En la orilla crecen borbotones de risotto,
los guijarros se embeben de blanco
y saben de canteras de más allá de las olas,
en algún punto donde tropieza cielo y mar;
el cielo, ése que esta mañana como legañas tiene trozos de nubes salpicando por ahí y tú,
tendida en ese mantel de arena,
en esa tostada infinita que te recorta la sombra,
que te la roba y te dice: "Aquí me planto yo",
como un poste que pincha el horizonte,
como una una exclamación que perdió su punto,
aquél que te robó el agua, la arena, el risotto, la espuma, la mar.
La toalla esconde tus pestañas en su pliegues,
lame con sus hilos tus vellos,
"apura el último soplo de calor", me dices,
y tu boca se abre en un poso arrumbado, el golpeteo
ensimismado de un hueco arrojado al vacío. Reverbera.
Aquí y ahora, el reloj cojea, ofrece tu costado
para que ancle su manecilla como un nautilo sin concha,
para que pinte motas en ese folio desabrochado,
para que vuelva roma
la luz tan afilada que campa a puñados
y que por tus nudillos asoma.
los guijarros se embeben de blanco
y saben de canteras de más allá de las olas,
en algún punto donde tropieza cielo y mar;
el cielo, ése que esta mañana como legañas tiene trozos de nubes salpicando por ahí y tú,
tendida en ese mantel de arena,
en esa tostada infinita que te recorta la sombra,
que te la roba y te dice: "Aquí me planto yo",
como un poste que pincha el horizonte,
como una una exclamación que perdió su punto,
aquél que te robó el agua, la arena, el risotto, la espuma, la mar.
La toalla esconde tus pestañas en su pliegues,
lame con sus hilos tus vellos,
"apura el último soplo de calor", me dices,
y tu boca se abre en un poso arrumbado, el golpeteo
ensimismado de un hueco arrojado al vacío. Reverbera.
Aquí y ahora, el reloj cojea, ofrece tu costado
para que ancle su manecilla como un nautilo sin concha,
para que pinte motas en ese folio desabrochado,
para que vuelva roma
la luz tan afilada que campa a puñados
y que por tus nudillos asoma.
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