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Romance de pubertad

F. CABALLERO SÁNCHEZ

Poeta recién llegado
Romance de pubertad


La vi pasar distraída
al cruzar por la alameda.
Quien la hubiese conocido
siendo la moza que era
jamás podría aceptar
que aquella moza era… "ella".
¡Porque parece mentira
cómo perdió su belleza!
Antes era tan hermosa,
de figura ¡tan perfecta!...
Como mujer, resaltaba
por aquella boca fresca
y aquellos ojos tan negros,
profundos como cavernas;
por sus cabellos brillantes;
y aquellas carnes tan prietas,
y aquellos senos turgentes
y aquellas anchas caderas.
Hoy su boca, no es su boca,
sus mejillas no son tersas
su alegría… ¿adónde fue
que me pareció tan vieja?
Antes nunca yo probé
la miel que hay en la colmena
(¡ay, panal) de una mujer.
Y con imprudencia, ella…
a un niño la dio a beber.
Mis pocos años no eran
buen foso para un castillo…
¡si el fuego prende su cerca!
Me besó junto al naranjo
que está detrás de la huerta.
Ni el relumbrón que da el sol
cuando en los ojos nos ciega,
ni la furia de los vientos
del huracán o galerna,
cuando levanta las olas
hasta las mismas estrellas,
ni el volcán que más vomite
el fuego de sus cavernas,
ni el terremoto más fiero
que haga quebrantar la tierra…
provocarían un desastre
como aquel beso, en mis venas.
El sol se marchó prudente,
la Luna surgió discreta,
curiosilla y criticona.
El aire calmó su fuerza
mientras ella se gozaba
con mi prevista torpeza.
Testigos inesperados
de aquella furtiva escena
fueron los tímidos pájaros,
que buscaban sus literas,
entre las tupidas ramas
de la tranquila arboleda;
el susurro de las aguas
que reflejaba la acequia,
el run-run de algunas tórtolas
y el olor de las adelfas…
La timidez que tenía
me la fue quitando ella
(al tiempo que abandonaba
con nerviosismo sus medias)
hablándome del amor,
de su vida insatisfecha,
de tantos años perdidos
y tantas falsas promesas…
y montó… con mil halagos
su potro de carne fresca,
sin bridas y sin estribos,
para trotar por la sierra
llevada por su entusiasmo
como una amazona experta
mientras lanzaba suspiros,
y lamentos de posesa.
No quiero decir las cosas
que ella, imprudente, dijera
porque aún siento pudor
a pesar de ser sinceras.
Debo decir, y es justicia,
que el recuerdo que me queda
de aquella tarde de agosto,
que acabó en noche de estrellas,
fueron sus pechos de nácar,
de terciopelo y de seda,
sensuales... y escurridizos
como escamas de sirena.
Quise hacer como los hombres
que muestran nobles maneras
y galantes con mujeres:
la ayudé a que rehiciera
sus cabellos esparcidos,
sobre la tupida hierba.
Entonces fue cuando dijo,
con un guiño de coqueta,
que aunque ya estaba casada
era igual que una soltera
porque la dejó el marido.
Y al hilo de su ocurrencia
añadió que fue feliz…
con alguien sin experiencia.
Lo que dijo me dolió.
¡Qué pena que lo dijera!
Porque estando enamorado
no quise volver a verla

Málaga, noviembre 2007
 
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