Canto I
El Rey Gundar contempla el amanecer antes de la batalla
El Rey Gundar contemplaba
en la proa de la nave,
sobre las olas del mar,
un amanecer de sangre.
El Rey Gundar, soberano
de Marfilia y Puerto Grande,
Gobernador de la Marca
y de Torre Gavilanes,
Señor de los Siete Ríos,
Guardián de las Diez Ciudades,
navegaba hacia la guerra
con todos sus capitanes
y su flota de cien barcos
erizada de estandartes
y las armas relucientes
de sus quince mil infantes.
Quiso que le acompañaran
sus hijos en este trance,
porque así se endurecieran
y templaran el carácter,
así que mandó arrancarlos
de los brazos de su madre,
aunque ninguno tuviera
edad de librar combate.
Auriga, Drago y Sargón,
orgullo de su linaje,
hijos de Gundar el Bravo
y de la Reina de Jade.
Los tres eran tan pequeños
que daba pena mirarles
entre los rudos soldados,
tan asustados y frágiles,
temblorosos, desvalidos,
aguardando a que su padre
rompiera al fin el silencio
en la proa de la nave.
Augurios de la batalla
se cernían en el aire.
Sobre las olas del mar,
un amanecer de sangre.
Canto II
Palabras del Rey Gundar a sus hijos
Habla el Rey Gundar. Sus hijos
escuchan su voz severa.
Porque heredaréis mi trono
el día que yo me muera,
porque siento como corre
mi sangre por vuestras venas,
porque para vuestro bien,
todo cuanto tengo, diera,
os he de mostrar ahora
el honor y la grandeza,
cómo se bate un valiente,
cómo se venga una afrenta,
cómo se conquista un reino,
cómo se gana una guerra.
Sé muy bien que Auriga tiene
solo doce primaveras,
diez cuenta Drago y Sargón
no llega a nueve siquiera
y desoyendo las súplicas
de vuestra madre la Reina,
quiero haceros a los tres
partícipes de esta empresa,
porque no hay edad temprana
cuando la gloria es eterna,
porque vosotros sois príncipes
y los dioses os contemplan.
Partimos a la batalla
por amor a nuestra tierra
a dar muerte a los tiranos
que pretenden someterla
y empuñaremos las armas
contra la ciudad de Imperia,
esa cueva de chacales
llena de gente perversa
que quiere imponer al mundo
su rapiña y su miseria.
Los que cada cierto tiempo
asaltan nuestras fronteras
y roban nuestro ganado
y queman nuestras cosechas
y al amparo de la noche
irrumpen en las aldeas
y cometen toda suerte
de maldades y vilezas
y delante de sus padres
deshonran a las doncellas
y asesinan sin piedad
al que opone resistencia.
Los que nunca conocieron
ni justicia ni decencia,
pagarán todos sus crímenes
y purgarán sus ofensas.
Serán ellos los que sufran,
serán ellos los que sientan
el dolor de las heridas
sobre sus carnes abiertas
cuando mueran desangrados
sin que nadie les atienda
ni nadie quiera escucharles
cuando supliquen clemencia.
No saben que les cercamos,
no saben que estamos cerca,
no saben que pretendemos
atacarles por sorpresa,
no saben que esta mañana,
en cuanto pisemos tierra,
marcharemos decididos
sin que nada nos detenga
y al filo del mediodía
estaremos a sus puertas,
sin darles apenas tiempo
de preparar su defensa.
Prometí que lucharía
a muerte contra esas hienas.
Vosotros seréis testigos
de que cumplo mi promesa.
Canto III
La batalla de Aguas Malvas.
Poco esperaba el Rey Gundar
perder aquella batalla
y ver que sus tropas eran
terriblemente diezmadas.
Tampoco esperaba ver
que casi toda su armada
se hundiría en el océano,
engullida por las aguas.
Ni esperaba, por supuesto,
seguro como él estaba,
que el ejército de Imperia
le tendiera una emboscada
en la playa de Aguas Verdes,
cuando despuntaba el alba
y sus desdichados hombres
apenas desembarcaban,
cargados con sus enseres,
sus escudos y sus armas,
remando en pequeños botes
hacia las arenas blancas,
sin saber que en la ribera
la muerte les acechaba.
Pronto se escucharon voces
en las colinas cercanas,
resonaron las cornetas,
se levantaron las lanzas,
los timbales retumbaron
y brillaron las espadas.
¡Alarma! - Gritó el vigía.
El enemigo atacaba
sin haberles dado tiempo
de poner un pie en la playa.
Sorprendidos, asustados
por la súbita amenaza,
presos de la confusión,
indefensos como estaban,
los soldados del Rey Gundar
no pudieron hacer nada.
Los de Imperia aprovecharon
con premura su ventaja
y apuntaron a los barcos
con sus flechas incendiarias.
¡Traición! - bramaba el Rey Gundar
con ira desesperada,
al ver arder sus navíos
como piras funerarias -
¿Cómo supo el enemigo
que nuestra flota llegaba,
si entre los nuestros no hubiera
alguien que nos delatara?
¡Juro que tarde o temprano
el traidor tendrá su paga!
Y nuevas flechas caían
sobre aquellos que remaban
indefensos en sus botes,
perdida ya la esperanza,
como moscas prisioneras
en la tela de una araña.
Y los arqueros de Imperia
disparaban a sus anchas,
sembrando el mar de cadáveres,
que flotaban en el agua.
Y a los que sobrevivían
y llegaban a la playa,
antes de poder siquiera
desenvainar las espadas,
les ensartaban al punto
los lanceros con sus lanzas.
Auriga, Drago y Sargón,
a salvo en la retaguardia,
contemplaban espantados
la pavorosa matanza
con sus ojos infantiles
empañados por las lágrimas.
Todo estaba ya perdido,
pero el Rey no claudicaba
y se negaba en rotundo
a ordenar la retirada.
- ¡Adelante, mis valientes!
¡A las armas! ¡A las armas!
- ¡Retrocedamos, Señor! -
sus guardias le suplicaban,
mas el Rey, enajenado,
no escuchaba sus palabras,
por más que estuviera herido
y sus fuerzas flaquearan.
Con dos flechas en el pecho
y una tercera en la espalda,
allí mismo hubiera muerto
de no ser porque sus guardias,
para salvarle la vida,
se lo llevaron a rastras
mientras él se revolvía
lleno de impotencia y rabia:
- ¡Dejadme morir al menos
en el campo de batalla!
De su flota de cien naves
apenas veinte quedaban,
porque todas las demás
fueron pasto de las llamas.
Maltrechos y derrotados,
los hombres se lamentaban,
sangrando por sus heridas,
de regreso hacia la patria.
Mientras curaban al Rey,
sus hijos le acompañaban.
¡Auriga, Drago y Sargón,
clamemos juntos venganza!
¡Odio eterno contra Imperia!
¡Odio eterno hasta que caiga!
Atrás quedaron los muertos,
tiñendo de sangre el agua,
tanto que desde aquel día
aquella maldita playa
dejó de ser Aguas Verdes
para llamarse Aguas Malvas.
Canto IV
Senado y pueblo de Imperia
En Imperia, la ciudad
de los lujosos palacios,
con sus templos imponentes
y sus estatuas de mármol,
con sus calles bulliciosas,
y sus prósperos mercados,
sus mendigos harapientos,
sus esclavos desdichados,
sus alegres taberneros,
sus hábiles artesanos,
sus tenderos, sus escrivas,
sus rameras, sus soldados,
sus hombres y sus mujeres,
sus nobles y sus villanos.
En Imperia, la ciudad
que hace más de tres mil años,
entre fértiles colinas,
los propios dioses fundaron,
tuvo lugar aquel día
una reunión del senado.
Ante todos los presentes
tomó la palabra Crátulo,
el anciano senador
de semblante siempre airado,
seco, enjuto y achacoso,
consumido y encorvado,
de pobladas barbas blancas
y escasos cabellos canos,
pronunciando ante la sala
un discurso apasionado.
- Celebremos todos juntos,
queridos conciudadanos,
la victoria que ayer mismo
los dioses nos otorgaron
y el castigo que infringimos
a ese reyezuelo osado,
soberano de Marfilia,
que llaman Gundar el Bravo.
Bien está que el enemigo
resultara derrotado,
que cayeran sus guerreros
y que se hundieran sus barcos.
Pero acaso este momento
pudiera haber sido amargo
si uno de nuestros espías
no nos hubiera avisado
del que el Rey Gundar venía
dispuesto para atacarnos.
¿Quién nos puede asegurar
que en un futuro cercano,
cuando sanen sus heridas,
y recompongan sus ánimos,
no quieran los de Marfilia
volver de nuevo a intentarlo?
¿Quién nos dice que no están
ahora mismo conspirando
para vengarse del mal
que nosotros les causamos?
¿Y quien no nos tacharía
de necios y de insensatos
si al advertir el peligro
no tratamos de evitarlo?
Imperia, la capital
del mundo civilizado,
que a todo el orbe ilumina
como la antorcha de un faro,
ha de poder defenderse
de quien quiera hacerle daño.
¡Que marchen sobre Marfilia
todos nuestros legionarios
y que asalten sus ciudades
y sus villas y sus campos!
¡Que maten a los varones
en edad de ser soldados
y cuando ya solo queden
mujeres, niños y ancianos,
que los tomen prisioneros
y los vendan como esclavos!
¡Solo entonces en Imperia
podremos dormir a salvo!
Quedó Crátulo en silencio.
Sus palabras provocaron
un revuelo de aspavientos,
murmullos y comentarios.
Entonces alzó la voz
con tono firme y calmado
uno de los senadores
más jóvenes del senado.
Se trataba de Zenón,
un tribuno de treinta años,
que pese a su corta edad
por todos era admirado
por llevar a la victoria
las legiones a su mando
en las guerras fronterizas
libradas contra los bárbaros.
- Vosotros sóis mis amigos,
vosotros sóis mis hermanos,
y sabéis que he combatido
y he sufrido y he sangrado
y que de nuevo lo haría
si ello fuera necesario.
Pero yo he visto la muerte,
la he tocado con mis manos,
y no hay gloria en sus lamentos
y no hay honor en su espanto.
Ya obtuvimos la victoria,
no vayamos a ensañarnos
con los cuerpos aún heridos
de enemigos derrotados.
¿Qué bien hacemos con ello?
¿Y con ello, qué ganamos?
¿Vamos a mandar legiones
a batirse en suelo extraño
contra quienes ayer mismo
vencimos y avergonzamos?
¿Cómo lucha el alacrán
si se siente acorralado?
¿Y cómo luchará un pueblo
dispuesto a morir matando?
Si no queréis que Marfilia
pueda volver a atacarnos,
haced que fundan sus armas
y que destruyan sus barcos
e imponedles un tributo
que paguen todos los años,
oro, plata, minerales,
tapices, sedas y paños,
sacos de trigo y avena
y cabezas de ganado.
Ya veréis como ellos pagan
el tributo de buen grado
y cumplen lo que exigimos
por temor a contrariarnos
y agradecen la clemencia
con que les hemos tratado
y al tiempo que se empobrecen
también se van resignando,
que el acero hace enemigos
y el dinero hace vasallos.
Calló Zenón y al momento
un clamor cruzó el senado.
Los senadores se hallaban
divididos en dos bandos.
¡Es preciso que votemos!
¡Es preciso que escojamos
la clemencia de Zenón
o la venganza de Crátulo!
El Rey Gundar contempla el amanecer antes de la batalla
El Rey Gundar contemplaba
en la proa de la nave,
sobre las olas del mar,
un amanecer de sangre.
El Rey Gundar, soberano
de Marfilia y Puerto Grande,
Gobernador de la Marca
y de Torre Gavilanes,
Señor de los Siete Ríos,
Guardián de las Diez Ciudades,
navegaba hacia la guerra
con todos sus capitanes
y su flota de cien barcos
erizada de estandartes
y las armas relucientes
de sus quince mil infantes.
Quiso que le acompañaran
sus hijos en este trance,
porque así se endurecieran
y templaran el carácter,
así que mandó arrancarlos
de los brazos de su madre,
aunque ninguno tuviera
edad de librar combate.
Auriga, Drago y Sargón,
orgullo de su linaje,
hijos de Gundar el Bravo
y de la Reina de Jade.
Los tres eran tan pequeños
que daba pena mirarles
entre los rudos soldados,
tan asustados y frágiles,
temblorosos, desvalidos,
aguardando a que su padre
rompiera al fin el silencio
en la proa de la nave.
Augurios de la batalla
se cernían en el aire.
Sobre las olas del mar,
un amanecer de sangre.
Canto II
Palabras del Rey Gundar a sus hijos
Habla el Rey Gundar. Sus hijos
escuchan su voz severa.
Porque heredaréis mi trono
el día que yo me muera,
porque siento como corre
mi sangre por vuestras venas,
porque para vuestro bien,
todo cuanto tengo, diera,
os he de mostrar ahora
el honor y la grandeza,
cómo se bate un valiente,
cómo se venga una afrenta,
cómo se conquista un reino,
cómo se gana una guerra.
Sé muy bien que Auriga tiene
solo doce primaveras,
diez cuenta Drago y Sargón
no llega a nueve siquiera
y desoyendo las súplicas
de vuestra madre la Reina,
quiero haceros a los tres
partícipes de esta empresa,
porque no hay edad temprana
cuando la gloria es eterna,
porque vosotros sois príncipes
y los dioses os contemplan.
Partimos a la batalla
por amor a nuestra tierra
a dar muerte a los tiranos
que pretenden someterla
y empuñaremos las armas
contra la ciudad de Imperia,
esa cueva de chacales
llena de gente perversa
que quiere imponer al mundo
su rapiña y su miseria.
Los que cada cierto tiempo
asaltan nuestras fronteras
y roban nuestro ganado
y queman nuestras cosechas
y al amparo de la noche
irrumpen en las aldeas
y cometen toda suerte
de maldades y vilezas
y delante de sus padres
deshonran a las doncellas
y asesinan sin piedad
al que opone resistencia.
Los que nunca conocieron
ni justicia ni decencia,
pagarán todos sus crímenes
y purgarán sus ofensas.
Serán ellos los que sufran,
serán ellos los que sientan
el dolor de las heridas
sobre sus carnes abiertas
cuando mueran desangrados
sin que nadie les atienda
ni nadie quiera escucharles
cuando supliquen clemencia.
No saben que les cercamos,
no saben que estamos cerca,
no saben que pretendemos
atacarles por sorpresa,
no saben que esta mañana,
en cuanto pisemos tierra,
marcharemos decididos
sin que nada nos detenga
y al filo del mediodía
estaremos a sus puertas,
sin darles apenas tiempo
de preparar su defensa.
Prometí que lucharía
a muerte contra esas hienas.
Vosotros seréis testigos
de que cumplo mi promesa.
Canto III
La batalla de Aguas Malvas.
Poco esperaba el Rey Gundar
perder aquella batalla
y ver que sus tropas eran
terriblemente diezmadas.
Tampoco esperaba ver
que casi toda su armada
se hundiría en el océano,
engullida por las aguas.
Ni esperaba, por supuesto,
seguro como él estaba,
que el ejército de Imperia
le tendiera una emboscada
en la playa de Aguas Verdes,
cuando despuntaba el alba
y sus desdichados hombres
apenas desembarcaban,
cargados con sus enseres,
sus escudos y sus armas,
remando en pequeños botes
hacia las arenas blancas,
sin saber que en la ribera
la muerte les acechaba.
Pronto se escucharon voces
en las colinas cercanas,
resonaron las cornetas,
se levantaron las lanzas,
los timbales retumbaron
y brillaron las espadas.
¡Alarma! - Gritó el vigía.
El enemigo atacaba
sin haberles dado tiempo
de poner un pie en la playa.
Sorprendidos, asustados
por la súbita amenaza,
presos de la confusión,
indefensos como estaban,
los soldados del Rey Gundar
no pudieron hacer nada.
Los de Imperia aprovecharon
con premura su ventaja
y apuntaron a los barcos
con sus flechas incendiarias.
¡Traición! - bramaba el Rey Gundar
con ira desesperada,
al ver arder sus navíos
como piras funerarias -
¿Cómo supo el enemigo
que nuestra flota llegaba,
si entre los nuestros no hubiera
alguien que nos delatara?
¡Juro que tarde o temprano
el traidor tendrá su paga!
Y nuevas flechas caían
sobre aquellos que remaban
indefensos en sus botes,
perdida ya la esperanza,
como moscas prisioneras
en la tela de una araña.
Y los arqueros de Imperia
disparaban a sus anchas,
sembrando el mar de cadáveres,
que flotaban en el agua.
Y a los que sobrevivían
y llegaban a la playa,
antes de poder siquiera
desenvainar las espadas,
les ensartaban al punto
los lanceros con sus lanzas.
Auriga, Drago y Sargón,
a salvo en la retaguardia,
contemplaban espantados
la pavorosa matanza
con sus ojos infantiles
empañados por las lágrimas.
Todo estaba ya perdido,
pero el Rey no claudicaba
y se negaba en rotundo
a ordenar la retirada.
- ¡Adelante, mis valientes!
¡A las armas! ¡A las armas!
- ¡Retrocedamos, Señor! -
sus guardias le suplicaban,
mas el Rey, enajenado,
no escuchaba sus palabras,
por más que estuviera herido
y sus fuerzas flaquearan.
Con dos flechas en el pecho
y una tercera en la espalda,
allí mismo hubiera muerto
de no ser porque sus guardias,
para salvarle la vida,
se lo llevaron a rastras
mientras él se revolvía
lleno de impotencia y rabia:
- ¡Dejadme morir al menos
en el campo de batalla!
De su flota de cien naves
apenas veinte quedaban,
porque todas las demás
fueron pasto de las llamas.
Maltrechos y derrotados,
los hombres se lamentaban,
sangrando por sus heridas,
de regreso hacia la patria.
Mientras curaban al Rey,
sus hijos le acompañaban.
¡Auriga, Drago y Sargón,
clamemos juntos venganza!
¡Odio eterno contra Imperia!
¡Odio eterno hasta que caiga!
Atrás quedaron los muertos,
tiñendo de sangre el agua,
tanto que desde aquel día
aquella maldita playa
dejó de ser Aguas Verdes
para llamarse Aguas Malvas.
Canto IV
Senado y pueblo de Imperia
En Imperia, la ciudad
de los lujosos palacios,
con sus templos imponentes
y sus estatuas de mármol,
con sus calles bulliciosas,
y sus prósperos mercados,
sus mendigos harapientos,
sus esclavos desdichados,
sus alegres taberneros,
sus hábiles artesanos,
sus tenderos, sus escrivas,
sus rameras, sus soldados,
sus hombres y sus mujeres,
sus nobles y sus villanos.
En Imperia, la ciudad
que hace más de tres mil años,
entre fértiles colinas,
los propios dioses fundaron,
tuvo lugar aquel día
una reunión del senado.
Ante todos los presentes
tomó la palabra Crátulo,
el anciano senador
de semblante siempre airado,
seco, enjuto y achacoso,
consumido y encorvado,
de pobladas barbas blancas
y escasos cabellos canos,
pronunciando ante la sala
un discurso apasionado.
- Celebremos todos juntos,
queridos conciudadanos,
la victoria que ayer mismo
los dioses nos otorgaron
y el castigo que infringimos
a ese reyezuelo osado,
soberano de Marfilia,
que llaman Gundar el Bravo.
Bien está que el enemigo
resultara derrotado,
que cayeran sus guerreros
y que se hundieran sus barcos.
Pero acaso este momento
pudiera haber sido amargo
si uno de nuestros espías
no nos hubiera avisado
del que el Rey Gundar venía
dispuesto para atacarnos.
¿Quién nos puede asegurar
que en un futuro cercano,
cuando sanen sus heridas,
y recompongan sus ánimos,
no quieran los de Marfilia
volver de nuevo a intentarlo?
¿Quién nos dice que no están
ahora mismo conspirando
para vengarse del mal
que nosotros les causamos?
¿Y quien no nos tacharía
de necios y de insensatos
si al advertir el peligro
no tratamos de evitarlo?
Imperia, la capital
del mundo civilizado,
que a todo el orbe ilumina
como la antorcha de un faro,
ha de poder defenderse
de quien quiera hacerle daño.
¡Que marchen sobre Marfilia
todos nuestros legionarios
y que asalten sus ciudades
y sus villas y sus campos!
¡Que maten a los varones
en edad de ser soldados
y cuando ya solo queden
mujeres, niños y ancianos,
que los tomen prisioneros
y los vendan como esclavos!
¡Solo entonces en Imperia
podremos dormir a salvo!
Quedó Crátulo en silencio.
Sus palabras provocaron
un revuelo de aspavientos,
murmullos y comentarios.
Entonces alzó la voz
con tono firme y calmado
uno de los senadores
más jóvenes del senado.
Se trataba de Zenón,
un tribuno de treinta años,
que pese a su corta edad
por todos era admirado
por llevar a la victoria
las legiones a su mando
en las guerras fronterizas
libradas contra los bárbaros.
- Vosotros sóis mis amigos,
vosotros sóis mis hermanos,
y sabéis que he combatido
y he sufrido y he sangrado
y que de nuevo lo haría
si ello fuera necesario.
Pero yo he visto la muerte,
la he tocado con mis manos,
y no hay gloria en sus lamentos
y no hay honor en su espanto.
Ya obtuvimos la victoria,
no vayamos a ensañarnos
con los cuerpos aún heridos
de enemigos derrotados.
¿Qué bien hacemos con ello?
¿Y con ello, qué ganamos?
¿Vamos a mandar legiones
a batirse en suelo extraño
contra quienes ayer mismo
vencimos y avergonzamos?
¿Cómo lucha el alacrán
si se siente acorralado?
¿Y cómo luchará un pueblo
dispuesto a morir matando?
Si no queréis que Marfilia
pueda volver a atacarnos,
haced que fundan sus armas
y que destruyan sus barcos
e imponedles un tributo
que paguen todos los años,
oro, plata, minerales,
tapices, sedas y paños,
sacos de trigo y avena
y cabezas de ganado.
Ya veréis como ellos pagan
el tributo de buen grado
y cumplen lo que exigimos
por temor a contrariarnos
y agradecen la clemencia
con que les hemos tratado
y al tiempo que se empobrecen
también se van resignando,
que el acero hace enemigos
y el dinero hace vasallos.
Calló Zenón y al momento
un clamor cruzó el senado.
Los senadores se hallaban
divididos en dos bandos.
¡Es preciso que votemos!
¡Es preciso que escojamos
la clemencia de Zenón
o la venganza de Crátulo!
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