Kuko Vanni
Poeta recién llegado
No recuerdo bien en qué pensaba. Mis actos los de siempre: Un poco de leer, pestañeos interminables y mi cuerpo sobre el lecho yendo de una esquina a otra, hasta rendirse.
Era de noche y en algún lugar de Barranco.
Se encontraba sentada debajo de un farol, pintando al óleo: flores violetas y enredaderas indescifrables.
Yo pasaba por ahí, y decidí acompañarla.
Yo no sé de qué manera me miró, como es qué sonrió, ni mi respuesta a ello; para terminar besándonos así. Se silenciaba el canto del pájaro que nos miraba parado sobre el lienzo. A lo lejos las olas cesaban su murmullo. Más cerca, el vaivén de las personas se extraviaba.
Después, nos separamos lentamente. Y yo, lleno de asombro, iba encontrando en su rostro, facciones que no le eran propias: Sus ojos no eran los mismos y su bendita boca era otra boca. Su voz no era la de antes. Todo era distinto.
Ella se encontró cambiada, y aun así se mostraba serena. Se palpaba el rostro y parecía aprobar su nuevo aspecto. Yo no salía de mi asombro. Nos quedamos en silencio unos segundos. Sonrió mirando al vacío y dijo Adiós. Ella se fue olvidando el lienzo.
Mis parpados, al abrirse, me devolvieron el aliento. Luego lo mismo: Mi cuerpo levantándose, una ducha tibia, una taza de café y el reloj colmándome de apuro.
.
Era de noche y en algún lugar de Barranco.
Se encontraba sentada debajo de un farol, pintando al óleo: flores violetas y enredaderas indescifrables.
Yo pasaba por ahí, y decidí acompañarla.
Yo no sé de qué manera me miró, como es qué sonrió, ni mi respuesta a ello; para terminar besándonos así. Se silenciaba el canto del pájaro que nos miraba parado sobre el lienzo. A lo lejos las olas cesaban su murmullo. Más cerca, el vaivén de las personas se extraviaba.
Después, nos separamos lentamente. Y yo, lleno de asombro, iba encontrando en su rostro, facciones que no le eran propias: Sus ojos no eran los mismos y su bendita boca era otra boca. Su voz no era la de antes. Todo era distinto.
Ella se encontró cambiada, y aun así se mostraba serena. Se palpaba el rostro y parecía aprobar su nuevo aspecto. Yo no salía de mi asombro. Nos quedamos en silencio unos segundos. Sonrió mirando al vacío y dijo Adiós. Ella se fue olvidando el lienzo.
Mis parpados, al abrirse, me devolvieron el aliento. Luego lo mismo: Mi cuerpo levantándose, una ducha tibia, una taza de café y el reloj colmándome de apuro.
.
Última edición: