Jeison
Poeta fiel al portal
Después de la neblina que curva las paredes
y el aullido que viaja por el techo,
cuando cae la charla baladí
y rompe contra el piso la inexorable calma,
cuando ciñe, inconstante, la llegada,
y vuelve a dispersarse el tiempo,
y vuelve a tropezar la hora,
orbitando en sus pasos retratos pasajeros
de algún lugar perfecto para dos.
«No puedo negar, niño, de ninguna manera,
que esa sonrisa tuya, después de todo,
logra traer a mí los tiempos más gloriosos
de mi vida inhumada»
-Esto es, sin dudarlo, la premisa
de que, ni usted ni yo
somos, pues, relevantes el uno para el otro.
Usted sabe muy bien lo que esperamos;
no se puede, señor, detener una vida
por el simple hecho
de estar, aún, recluso en el pasado.
«Se puede mientras ambos vivamos el presente»
-Pero ¿cuál? ¿el que usted deja fluir?
como si lo dejara caer sobre la espalda,
bañándolo de dudas,
«Niño, niño, no sabes, tú no sabes vivir;
(aún no has empezado con tu vida),
y crees que será rodante como esfera;
pero no sabes, ay, si tú supieras»
Lentamente se van inundando los ojos
«Este silencio me hace recordar, desde luego
tu voz, cuando gritabas: te amo tanto»
(los ojos son ahora dos lagunas
de lava quebradiza entrecortándose)
-Ah, señor, sus palabras no dejan de invitarme
hacia la nada, donde todo puede
debe, tiene que hacerse
por simple autoridad de los deseos:
deseo que aunque guía me perturba,
y aunque se calla me estremece.
«Querer, niño, querer; querer para poder»
-Estoy casi seguro que usted logra entender
las partes de esta vida que no entiendo,
pero yo me pregunto si de igual manera
sabe usted de las partes que he encontrado
y que, seguramente, aún no entiende.
Me siento como quien se marcha y vuelve
con el vestido sucio,
con la maleta llena de piedras,
bordeando los zigzags de un tiempo indecoroso
en torno a usted.
«Esta es la vida que ha de hacernos polvo,
lugares y festejos que ya no volverán
y harán parte, quizá, de la conquista ajena;
mira, muchacho: cruel es la existencia,
no dejes que también crueles sean sus actos»
La noche llega oscura como siempre,
salvo por el extraño deseo de aclararla
y convertirla en cómoda y eterna para ambos.
Por fuera, las ventanas empiezan a vestirse
con sus trajes de seda, justo para ocasiones
en donde el viento arrastra caracolas
y baila enardecido contra incontables árboles.
-Usted debe seguir con su camino,
seguir y comprender que allí donde uno triunfa
también fallece,
y allí donde se acaba apenas si se empieza.
«Oh, por qué me condenas a transitar las calles
y a revisar los diarios
leyendo con paciencia las tiras deportivas,
como si de verdad me interesara.
No ves, niño, que aún tengo el corazón en las manos»
-¿Cómo atender a ello sin ser tan presuntuoso?
Ahora que usted menciona el corazón,
me pregunto los pálpitos que requiere la muerte
para acabar la vida.
Ay, señor, ¿cree usted que haya lugar y tiempo
también para llorar?
¿Para salir corriendo, a eso de las seis
cuando usted llega y yo me escondo?
«Por supuesto que sí. Por supuesto que sí»
Jeison Villalba.