Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Ahí, donde la casualidad no es acertijo,
me encontraste, te encontré, nos encontramos:
era de piedra mi clamor ensimismado,
era de estrella la gracia de tu nombre transitorio.
Éramos las voces del ahora o siempre
traspasadas por la misma flecha lanzada al viento
por el ignoto cazador del bosque de los faros.
Aún tempranos para entrar en nuestros rostros,
pero ya igualados con la balanza puesta en sombra,
pero ya desplegados como un punto final
que renegó de su axioma para estallar un multiverso,
nos reconocimos en el azur y en lo rampante
de nuestro blasón enaltecido de columpios y azoteas.
Qué monolito de arder y qué silencio ardiendo.
Qué sol de decir y qué hoguera de estar diciendo.
Sepultado en la tierra de mis uñas,
caminé en mi voz hasta alcanzar la cima de la higuera.
Sangre Hermana, se han caído las gafas de mis casi ojos
y ya no encontré mis manos para levantarlas.
No te abarcabas con los abrazos de las fuentes,
pero meciste un resplandor y al fin pude notar
cómo las cosas se escribían y giraban en tus dedos.
Espejo Hermano, tu cáscara de incendio
cae en su fuga como las estatuas
y yo voy a mi retrato que me busca sin abrir los ojos.
Toma al ruiseñor por donde tañe el pez su espiga
y escóndelo en tu frente con el rayo,
corta el crisantemo del arcángel que de ahí brote
y haz el anatema al pie del ídolo
para que su sombra lo robe y borre su epitafio.
Ya son poniente las cenizas en ese glauco acontecer de olas
con que abres las ventanas de hacer la suerte y los prados.
Ya digo yo el relámpago sin imitar al tronco hendido
en mi danza aquiescente de pavesas que sonríen al extinguirse.
Ya fluimos en la sangrespejo que nos conecta sin verternos,
tu singularidad y mi mismidad en sintonía con lo que se abre,
habitantes de lo que nos habita, eternos imaginantes.
me encontraste, te encontré, nos encontramos:
era de piedra mi clamor ensimismado,
era de estrella la gracia de tu nombre transitorio.
Éramos las voces del ahora o siempre
traspasadas por la misma flecha lanzada al viento
por el ignoto cazador del bosque de los faros.
Aún tempranos para entrar en nuestros rostros,
pero ya igualados con la balanza puesta en sombra,
pero ya desplegados como un punto final
que renegó de su axioma para estallar un multiverso,
nos reconocimos en el azur y en lo rampante
de nuestro blasón enaltecido de columpios y azoteas.
Qué monolito de arder y qué silencio ardiendo.
Qué sol de decir y qué hoguera de estar diciendo.
Sepultado en la tierra de mis uñas,
caminé en mi voz hasta alcanzar la cima de la higuera.
Sangre Hermana, se han caído las gafas de mis casi ojos
y ya no encontré mis manos para levantarlas.
No te abarcabas con los abrazos de las fuentes,
pero meciste un resplandor y al fin pude notar
cómo las cosas se escribían y giraban en tus dedos.
Espejo Hermano, tu cáscara de incendio
cae en su fuga como las estatuas
y yo voy a mi retrato que me busca sin abrir los ojos.
Toma al ruiseñor por donde tañe el pez su espiga
y escóndelo en tu frente con el rayo,
corta el crisantemo del arcángel que de ahí brote
y haz el anatema al pie del ídolo
para que su sombra lo robe y borre su epitafio.
Ya son poniente las cenizas en ese glauco acontecer de olas
con que abres las ventanas de hacer la suerte y los prados.
Ya digo yo el relámpago sin imitar al tronco hendido
en mi danza aquiescente de pavesas que sonríen al extinguirse.
Ya fluimos en la sangrespejo que nos conecta sin verternos,
tu singularidad y mi mismidad en sintonía con lo que se abre,
habitantes de lo que nos habita, eternos imaginantes.
2 de septiembre de 2020
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