Piedad Acosta Ruiz
Poeta recién llegado
Y rodó una lagrima por mi mejilla.
Y otra, y le siguieron muchas, muchas más .
Y no cesaba mi cuerpo,
mi cansado cuerpo de llorar.
Allá fuera tanta sequía,
un día y dos, de un sol que todo lo quemaba,
que secaba los pastizales que ardían,
y las charcas
se secaban
y con ella sus sapos y sus ranas,
¡las calles rechinaban!
El doliente valle que sediento estaba,
vio caer dos gotas de brisa,
una brizna de humedad,
¡ya la cosecha no estaba!
¿Por qué esto ahora,
si siempre
hubo cosecha,
mucha hierba fresca,
mucho sol y lluvia,
abundante fertilidad?
Rodó una gota de cristal,
y tres y cuatro,
al tiempo vino la tempestad
y mis ojos no paraban de llorar.
No era ausencia de amor,
no era soledad,
no era abundancia o escasez,
lo que hacían que mis ojos no pararan de llorar.
Era todo, era nada,
lo que hacia
que estos secos pastizales
no pararan de llorar.
Desaliento,
angustia,
algo enjaulaba e impedía
que no me pudiera parar,
o de esta tierra aun reseca
con su líquido vital
me pudiera evaporar.
Allí estaba mi pastizal ,
seco,
empezando a resucitar
y no paraba de llorar.
¿Por qué los pastizales lloran tanto,
como los guaduales,
cuando han empezado a resucitar?
¿Porque las barrancas secas sin hierba,
totalmente desnudas e indefensas
al suelo se dejan desplomar,
cuando los cielos han empezado a llorar?
Y pasaron los días
y las aguas se las fue bebiendo la sedienta tierra
a sorbos, como animal herido próximo al sacrificio.
Todos olvidaron las vacas que murieron
con la última cosecha seca,
en la costa, en el llano, en la montaña
sin pasto para rumiar,
y las que en el diluvio que les precedió,
ahogadas,
sus huesos
fueron a entregarle al mar.
Y mis ojos aunque vieron muchos soles,
y muchos brisas atravesadas por arcos iris,
aunque mis frágiles plantas
dadivosamente
me empezaron a entregar
sus débiles frutos,
sus semillas y sus flores
para consolarme y alegrarme
como jardín colgante de Amitis.
Inútiles fueron
sus esfuerzos
para mi alma
alegrar, porque
mis ojos
nunca
paraban
de llorar.
Y otra, y le siguieron muchas, muchas más .
Y no cesaba mi cuerpo,
mi cansado cuerpo de llorar.
Allá fuera tanta sequía,
un día y dos, de un sol que todo lo quemaba,
que secaba los pastizales que ardían,
y las charcas
se secaban
y con ella sus sapos y sus ranas,
¡las calles rechinaban!
El doliente valle que sediento estaba,
vio caer dos gotas de brisa,
una brizna de humedad,
¡ya la cosecha no estaba!
¿Por qué esto ahora,
si siempre
hubo cosecha,
mucha hierba fresca,
mucho sol y lluvia,
abundante fertilidad?
Rodó una gota de cristal,
y tres y cuatro,
al tiempo vino la tempestad
y mis ojos no paraban de llorar.
No era ausencia de amor,
no era soledad,
no era abundancia o escasez,
lo que hacían que mis ojos no pararan de llorar.
Era todo, era nada,
lo que hacia
que estos secos pastizales
no pararan de llorar.
Desaliento,
angustia,
algo enjaulaba e impedía
que no me pudiera parar,
o de esta tierra aun reseca
con su líquido vital
me pudiera evaporar.
Allí estaba mi pastizal ,
seco,
empezando a resucitar
y no paraba de llorar.
¿Por qué los pastizales lloran tanto,
como los guaduales,
cuando han empezado a resucitar?
¿Porque las barrancas secas sin hierba,
totalmente desnudas e indefensas
al suelo se dejan desplomar,
cuando los cielos han empezado a llorar?
Y pasaron los días
y las aguas se las fue bebiendo la sedienta tierra
a sorbos, como animal herido próximo al sacrificio.
Todos olvidaron las vacas que murieron
con la última cosecha seca,
en la costa, en el llano, en la montaña
sin pasto para rumiar,
y las que en el diluvio que les precedió,
ahogadas,
sus huesos
fueron a entregarle al mar.
Y mis ojos aunque vieron muchos soles,
y muchos brisas atravesadas por arcos iris,
aunque mis frágiles plantas
dadivosamente
me empezaron a entregar
sus débiles frutos,
sus semillas y sus flores
para consolarme y alegrarme
como jardín colgante de Amitis.
Inútiles fueron
sus esfuerzos
para mi alma
alegrar, porque
mis ojos
nunca
paraban
de llorar.