Recuerdo esa tarde en el autobús,
el sol nos bañaba la cara…
y a los demás pasajeros también,
porque el chofer nunca cerró la cortina.
Las aves cantaban, sí,
pero no para nosotros:
peleaban por un pedazo de pan
que alguien tiró en la parada anterior.
Tú me hacías sonreír
con esa voz tan dulce…
aunque hablaste tan bajito
que tuve que adivinar la mitad de lo que decías.
El mundo era un murmullo,
y yo tu única verdad…
hasta que sonó tu celular
y esa “única verdad” empezó a escribirle a alguien más.
Fue un día perfecto:
tú, yo y un señor roncando en el asiento de atrás.
Nos miramos como si creyéramos en lo eterno…
eterno como ese viaje que no acababa nunca.
Nos venció el cansancio, sí,
y dormimos abrazados,
mi cabeza en tu hombro,
tu abrigo cubriéndonos…
y a mí dándome alergia porque olía a perro mojado.
Te miré dormir
y por un momento sentí que la vida tenía sentido…
hasta que frenó el autobús,
me golpeé contra la ventana
y recordé que el único sentido era el de la dirección equivocada.
Ojalá el reloj se hubiera rendido ante ese instante…
pero no, el chofer tocó bocina,
el cobrador gritó la próxima parada,
y la eternidad se bajó sin pagar pasaje.
-Dior
el sol nos bañaba la cara…
y a los demás pasajeros también,
porque el chofer nunca cerró la cortina.
Las aves cantaban, sí,
pero no para nosotros:
peleaban por un pedazo de pan
que alguien tiró en la parada anterior.
Tú me hacías sonreír
con esa voz tan dulce…
aunque hablaste tan bajito
que tuve que adivinar la mitad de lo que decías.
El mundo era un murmullo,
y yo tu única verdad…
hasta que sonó tu celular
y esa “única verdad” empezó a escribirle a alguien más.
Fue un día perfecto:
tú, yo y un señor roncando en el asiento de atrás.
Nos miramos como si creyéramos en lo eterno…
eterno como ese viaje que no acababa nunca.
Nos venció el cansancio, sí,
y dormimos abrazados,
mi cabeza en tu hombro,
tu abrigo cubriéndonos…
y a mí dándome alergia porque olía a perro mojado.
Te miré dormir
y por un momento sentí que la vida tenía sentido…
hasta que frenó el autobús,
me golpeé contra la ventana
y recordé que el único sentido era el de la dirección equivocada.
Ojalá el reloj se hubiera rendido ante ese instante…
pero no, el chofer tocó bocina,
el cobrador gritó la próxima parada,
y la eternidad se bajó sin pagar pasaje.
-Dior