Bolivar F. Martinez
Poeta adicto al portal
Ruego de una madre
A la luz de los cirios que el fuego consume,
como árbol que doblega la furia del viento,
por dolor derrumbada, triste se escucha
de una madre el lamento.
Y su fecundo vientre aun más se doblega,
porque fué el recipiente
en donde su hijo se formara
pero que el cielo ahora, tan lleno de angelitos, llama.
Yo solo tenía uno, su boca exclama;
si hay tantas mujeres que los pequeños seres
que deberian querer, de sus vidas apartan.
¡Y tu, Señor, a esas no castigas,
ni sus hijos reclamas!
¿Por qué entonces fué el mío
aquel que te hizo falta?
El sería mi alegría en sus días de infancia,
y sería mi sostén en mis dias de anciana!
¡Si siempre he sido digna, si yo no he sido mala!
Si seguí tus preceptos y siempre te rogaba
que adentro, en mis entrañas, el amor floreciera
y que fructificara y me dieras un hijo
que a ti se pareciera, que fuera como tu
así tan dulce y bueno, para que me sanara
de esta soledad en que me encuentro.
Y si ya habías cumplido mi deseo,
¿cómo es que ahora te lo llevas?
El Dios de los misterios oyendo su lamento,
con el correr del tiempo
le repuso aquél que se llevara,
y aún le dió otra mas: el niño con rostro angelical,
la niña con la cara de la Virgen Morena,
¡de la Guadalupana!
A la luz de los cirios que el fuego consume,
como árbol que doblega la furia del viento,
por dolor derrumbada, triste se escucha
de una madre el lamento.
Y su fecundo vientre aun más se doblega,
porque fué el recipiente
en donde su hijo se formara
pero que el cielo ahora, tan lleno de angelitos, llama.
Yo solo tenía uno, su boca exclama;
si hay tantas mujeres que los pequeños seres
que deberian querer, de sus vidas apartan.
¡Y tu, Señor, a esas no castigas,
ni sus hijos reclamas!
¿Por qué entonces fué el mío
aquel que te hizo falta?
El sería mi alegría en sus días de infancia,
y sería mi sostén en mis dias de anciana!
¡Si siempre he sido digna, si yo no he sido mala!
Si seguí tus preceptos y siempre te rogaba
que adentro, en mis entrañas, el amor floreciera
y que fructificara y me dieras un hijo
que a ti se pareciera, que fuera como tu
así tan dulce y bueno, para que me sanara
de esta soledad en que me encuentro.
Y si ya habías cumplido mi deseo,
¿cómo es que ahora te lo llevas?
El Dios de los misterios oyendo su lamento,
con el correr del tiempo
le repuso aquél que se llevara,
y aún le dió otra mas: el niño con rostro angelical,
la niña con la cara de la Virgen Morena,
¡de la Guadalupana!
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