Reventando tu cava y bebiendo la inocencia,
expandiendo tus cuevas y ahogando ese grito,
se clavó negra daga sin rastro de clemencia
en sensaciones nuevas de un mundo ya contrito.
Aullido repentino que mató la sorpresa
dejando los carmines frescos en algodones
marcó con desatino llamarada y remesa
de tus santos confines y muy preciados dones.
Y sin mediar permisos, ni esperar mis clemencias
aferraste mi brama para darme tu fuego.
Quemando santos pisos y creando demencias
con la sal y tu flama que arrancan nuestro ruego.
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