PANYU DAMAC
Poeta asiduo al portal
Solos tus campos sirven de base a los pilares que sostienen el cielo.
Yo también te he visto mientras miras a lo alto sin que puedas verme,
sin necesidad de esconderme;
basta el silencio, y el sigilo
que envuelve giro a giro con papel de cebollas cada momento,
te dejan la pulpa de experiencia que luego
he de cortar para aliñar algún inesperado sentimiento.
Y si hay amor, acaso podrá salvarnos de la tragedia,
de carne al sol, cubiertos de frío,
sin otro parentesco que el encontrarnos vivos.
Luna de sábado, de domingo, luna de lunes, de martes.
Luna nueva que resbala tus pupilas, que trepa tus rodillas,
que cierne tus cosquillas...
Dame tú la luna como un dulce, que es un dulce en tu boca la luna.
Dame un lunar, prométeme uno por favor,
y alunizaré en tu espalda,
alucinaré en los pliegues desiertos de tu cuello.
Seré el primero en poner huella sobre ese corazón
por tantos meteoros de fuego golpeado,
en caminar flotando sin otro peso aparente que saberme entero
Allá quedó lo que fuera mundo a mi oficio de remendador de versos, exacerbado de paraísos donde no pude hallarte dos veces,
cercado por las leyes de los hombres,
y corroído de tanto prometerse al tiempo.
Serena escarcha de la que parte el alba,
llevándose hasta el último brote de frío.
Tu boca es un crisol donde se funde el verbo,
tu afecto es perfume fino enfrascado en un abrazo.
Benigna distracción en la que se desperdician mis ojos,
vuelvo a ver en la profusa luz de los tuyos
nubes de agua que apagarán mi hoguera,
saltos de alegría que extinguirán esta tristeza.
Yo también te he visto mientras miras a lo alto sin que puedas verme,
sin necesidad de esconderme;
basta el silencio, y el sigilo
que envuelve giro a giro con papel de cebollas cada momento,
te dejan la pulpa de experiencia que luego
he de cortar para aliñar algún inesperado sentimiento.
Y si hay amor, acaso podrá salvarnos de la tragedia,
de carne al sol, cubiertos de frío,
sin otro parentesco que el encontrarnos vivos.
Luna de sábado, de domingo, luna de lunes, de martes.
Luna nueva que resbala tus pupilas, que trepa tus rodillas,
que cierne tus cosquillas...
Dame tú la luna como un dulce, que es un dulce en tu boca la luna.
Dame un lunar, prométeme uno por favor,
y alunizaré en tu espalda,
alucinaré en los pliegues desiertos de tu cuello.
Seré el primero en poner huella sobre ese corazón
por tantos meteoros de fuego golpeado,
en caminar flotando sin otro peso aparente que saberme entero
Allá quedó lo que fuera mundo a mi oficio de remendador de versos, exacerbado de paraísos donde no pude hallarte dos veces,
cercado por las leyes de los hombres,
y corroído de tanto prometerse al tiempo.
Serena escarcha de la que parte el alba,
llevándose hasta el último brote de frío.
Tu boca es un crisol donde se funde el verbo,
tu afecto es perfume fino enfrascado en un abrazo.
Benigna distracción en la que se desperdician mis ojos,
vuelvo a ver en la profusa luz de los tuyos
nubes de agua que apagarán mi hoguera,
saltos de alegría que extinguirán esta tristeza.