Rosas

Rosas
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Nacimos y crecimos muy cercanos
rodeados de familias numerosas
formando parte de un rosal barroco.
Pocos metros separan nuestras ramas
dentro de un público jardín
abonado por palomas salvajes.
Una misma agua nos nutre y nos sostiene
vital alimento que cuecen nuestras hojas.
La verde savia engorda nuestros leños
hecho de luz el combustible.
Ambas raíces se entrelazan hondo
encadenadas como rubias trenzas
pruebas de un amor casi incestuoso
del que es solo testigo, un viejo jardinero.

De día
el sol dorado nos abraza
nos quema con sus rayos.
Intento que nunca nos separen
pero mi protección es casi inexistente.
Resalto a posta mi amarillo color;
pretendo brillar intensamente
extender mis pétalos al viento,
y llamar la atención desesperado, como
si en una galería me encontrase.
Afilo mis espinas como lanzas
para herir al intruso
trato de ser cortado, yo el primero.
Nunca falta un flechado
algún enamorado que profana
el dulce edén donde habitamos.

De noche
eres la reina de la rosaleda.
tu puro color blanco luce tan inocente.
es tibio el rocío porque así lo siento.
Tu exquisito aroma me impide respirar
y libero más oxígeno que nadie,
sofocado de tanto deseo.
No puedo caminar para abrazarte
sólo logro mirarte y admirarte
enviarte mis besos
en forma de efluvios olorosos,
recibir tu fragancia mareadora
que me mantiene erguido
combativo e insomne,
esperando una ofrenda
que trae la primavera.

Gracias al cielo
ya llegan las abejas
son nuestras preferidas
vienen por el dulce néctar,
por tantos colores cegadores
y acaban como cómplices del acto.
Mis viriles estambres ya jadean
sus pistilos en celo solo aguardan.
Consigo que mi polen vuele en ellas
y logren llegar hasta su estigma
que al fin se consuma nuestro idilio
y germine la soñada descendencia.
Que las nuevas semillas
prolonguen nuestras vidas
y podamos ya, marcharnos satisfechos.
No hemos pasado en vano por el mundo.

Ambos tenemos muchos miedos
los míos son más acuciantes:
temo a San Valentin y su Cupido
al día de la madres de la tierra
a una carrera olímpica
a un velatorio cualquiera.
Al paso nervioso de un enamorado
que pueda con sus manos o sus tijeras
llevarnos a su solapa
deshojarnos los capullos
dejar huérfanos nuestros botones
aplastar los escaramujos.
Y atarnos
a un infame lazo
convertirnos en el centro de una mesa
hacernos parte de una corona fúnebre
aprisionarnos entre las páginas de un libro.
Todo para que el implacable tiempo
nos marchite y descolore
suprima la fragancia ensoñadora
caigan vencidas las espinas
la vida se nos escape prontamente.

Y aún cuando el orgullo milenario
perdure intacto e indomable
seamos condenados -como brujas-
a sofocante y medieval hoguera.


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