MarcosR
Poeta que considera el portal su segunda casa
Salgo a la calle.
Las ventanas olvidan
los saberes pasados.
No hay nada que nos una,
salvo la desconfianza.
La mezquindad es la reina
de este tiempo de espejos.
Los abrazos prohibidos,
heridos de sospecha.
Son el camino ancho
en que sus fieles marchan
afilando sus flechas.
El viento de la muerte
les apaga los ojos.
Y no hay luz que despierte
a los muertos andantes.
La verdad desquiciada
ha cambiado de mano.
Y el signo de los tiempos
se derrite en las sombras.
Ya no hay horas que salven
al pasado virtuoso.
En jaulas de hormigón
ha nacido la muerte.
Y en la sala de espera
de un futuro de hermanos,
la esperanza agoniza,
y el gozo desespera,
famélico, humillado.
La soledad despierta,
ojerosa,
los amargos rincones
de un alma traicionada,
y las caretas caen,
absortas,
y ahí se quedan,
mirando al mundo
desde la derrota,
abandonadas.
Salgo a la calle.
No hay nadie que rescate
esta mano extendida.
Estos dedos helados.
Esta mirada rota.
Este latido último.
Las ventanas olvidan
los saberes pasados.
No hay nada que nos una,
salvo la desconfianza.
La mezquindad es la reina
de este tiempo de espejos.
Los abrazos prohibidos,
heridos de sospecha.
Son el camino ancho
en que sus fieles marchan
afilando sus flechas.
El viento de la muerte
les apaga los ojos.
Y no hay luz que despierte
a los muertos andantes.
La verdad desquiciada
ha cambiado de mano.
Y el signo de los tiempos
se derrite en las sombras.
Ya no hay horas que salven
al pasado virtuoso.
En jaulas de hormigón
ha nacido la muerte.
Y en la sala de espera
de un futuro de hermanos,
la esperanza agoniza,
y el gozo desespera,
famélico, humillado.
La soledad despierta,
ojerosa,
los amargos rincones
de un alma traicionada,
y las caretas caen,
absortas,
y ahí se quedan,
mirando al mundo
desde la derrota,
abandonadas.
Salgo a la calle.
No hay nadie que rescate
esta mano extendida.
Estos dedos helados.
Esta mirada rota.
Este latido último.
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