna.
Ah… No puedo sostener, si es que lo deseo con fervor, las lágrimas y guardarlas en una nube; puede llover, amor mío, siempre existe esa posibilidad.
Estoy aquietado por su calma, me abstengo en mi esencia.
Pero, de súbito, caen los libros del armario, y no quise observar con mi rostro, mucho menos darme vuelta; tal vez mi torpeza me entregue bruscamente al mar.
Se oye un susurro y un olor a libro húmedo invade los contornos de esta sala.
El sonido de una ola pequeña hace notar su presencia; instantáneamente esboza al viento:
—Duerme, que todo anochece, y mañana será el día; si no despiertas, seguirá anocheciendo en el alba—
Abrí, bruscos, mis ojos como dos lechuzas, incesantes, hambrientas de cazar. Pero un sueño eterno venció mi cuerpo; no tuve más remedio que cerrar los ojos.
Otra vez, y después de tanto tiempo, el polvo bajo los relojes se esfuma, se libra de mis huesos, y yo de él; creo pensar que es un buen trato.
Oigo el mar moverse en la inmensidad…
—Hola— se escuchó en la oscuridad bajo mis párpados vencidos.
Algo me toma la mano suavemente y me empuja hacia el agua, lentamente, concluye su cometido.
Ah… qué días tan soleados acontecen aquí; acaece la primavera como una golondrina, y en los árboles gigantes, las majestuosas flores y sus semejantes, los colores vibrantes, y las mariposas de infinitos colores en la danza cercana de colibríes vivaces.
Es que ya nada podría decir.
y no fue temeroso; quizá nació de mi pena y le dio un adjetivo sutil, empero dio calma a mi columna.
Ah… No puedo sostener, si es que lo deseo con fervor, las lágrimas y guardarlas en una nube; puede llover, amor mío, siempre existe esa posibilidad.
Estoy aquietado por su calma, me abstengo en mi esencia.
Pero, de súbito, caen los libros del armario, y no quise observar con mi rostro, mucho menos darme vuelta; tal vez mi torpeza me entregue bruscamente al mar.
Se oye un susurro y un olor a libro húmedo invade los contornos de esta sala.
El sonido de una ola pequeña hace notar su presencia; instantáneamente esboza al viento:
—Duerme, que todo anochece, y mañana será el día; si no despiertas, seguirá anocheciendo en el alba—
Abrí, bruscos, mis ojos como dos lechuzas, incesantes, hambrientas de cazar. Pero un sueño eterno venció mi cuerpo; no tuve más remedio que cerrar los ojos.
Otra vez, y después de tanto tiempo, el polvo bajo los relojes se esfuma, se libra de mis huesos, y yo de él; creo pensar que es un buen trato.
Oigo el mar moverse en la inmensidad…
—Hola— se escuchó en la oscuridad bajo mis párpados vencidos.
Algo me toma la mano suavemente y me empuja hacia el agua, lentamente, concluye su cometido.
Ah… qué días tan soleados acontecen aquí; acaece la primavera como una golondrina, y en los árboles gigantes, las majestuosas flores y sus semejantes, los colores vibrantes, y las mariposas de infinitos colores en la danza cercana de colibríes vivaces.
Es que ya nada podría decir.