Ladime Volcán
Poeta que considera el portal su segunda casa
En cada vientre que soñé tanto
En cada piedra que yo lancé
Dejé una estrofa de este canto,
dejé enredada mi propia red
En cada espada que he compartido
En cada rincón de mi placer
Dejé el sentido por fallecido,
y acalambrado el ritmo de otra piel
En cada rublo que hoy quebranto
En cada gota, de mí bebida sed
Dejé la razón en mil pedazos,
emparamada de mí querer
En cada lágrima amordazada
En cada lágrima que vi nacer
Dejé la vida y la mirada calva,
de tanto enseñarle a otro, lo que yo nunca aprenderé
En cada ritmo que bailó mi llanto
En cada opera que yo escuché
Dejé el suspiro recé a mi santo
Dije te quiero y después soñé
Con cada piedra que he tropezado,
me devolví, y de vuelta, la tropecé
Quería enseñarle, que tengo un callo,
que me protege de su desdén
En cada riña que oscureció mi palco,
escupí tres perlas, y me lancé,
desde el punto intimo de lo más alto
Y siempre de pie yo aterricé
-aunque no miento, quizá exagero,
y caí de nalgas más de una vez-
Y en cada noche que cerré mis ojos,
en esta vida que llevo, yo repasé
Y conté los hijos, ¡los conté todos!
y miles de manos necesité.
Amar la vida amar los niños,
fue lo mejor de lo que amé
Y nunca hubo, noche sin manos
Y siempre, un hijo más, agregué también
En cada piedra que yo lancé
Dejé una estrofa de este canto,
dejé enredada mi propia red
En cada espada que he compartido
En cada rincón de mi placer
Dejé el sentido por fallecido,
y acalambrado el ritmo de otra piel
En cada rublo que hoy quebranto
En cada gota, de mí bebida sed
Dejé la razón en mil pedazos,
emparamada de mí querer
En cada lágrima amordazada
En cada lágrima que vi nacer
Dejé la vida y la mirada calva,
de tanto enseñarle a otro, lo que yo nunca aprenderé
En cada ritmo que bailó mi llanto
En cada opera que yo escuché
Dejé el suspiro recé a mi santo
Dije te quiero y después soñé
Con cada piedra que he tropezado,
me devolví, y de vuelta, la tropecé
Quería enseñarle, que tengo un callo,
que me protege de su desdén
En cada riña que oscureció mi palco,
escupí tres perlas, y me lancé,
desde el punto intimo de lo más alto
Y siempre de pie yo aterricé
-aunque no miento, quizá exagero,
y caí de nalgas más de una vez-
Y en cada noche que cerré mis ojos,
en esta vida que llevo, yo repasé
Y conté los hijos, ¡los conté todos!
y miles de manos necesité.
Amar la vida amar los niños,
fue lo mejor de lo que amé
Y nunca hubo, noche sin manos
Y siempre, un hijo más, agregué también
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