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San Ernesto de La Higuera

hnoboa

Poeta recién llegado
Una flor y un rezo,
de las manos marchitas y de los labios secos
de una anciana campesina
de algún caserío de Vallegrande,
llegan a brindar
-desde muy lejos-
su último tributo a San Ernesto de La Higuera.

Al fondo se oyen cánticos cristianos
mentan al Dios de los pobres, al Dios humilde y sincero.
La cerca,
alrededor del Hospital Japonés de Santa Cruz de la Sierra,
donde se reconocen los restos de los combatientes inmolados,
se llena de carteles escritos a mano,
de coronas multicolores,
de flores, de afiches, de incienso.
No hay un solo minuto en el que los jóvenes catequistas…
y los universitarios y las colegialas…
y las mujeres del pueblo,
del campo y de los barrios de Santa Cruz…
y los niños betuneros…
y los viejos nostálgicos que todavía tienen fe en el sueño del Che,
dejen solo en sus últimos días de tránsito
por tierras bolivianas
a este hombre universal,
porque, como dijo Tito Solari,
el Obispo Auxiliar de Santa Cruz:
"Si he entendido la figura del Che,
diría que fue un gran hombre,
de grandes ideales...
Encontró un momento histórico,
se involucró en la revolución…
y tuvo el valor de dar su vida para seguir coherente".

Ese valor, esa consecuencia y tozudez,
hicieron a los enemigos de la razón y de la magia,
cometer el error de ejecutarlo
allá en la escuela de La Higuera
aquella mañana de octubre de 1967.
Pero en lugar de desaparecerlo,
solo consiguieron elevarlo
a la vida eterna de la resurrección simbólica,
extendieron sin quererlo… como una hoguera,
su ejemplo por Latinoamérica,
por ciudades y pueblos,
por llanuras y montañas.
Y su leyenda…
cruzó los mares,
impregnó las conciencias europeas, africanas y asiáticas,
y penetró incluso al corazón del imperio,
carcomiéndole sus entrañas.

Al contrario,
en sus verdugos que nunca más pudieron descansar en paz
entró la maldición,
"la maldición del Che"...
convertida en pequeña bendición de los pueblos.

Con el Che,
cayeron en la Higuera
entre el 8 y el 9 de octubre del 67
otros tres combatientes cubanos:
Antonio, Arturo y Pacho;
Aniceto y Willy de Bolivia
y el Chino guerrillero peruano.
Otros cayeron entre agosto y octubre
en Vado del Yeso, El Churo, La Higuera y Cajones,
entre ellos, una de las dos mujeres guerrilleras,
la argentina Laura Martínez... Tania,
una de las mujeres símbolo
de las combatientes revolucionarias
de América Latina en el siglo XX.

Pero, con sus muertes, el cielo se engalanó…
se llenó de himnos y banderas,
la figura del Che se transformó en el rostro de la dignidad,
nunca más podrán arrancarla de nosotros,
el Che ya forma parte de los altares de santos
en las humildes casas de los campesinos de Vallegrande en Bolivia,
y por ello, hoy, el recuerdo de su asunción,
no pasa, no puede pasar desapercibido para los pueblos del mundo.

El Che fue, realmente, casi un ser de otro mundo,
un animal de Galaxias -como diría Silvio Rodríguez-
un ser extraordinario,
que en sus 39 años pareció vivir un centenar,
no desmayó jamás en sus difíciles empresas
a pesar de sus crisis asmáticas
que parecieron muchas veces dejarlo fuera de combate,
allá en sus viajes juveniles
junto a su gran amigo Alberto Granado,
hermanando y aprendiendo
entre indios, campesinos, obreros y leprosos,
en las planicies desérticas de Iquique,
en las majestuosidades,
cultural de Machu Pichu y natural del río Amazonas,
allá con la causa de Guatemala,
en Sierra Maestra y en El Congo,
o al comenzar su última Odisea
en marzo del 67 en Ñancahuazú.

Por ello es que,
cuando después de disfrutar
del triunfo de la Revolución Cubana,
después de haberse jugado en la isla de la libertad
con la dirección de importantes procesos.
Después de dar sus aportes
para la construcción de la economía socialista.
Después de haber formado su familia chica
-porque su gran familia siempre fue la humanidad-
con su compañera Aleida y sus cinco hijos
Hilda, Aleida, Camilo, Celia y Ernesto,
en un período de aparente calma de 6 años.
Después de ello…
prefirió y tuvo el valor de abandonarlo todo,
para ir a crear un segundo y un tercer Vietnam heroico,
dando a entender,
como lo hizo en su célebre carta a Fidel en 1965,
que mantenía -como no podía ser de otra manera-
su unidad de principios con la revolución cubana,
su hermandad con Fidel
y los demás combatientes y constructores cubanos,
los de la zafra, los de la música y la cultura,
los que empuñan el fusil para defender la isla,
los de la escuela, la salud y la reforma agraria,
pero que continuaba en el proyecto de extender la lucha
a los tres continentes oprimidos,
porque "los pueblos no lograrán su libertad sin combatir".

Hoy su pensamiento y ejemplo vivos,
se constituyen
en un permanente reto para nuestras conciencias,
y para las de los más jóvenes
que no tuvieron la suerte
de sentir más cerca la emoción de su lucha.

Que no nos venza el cansancio,
mientras no reinen en la tierra,
¡la igualdad, la libertad y la fraternidad!
¡en honor al Che!
 
Última edición:
Una flor y un rezo,
de las manos marchitas y de los labios secos
de una anciana campesina
de algún caserío de Vallegrande,
llegan a brindar
-desde muy lejos-
su último tributo a San Ernesto de La Higuera.

Al fondo se oyen cánticos cristianos
mentan al Dios de los pobres, al Dios humilde y sincero.
La cerca,
alrededor del Hospital Japonés de Santa Cruz de la Sierra,
donde se reconocen los restos de los combatientes inmolados,
se llena de carteles escritos a mano,
de coronas multicolores,
de flores, de afiches, de incienso.
No hay un solo minuto en el que los jóvenes catequistas…
y los universitarios y las colegialas…
y las mujeres del pueblo,
del campo y de los barrios de Santa Cruz…
y los niños betuneros…
y los viejos nostálgicos que todavía tienen fe en el sueño del Che,
dejen solo en sus últimos días de tránsito
por tierras bolivianas
a este hombre universal,
porque, como dijo Tito Solari,
el Obispo Auxiliar de Santa Cruz:
"Si he entendido la figura del Che,
diría que fue un gran hombre,
de grandes ideales...
Encontró un momento histórico,
se involucró en la revolución…
y tuvo el valor de dar su vida para seguir coherente".

Ese valor, esa consecuencia y tozudez,
hicieron a los enemigos de la razón y de la magia,
cometer el error de ejecutarlo
allá en la escuela de La Higuera
aquella mañana de octubre de 1967.
Pero en lugar de desaparecerlo,
solo consiguieron elevarlo
a la vida eterna de la resurrección simbólica,
extendieron sin quererlo… como una hoguera,
su ejemplo por Latinoamérica,
por ciudades y pueblos,
por llanuras y montañas.
Y su leyenda…
cruzó los mares,
impregnó las conciencias europeas, africanas y asiáticas,
y penetró incluso al corazón del imperio,
carcomiéndole sus entrañas.

Al contrario,
en sus verdugos que nunca más pudieron descansar en paz
entró la maldición,
"la maldición del Che"...
convertida en pequeña bendición de los pueblos.

Con el Che,
cayeron en la Higuera
entre el 8 y el 9 de octubre del 67
otros tres combatientes cubanos:
Antonio, Arturo y Pacho;
Aniceto y Willy de Bolivia
y el Chino guerrillero peruano.
Otros cayeron entre agosto y octubre
en Vado del Yeso, El Churo, La Higuera y Cajones,
entre ellos, una de las dos mujeres guerrilleras,
la argentina Laura Martínez... Tania,
una de las mujeres símbolo
de las combatientes revolucionarias
de América Latina en el siglo XX.

Pero, con sus muertes, el cielo se engalanó…
se llenó de himnos y banderas,
la figura del Che se transformó en el rostro de la dignidad,
nunca más podrán arrancarla de nosotros,
el Che ya forma parte de los altares de santos
en las humildes casas de los campesinos de Vallegrande en Bolivia,
y por ello, hoy, el recuerdo de su asunción,
no pasa, no puede pasar desapercibido para los pueblos del mundo.

El Che fue, realmente, casi un ser de otro mundo,
un animal de Galaxias -como diría Silvio Rodríguez-
un ser extraordinario,
que en sus 39 años pareció vivir un centenar,
no desmayó jamás en sus difíciles empresas
a pesar de sus crisis asmáticas
que parecieron muchas veces dejarlo fuera de combate,
allá en sus viajes juveniles
junto a su gran amigo Alberto Granado,
hermanando y aprendiendo
entre indios, campesinos, obreros y leprosos,
en las planicies desérticas de Iquique,
en las majestuosidades,
cultural de Machu Pichu y natural del río Amazonas,
allá con la causa de Guatemala,
en Sierra Maestra y en El Congo,
o al comenzar su última Odisea
en marzo del 67 en Ñancahuazú.

Por ello es que,
cuando después de disfrutar
del triunfo de la Revolución Cubana,
después de haberse jugado en la isla de la libertad
con la dirección de importantes procesos.
Después de dar sus aportes
para la construcción de la economía socialista.
Después de haber formado su familia chica
-porque su gran familia siempre fue la humanidad-
con su compañera Aleida y sus cinco hijos
Hilda, Aleida, Camilo, Celia y Ernesto,
en un período de aparente calma de 6 años.
Después de ello…
prefirió y tuvo el valor de abandonarlo todo,
para ir a crear un segundo y un tercer Vietnam heroico,
dando a entender,
como lo hizo en su célebre carta a Fidel en 1965,
que mantenía -como no podía ser de otra manera-
su unidad de principios con la revolución cubana,
su hermandad con Fidel
y los demás combatientes y constructores cubanos,
los de la zafra, los de la música y la cultura,
los que empuñan el fusil para defender la isla,
los de la escuela, la salud y la reforma agraria,
pero que continuaba en el proyecto de extender la lucha
a los tres continentes oprimidos,
porque "los pueblos no lograrán su libertad sin combatir".

Hoy su pensamiento y ejemplo vivos,
se constituyen
en un permanente reto para nuestras conciencias,
y para las de los más jóvenes
que no tuvieron la suerte
de sentir más cerca la emoción de su lucha.

Que no nos venza el cansancio,
mientras no reinen en la tierra,
¡la igualdad, la libertad y la fraternidad!
¡en honor al Che!

Hnoboa
Sabemos que el Che seguirá siempre vivo porque "nadie muere mientras se lo recuerde" su nombre y sus ideales siempre estarán presentes en todos los lugares donde existan corazones que luchen por la igualdad, fraternidad y libertad. En tus versos he encontrado en letras grandes la historia de Ernesto "Che" Guevara
y su ejecución cercana a "Valle grande"...creo que es una poesía magnífica.
Te felicito y dejo estrellas y saludos
Ana
 

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