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Te digo una piedra entre todo lo que te digo.
No deseo que solo atesores la costumbre
de escuchar trompetas en la ventana,
el terciopelo del aire con su atardecer bien lejos.
Te digo una piedra porque también debe decirse
como confesión de amor o de crimen,
junto al más azul de los relámpagos,
las goteras que nos filtran en sangre indistinta
y la declaración anual impuestos.
Te digo una piedra en el zapato
o en los riñones que también te aman o te duelen
o entre los frijoles desperdigados por la mesa.
Es la menos esmeralda de todas, tan cotidiana
que parece piedra de afilar, que parece piedra.
Pero tú la notas entre lo igual
porque te revela algo de ti misma donde soy ese algo.
¿Un cómo qué? Nada necesario, pero indispensable.
El nombre que bautiza tus ojos cerrados
cuando son viajantes hacia la constelación o el sueño,
y me despiertas a descontar ovejas
porque sabes que solo sé contar del uno hasta ti
con todos los dedos, y siempre me faltan
o desaparecen.
Entrar en tu rumor siempre es desaparecer un poco
y salir a otro lado.
A este silencio nuestro donde las piedras hablan
y siempre dicen lo que no pueden las palabras.
Te digo una piedra entre todo lo que te digo.
No deseo que solo atesores la costumbre
de escuchar trompetas en la ventana,
el terciopelo del aire con su atardecer bien lejos.
Te digo una piedra porque también debe decirse
como confesión de amor o de crimen,
junto al más azul de los relámpagos,
las goteras que nos filtran en sangre indistinta
y la declaración anual impuestos.
Te digo una piedra en el zapato
o en los riñones que también te aman o te duelen
o entre los frijoles desperdigados por la mesa.
Es la menos esmeralda de todas, tan cotidiana
que parece piedra de afilar, que parece piedra.
Pero tú la notas entre lo igual
porque te revela algo de ti misma donde soy ese algo.
¿Un cómo qué? Nada necesario, pero indispensable.
El nombre que bautiza tus ojos cerrados
cuando son viajantes hacia la constelación o el sueño,
y me despiertas a descontar ovejas
porque sabes que solo sé contar del uno hasta ti
con todos los dedos, y siempre me faltan
o desaparecen.
Entrar en tu rumor siempre es desaparecer un poco
y salir a otro lado.
A este silencio nuestro donde las piedras hablan
y siempre dicen lo que no pueden las palabras.
Te digo una piedra entre todo lo que te digo.
No deseo que solo atesores la costumbre
de escuchar trompetas en la ventana,
el terciopelo del aire con su atardecer bien lejos.
Te digo una piedra porque también debe decirse
como confesión de amor o de crimen,
junto al más azul de los relámpagos,
las goteras que nos filtran en sangre indistinta
y la declaración anual impuestos.
Te digo una piedra en el zapato
o en los riñones que también te aman o te duelen
o entre los frijoles desperdigados por la mesa.
Es la menos esmeralda de todas, tan cotidiana
que parece piedra de afilar, que parece piedra.
Pero tú la notas entre lo igual
porque te revela algo de ti misma donde soy ese algo.
¿Un cómo qué? Nada necesario, pero indispensable.
El nombre que bautiza tus ojos cerrados
cuando son viajantes hacia la constelación o el sueño,
y me despiertas a descontar ovejas
porque sabes que solo sé contar del uno hasta ti
con todos los dedos, y siempre me faltan
o desaparecen.
Entrar en tu rumor siempre es desaparecer un poco
y salir a otro lado.
A este silencio nuestro donde las piedras hablan
y siempre dicen lo que no pueden las palabras.
No sé qué piedra sea la más dolorosa de encontrar en el camino, si la de los riñones, o esa fatal piedra entre los frijoles.
Grato pasar por tu bello escrito, saludos cordiales.
Alfredo
Te digo una piedra entre todo lo que te digo.
No deseo que solo atesores la costumbre
de escuchar trompetas en la ventana,
el terciopelo del aire con su atardecer bien lejos.
Te digo una piedra porque también debe decirse
como confesión de amor o de crimen,
junto al más azul de los relámpagos,
las goteras que nos filtran en sangre indistinta
y la declaración anual impuestos.
Te digo una piedra en el zapato
o en los riñones que también te aman o te duelen
o entre los frijoles desperdigados por la mesa.
Es la menos esmeralda de todas, tan cotidiana
que parece piedra de afilar, que parece piedra.
Pero tú la notas entre lo igual
porque te revela algo de ti misma donde soy ese algo.
¿Un cómo qué? Nada necesario, pero indispensable.
El nombre que bautiza tus ojos cerrados
cuando son viajantes hacia la constelación o el sueño,
y me despiertas a descontar ovejas
porque sabes que solo sé contar del uno hasta ti
con todos los dedos, y siempre me faltan
o desaparecen.
Entrar en tu rumor siempre es desaparecer un poco
y salir a otro lado.
A este silencio nuestro donde las piedras hablan
y siempre dicen lo que no pueden las palabras.
Te digo una piedra entre todo lo que te digo.
No deseo que solo atesores la costumbre
de escuchar trompetas en la ventana,
el terciopelo del aire con su atardecer bien lejos.
Te digo una piedra porque también debe decirse
como confesión de amor o de crimen,
junto al más azul de los relámpagos,
las goteras que nos filtran en sangre indistinta
y la declaración anual impuestos.
Te digo una piedra en el zapato
o en los riñones que también te aman o te duelen
o entre los frijoles desperdigados por la mesa.
Es la menos esmeralda de todas, tan cotidiana
que parece piedra de afilar, que parece piedra.
Pero tú la notas entre lo igual
porque te revela algo de ti misma donde soy ese algo.
¿Un cómo qué? Nada necesario, pero indispensable.
El nombre que bautiza tus ojos cerrados
cuando son viajantes hacia la constelación o el sueño,
y me despiertas a descontar ovejas
porque sabes que solo sé contar del uno hasta ti
con todos los dedos, y siempre me faltan
o desaparecen.
Entrar en tu rumor siempre es desaparecer un poco
y salir a otro lado.
A este silencio nuestro donde las piedras hablan
y siempre dicen lo que no pueden las palabras.
Te digo una piedra entre todo lo que te digo.
No deseo que solo atesores la costumbre
de escuchar trompetas en la ventana,
el terciopelo del aire con su atardecer bien lejos.
Te digo una piedra porque también debe decirse
como confesión de amor o de crimen,
junto al más azul de los relámpagos,
las goteras que nos filtran en sangre indistinta
y la declaración anual impuestos.
Te digo una piedra en el zapato
o en los riñones que también te aman o te duelen
o entre los frijoles desperdigados por la mesa.
Es la menos esmeralda de todas, tan cotidiana
que parece piedra de afilar, que parece piedra.
Pero tú la notas entre lo igual
porque te revela algo de ti misma donde soy ese algo.
¿Un cómo qué? Nada necesario, pero indispensable.
El nombre que bautiza tus ojos cerrados
cuando son viajantes hacia la constelación o el sueño,
y me despiertas a descontar ovejas
porque sabes que solo sé contar del uno hasta ti
con todos los dedos, y siempre me faltan
o desaparecen.
Entrar en tu rumor siempre es desaparecer un poco
y salir a otro lado.
A este silencio nuestro donde las piedras hablan
y siempre dicen lo que no pueden las palabras.