Estoy.
Estaré.
Y me encontrarás
caminando
despacio,
tranquila,
mi camino.
No vengo a salvarte.
Salvarte no es quererte.
Pero si un día decides alzarte,
queriéndote con el alma aceptada,
la salvación te pertenece.
Porque quererte,
quererte de verdad,
es salvarte.
Y si aún no puedes amanecer,
si aún el peso te doblega,
también está bien.
Yo no corro.
No empujo.
Solo soy.
Y dejo sembradas mis huellas
en la tierra blanda
para que el camino te espere
si tú decides caminarlo.
Ese poco de nada
me ha regalado mucho de todo.
Y desde el pico de todo
he visto el alma llorar
y, en esas lágrimas,
crecer la rama
que sube hacia el cielo
como enredadera sagrada.
He entendido mi pequeñez,
mi necesidad de acurrucarme,
porque la incubación del huevo
no puede apresurarse.
Cada ser tiene su tiempo.
Y la materia se hace arte
cuando el destino maniobra su fin
y todas las piezas se unen.
Como la cúpula secreta de las mariposas,
efímera en su duración,
pero inmensa en lo que deja:
una danza,
una vibración,
un eco que no muere.
Y si el amor es de ese,
del bueno,
del que solo da bueno,
nadie escapa a su luz.
Porque es pegamento de almas,
porque trepa,
se enrosca,
y florece.
En el fango y en el aire.
Raíz y tronco.
Lágrima y fuego.
El amor verdadero no se impone.
No se deforma en necesidad.
No mendiga.
No exige.
Pero duele si no se entiende.
Y resplandece si se comprende.
Libre en su esencia.
Brillante en su verdad.
Fuerte como el grito
que rompe la noche
y abre paso a la aurora.
Y si alguna vez mi luz
te envuelve
y tú quieres
y puedes
alzarte…
yo estaré ahí.
Sin haberme ido.
Porque el amor que se entrega
no se evapora,
ni se olvida.
Y siempre deja huellas
que saben guiar
20/05)2025
©Dikia
Estaré.
Y me encontrarás
caminando
despacio,
tranquila,
mi camino.
No vengo a salvarte.
Salvarte no es quererte.
Pero si un día decides alzarte,
queriéndote con el alma aceptada,
la salvación te pertenece.
Porque quererte,
quererte de verdad,
es salvarte.
Y si aún no puedes amanecer,
si aún el peso te doblega,
también está bien.
Yo no corro.
No empujo.
Solo soy.
Y dejo sembradas mis huellas
en la tierra blanda
para que el camino te espere
si tú decides caminarlo.
Ese poco de nada
me ha regalado mucho de todo.
Y desde el pico de todo
he visto el alma llorar
y, en esas lágrimas,
crecer la rama
que sube hacia el cielo
como enredadera sagrada.
He entendido mi pequeñez,
mi necesidad de acurrucarme,
porque la incubación del huevo
no puede apresurarse.
Cada ser tiene su tiempo.
Y la materia se hace arte
cuando el destino maniobra su fin
y todas las piezas se unen.
Como la cúpula secreta de las mariposas,
efímera en su duración,
pero inmensa en lo que deja:
una danza,
una vibración,
un eco que no muere.
Y si el amor es de ese,
del bueno,
del que solo da bueno,
nadie escapa a su luz.
Porque es pegamento de almas,
porque trepa,
se enrosca,
y florece.
En el fango y en el aire.
Raíz y tronco.
Lágrima y fuego.
El amor verdadero no se impone.
No se deforma en necesidad.
No mendiga.
No exige.
Pero duele si no se entiende.
Y resplandece si se comprende.
Libre en su esencia.
Brillante en su verdad.
Fuerte como el grito
que rompe la noche
y abre paso a la aurora.
Y si alguna vez mi luz
te envuelve
y tú quieres
y puedes
alzarte…
yo estaré ahí.
Sin haberme ido.
Porque el amor que se entrega
no se evapora,
ni se olvida.
Y siempre deja huellas
que saben guiar
20/05)2025
©Dikia