ROJO
Aquel solo de trompeta acabó como el gorgoteo de una garganta seccionada por la afilada cuchilla que era el foco de luz rojiza recorriendo la escena. Al instante, desde los brazos curvados de las lámparas del techo comenzó a manar la sangre carmesí, cálida y espesa de todos los monstruos que se habían adormecido junto a las descotadas damas de la noche. El público reía ensordecedoramente, mientras los músicos de la orquestina recuperaban sus instrumentos y partituras y trataban de coger el último tranvía de aquella demorada madrugada.
Bajo el manto rojo de la sangre que fluía de aquellas venas sin cuerpo el lujoso local recuperó su condición de taberna portuaria. Prostitutas y marineros tatuados se confundían revueltos entre las mesas, desprovistas ya de los elaborados manteles y las brillantes cristalerías que las adornaban. El local situado sobre las antiguas zahurdas del palacio ducal lucía dorados y vidrierías como los más lujosos palacios venecianos de las más brillantes épocas. Las maledicencias hablaban leyendas, figuraciones, bulos al fin, que atribuían al local en su actual esplendor una especie de capacidad de luchar en contra del tiempo. Por eso unos días era zahurda y otros lujoso cabaret.
Entonces, los nuevos ricos, las clases ahora pudientes, que ansiaban aquellos exotismos de un pasado que ellos no pudieron conocer se agolpaban en la entrada utilizando las maneras más zafias y violentas para conseguir una posición de privilegio dentro del local. Pero se había extendido entre ellos la noticia de que la esencia auténtica del espectáculo estaba en la otra apariencia del cabaret, cuando se reconstruía sobre sus orígenes de zahurda. Eso explicaba, al mismo tiempo, esas efusiones de sangre, de irregular frecuencia, pues eran homenaje subyacente a la enorme cantidad de puercos que se sacrificaban en las orgías ducales.
¿Qué extraña coincidencia de personas y hechos hacían manifestarse a tan abundantes sangrías? Nadie daba razón. Como tampoco se sabía de nadie, no obstante, que puediese dar noticia de las representaciones que allí podían contemplarse. Puede que la farisea ocultación del hecho de acudir a ese tipo de espectáculos, personas ellas de tanto prestigio y alcurnia en la sociedad local, impidiese la divulgación de esos hechos. Otros atribuían el silencio a la misteriosa coincidencia de la desaparición de determinados personajes, sospechosos de poder visitar el cabaret como zahurda.
Ilust.- Damien Hirst.
Aquel solo de trompeta acabó como el gorgoteo de una garganta seccionada por la afilada cuchilla que era el foco de luz rojiza recorriendo la escena. Al instante, desde los brazos curvados de las lámparas del techo comenzó a manar la sangre carmesí, cálida y espesa de todos los monstruos que se habían adormecido junto a las descotadas damas de la noche. El público reía ensordecedoramente, mientras los músicos de la orquestina recuperaban sus instrumentos y partituras y trataban de coger el último tranvía de aquella demorada madrugada.
Bajo el manto rojo de la sangre que fluía de aquellas venas sin cuerpo el lujoso local recuperó su condición de taberna portuaria. Prostitutas y marineros tatuados se confundían revueltos entre las mesas, desprovistas ya de los elaborados manteles y las brillantes cristalerías que las adornaban. El local situado sobre las antiguas zahurdas del palacio ducal lucía dorados y vidrierías como los más lujosos palacios venecianos de las más brillantes épocas. Las maledicencias hablaban leyendas, figuraciones, bulos al fin, que atribuían al local en su actual esplendor una especie de capacidad de luchar en contra del tiempo. Por eso unos días era zahurda y otros lujoso cabaret.
Entonces, los nuevos ricos, las clases ahora pudientes, que ansiaban aquellos exotismos de un pasado que ellos no pudieron conocer se agolpaban en la entrada utilizando las maneras más zafias y violentas para conseguir una posición de privilegio dentro del local. Pero se había extendido entre ellos la noticia de que la esencia auténtica del espectáculo estaba en la otra apariencia del cabaret, cuando se reconstruía sobre sus orígenes de zahurda. Eso explicaba, al mismo tiempo, esas efusiones de sangre, de irregular frecuencia, pues eran homenaje subyacente a la enorme cantidad de puercos que se sacrificaban en las orgías ducales.
¿Qué extraña coincidencia de personas y hechos hacían manifestarse a tan abundantes sangrías? Nadie daba razón. Como tampoco se sabía de nadie, no obstante, que puediese dar noticia de las representaciones que allí podían contemplarse. Puede que la farisea ocultación del hecho de acudir a ese tipo de espectáculos, personas ellas de tanto prestigio y alcurnia en la sociedad local, impidiese la divulgación de esos hechos. Otros atribuían el silencio a la misteriosa coincidencia de la desaparición de determinados personajes, sospechosos de poder visitar el cabaret como zahurda.
Ilust.- Damien Hirst.
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