Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Está ahí. Si volteas a ver a los cerros mientras vas por la autopista, lo ves. Es un insignificante grupo de luces hablando a las miradas al entrar la noche. Es más fácil verlo de noche que de día. De día se pierde entre la escala áridos del paisaje. Necesitas detenerte al lado de la autopista y fijar la vista para buscar distinguir entre tantas manchas amarillentas, alguna más rojiza que otra, quizá un techo de ladrillos, o el destello fugaz de un rayo de sol en alguna ventana, o en un parabrisas.
Ahí está. Vivo aún. Inexplicablemente vivo, ahora que todo esto parece estarse muriendo o volviendo fantasmal. Por eso te digo que se distingue mejor por la noche, igual que los fantasmas.
En San Juan de los Magueyes vive el polvo. Anda de aquí para allá como fantasma diurno. Vienen los vientos y lo levantan, como si diera unos cuantos pasos, y luego lo abandona de nuevo a su suerte.
El polvo es paciente, sabe esperar. Se queda ahí, bajo las ramas de los pinos secos y sobre las piedras del camino. Luego charlan entre ellos. La piedra dice que ésto es como el paraíso: duerme y duerme, y sobre su cuerpo solo pasan las víboras. Acostadas ahí, con todo el tiempo para mirar las nubes en el día y los luceros por la noche.
El polvo es más inquieto, más soñador. Alguien le contó el cuento del polvo que camina, a lo mejor fue el viento, y desde entonces espera todos los alientos, espera ése que ha de volverlo polvo con viva y con muerte.
La piedras dicen que el polvo está loco. Los escuchan meditar en voz alta sus sueños y se ríen.
Ahí en San Juan no hay agua, tampoco hay río cercano. Hay un pozo que se niega a morir y a veces logra parir algún espejo de agua. Lo hace por la noche. Mientras los pocos hombres que viven por ahí, duermen o mueren un rato.
En la vida todos deben hallar algún placer, el pozo disfruta cuando la luna se asoma por su brocal, es como un amorío: pasan la noche amancebados y lamiéndose a besos.
Hay mucho polvo en San Juan de los Magueyes, mucha piedra.
Vienen los vientos y por ahí se echan un sueño. Luego cantan. Se disfrazan de fantasma, y su ulular asusta a los verdaderos fantasmas, ésos que están esperando alguna voz que vuelva por estos rumbos para pronunciar un rezo, o al menos a invocarlos como un recuerdo; de qué otra forma si no es como recuerdo, vuelven a la vida los fantasmas.
Está ahí, vuelto mancha, vuelto lejanía, vuelto misteriosa luz vespertina, llena de sus vacíos inmensos y esas pocas nostalgias que nacieron en su seno, sin raíces profundas. Vuelve tu mirada un instante hacia allí para que no se muera el suspiro en la indiferencia. Ahí nacieron hombres, mujeres, niños, y alguna vez hubo fiestas y cantos. Y aunque ahora casi es puro polvo, no hay que perder la esperanza, es un polvo que sueña tener vida y está dispuesto a pagar todos lo precios que se tienen que pagar para ser hombre.
Ahí está. Vivo aún. Inexplicablemente vivo, ahora que todo esto parece estarse muriendo o volviendo fantasmal. Por eso te digo que se distingue mejor por la noche, igual que los fantasmas.
En San Juan de los Magueyes vive el polvo. Anda de aquí para allá como fantasma diurno. Vienen los vientos y lo levantan, como si diera unos cuantos pasos, y luego lo abandona de nuevo a su suerte.
El polvo es paciente, sabe esperar. Se queda ahí, bajo las ramas de los pinos secos y sobre las piedras del camino. Luego charlan entre ellos. La piedra dice que ésto es como el paraíso: duerme y duerme, y sobre su cuerpo solo pasan las víboras. Acostadas ahí, con todo el tiempo para mirar las nubes en el día y los luceros por la noche.
El polvo es más inquieto, más soñador. Alguien le contó el cuento del polvo que camina, a lo mejor fue el viento, y desde entonces espera todos los alientos, espera ése que ha de volverlo polvo con viva y con muerte.
La piedras dicen que el polvo está loco. Los escuchan meditar en voz alta sus sueños y se ríen.
Ahí en San Juan no hay agua, tampoco hay río cercano. Hay un pozo que se niega a morir y a veces logra parir algún espejo de agua. Lo hace por la noche. Mientras los pocos hombres que viven por ahí, duermen o mueren un rato.
En la vida todos deben hallar algún placer, el pozo disfruta cuando la luna se asoma por su brocal, es como un amorío: pasan la noche amancebados y lamiéndose a besos.
Hay mucho polvo en San Juan de los Magueyes, mucha piedra.
Vienen los vientos y por ahí se echan un sueño. Luego cantan. Se disfrazan de fantasma, y su ulular asusta a los verdaderos fantasmas, ésos que están esperando alguna voz que vuelva por estos rumbos para pronunciar un rezo, o al menos a invocarlos como un recuerdo; de qué otra forma si no es como recuerdo, vuelven a la vida los fantasmas.
Está ahí, vuelto mancha, vuelto lejanía, vuelto misteriosa luz vespertina, llena de sus vacíos inmensos y esas pocas nostalgias que nacieron en su seno, sin raíces profundas. Vuelve tu mirada un instante hacia allí para que no se muera el suspiro en la indiferencia. Ahí nacieron hombres, mujeres, niños, y alguna vez hubo fiestas y cantos. Y aunque ahora casi es puro polvo, no hay que perder la esperanza, es un polvo que sueña tener vida y está dispuesto a pagar todos lo precios que se tienen que pagar para ser hombre.
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