VIII
Era, en lo profano (¡qué palabra!—pensaba Juan—), como la Virgen de las Espadas, a la Dolorosa. En vigor, todo el amor cristiano era así: amor doloroso, amor de luto, amor de lágrimas.
Leopoldo Alas “Clarín”, El Señor.
Antes de que pudieran sus padres despertar, aún la luna partida por la mitad alumbraba a la amante que, como un gato solitario, habría de salir huyendo de los tejados, fugitiva, así Carmen se despedía de su amor besándola y riéndose y que aún estaba hipnotizada en los brazos del Amor.
Ya fuera, paseaba por las calles, sin tráficos, silenciosas, salvo por algún sonámbulo coche que con su pasear parecía gritar a ésta que debía despertar, que no había llegado a casa y quedaba camino. No había tiempo; sólo existían los recuerdos inminentes; se abatía un eterno melancolismo en tonalidad de blues. No pensaba ni en sí misma; recordaba a Sara con una sonrisa, o mordiéndose los labios intentando evitar el orgasmo, o en el momento en que la miraba esperando que viniera el ascensor con el que huir de aquella guarida de dracos.
No quería que se fueran esos momentos; que fuera un eterno mito que pudieran conmemorar, haciéndolo cuanto tiempo pudieran; que los tiempos se confundieran y no hubiera presente o pasado; que los sentimientos se escucharan en sus corazones y en los de todos de una manera que hasta la misma conciencia también se confundiera. Que no muriera, que siguiera en otro apartado del teatro pagano; que lo representaran en otro lugar y tiempo pero fuera al fin y al cabo lo mismo. Que el coro cantara, junto a una orquesta de blues y jazz, sonidos de envoltura parecidos a los que se podrían imaginar en el Gran Gatsby. Que…, al pensar en amor, se pensara en una historia parecida a la suya.
La ciudad estaba muda, expectante por ver qué hacía, cómo volvía la enamorada; ella no se percataba de esa mudez, del solitario replicar de la naturaleza nocturna que podía haber en Valladolid; ni tampoco de los pocos que, como ella, volvían a casa y parecían estar en el mismo mundo pero no lo estaban, pues convivían en distintas dimensiones, y sólo las moles de cemento, las luces de las farolas, el triste empedrado, los coches con su rampante deslizar y los asfaltos por los que iban, los permitían compartir, y los cobijaban, en un mismo cosmos. ¡Qué soledad se podía sentir, y qué “sentida” por aquel sitio “se sentía”! Parecía que la tocara, que la dijera: cuéntame tu historia… Pero nadie la oía; todos aquellos eran seres mudos y sordos que la observaban como los espectadores del cine y que, por ejemplo, en un deseo por avisar al protagonista de algo que va a suceder, gritan nerviosos sin haberse percatado de que no vale para nada.
Cuando llegó a casa, nadie podía oírla, ni nada se oía; sólo un silencio intrigante habitaba, o eso parecía, pues imaginaba que sus padres dormían en su habitación, su padre seguramente roncando como un descocido. Intentó hacer el menor ruido posible, con la delicadeza que sólo una mujer podría tener, bello y perfecto, de una técnica que parecía que la hubiera practicado siempre.
Se echó en la cama y casi no pudo ni desvestirse. Continuó pensando. Continuó soñando. No podía quitársela de la cabeza; quizás la había hipnotizada, llegó a pensar seriamente. Podía comprender ese ronroneo de su corazón, que maullaba en esa chica que a veces tenía algo de gata solitaria; detrás de ese instinto de felino, había un corazón que llegaba a enamorarse. Estaba tocada. No podía dormir, ni tampoco quitarse la ropa; estaba paralizada; se notaba como ida del propio mundo humano y a la vez aún, por su tacto primeramente, se “sentía” en él. Y suspirando, sonrió por lo “atontada” que se encontrada, “por lo colada” que se encontraba, y por esa “monada beata”.
Finalmente se levantó, mientras las primeras luces de la mañana, muy secamente, alumbraban, a la vez que las cortinas cortaban estas luces y las esparcían, y quedaba la habitación como en un nido de gamas de colores anaranjados y blanquecinos. La luz, al quitarse la ropa Carmen, iba de un sitio a otro de su piel, marcando ésta, como si fuera buscando algo. Lo único que no se retiró fue los calcetines. Tuvo la loca idea de dormir así.
A esa hora soplaba la típica flojera que te deja la piel gritando que te resguardes con algo; pero ella no parecía oírla ni padecía sus llantos. Seguía sumida en esa nebulosa. Y cuando estuvo en la cama, con las suaves sábanas acariciando como si lo hiciera su amante, así se sintió, excitándose con esa sensación, de estar con ella. Y el calor de las sabanas. Y el roce de nuevo. Y la mano que bajaba, intentando contentar ese deseo. Y el movimiento de sus dedos, ya no la dejaron evitar retroceder en aquello. Penetrando. Escarbando, como hacía en su mente buscando a Sara, o como si lo hiciera sobre el cuerpo de ella.
No pudo evitar sentir cómo en su cuerpo prorrumpía esa sensación que se fusionaba como un elemento nuclear; se corrió lívidamente en una descarga eléctrica, la cual la fulminó. Entonces, interrumpiendo mayores rayos solares desde la ventana, anunciando un nuevo día que nacía ya definitivamente para no irse, sus ojos cansados cayeron en los dominios de Morfeo, amoroso y pacificador tal que su cuerpo no sintió ninguna mala sensación.
Y repitieron aquella escena varias veces, sobre todo de noche; pero también lo empezaron a hacer de día, cuando pensaban que no estaban sus padres; y cada vez que lo hacían, se confiaban más, y les importaba menos que pudieran verlas. Sara no había pensado, en esos ratos, qué pasaría si sus padres las descubrían. Ni tampoco en las repercusiones. Y muchos menos en sus miedos más interiores, en su religión. En realidad, se había relajado. Ni siquiera aquel poema tan pagano le había importado; lo iba aceptando porque necesitaba de esa chica, Carmen, pensara como pensara —pues además sus pensamientos eran valiosos para ella ahora: porque eran de ella, principalmente—. Y para Carmen los de Sara igual. Carmen sabía que detrás de esos sentimientos egoístas que tenía también, había caridad, justicia, amor… Amor. A Carmen, enamorada, cualquier manifestación de éste en ella misma la provocaba una turbación, una sensación que nunca había conseguido salir de su alma y que ahora la volvía loca literalmente (según pensaba la misma Carmen). El mundo idealista del amor.
Cada vez las sesiones informales de sexo eran más frecuentes, pues, y también su intensidad. Alguna vecina cotilla ya había hecho algún chismorreo sobre si algún chico se “veía” con la chica rara de los de al lado. Nadie, todavía, se había coscado de la presencia totalmente femenina de las “visitas”. Y que los orgasmos salían habitualmente por partida doble. Aunque, claro, además de que sus dos voces a coro podían sonar igual, seguramente alguno podría pensar en fantasías…
Pero tampoco eran tan estruendosas como para llamar mucho la atención; que se hubieran descuidado con el tiempo, no significaba que hubieran hecho patente de corso para abordar de cualquier manera los barcos enemigos…
Sara se había vuelto más suelta en todos los sentidos. Estaba segura. Follar con Carmen y hacerlo como si la fuera la vida en ella, era parte de aquel amor; amar como se ama; follar como se ama y se desea. Y punto y final. Aquella cosa que se levantaba por el impulso del corazón o por la cabeza (da igual), en forma de imágenes de ella, o en el mismo brillo de sus ojos; era uno de esos amores de niña que piensa que el amor es una cosa que se juega como se juega con las muñecas.
Aún no sabían de sus amistades, salvo Carmen de los amigos de Sara de la universidad, pues Carmen había sido más reservada, de una forma muy irónica por otro lado, lo cual había hecho tanto con sus amistades como con sus asuntos más profundos, que había ocultado en su cajón de su mismo cuerpo. Tampoco habían tenido una verdadera relación de pareja, con sus compromisos, con todas esas cosas que unen de la misma manera que unen los estúpidos símbolos de un estado, los cuales dan su lógica a la gente, porque son estúpidos sí, ilógicos, pero dan prueba y fe de lo que se valora. Recuerdos e historia, muchas veces. Tiempo. Y compromisos, no amor a hurtadillas. Ideas sobre qué era aquello, sobre qué pensaban hacer a la hora del té precisamente no; sobre qué harían y qué harían juntas. Cosas tontas, sí… Pero en esta vida hasta las tonterías tienen su valor. Y en sus cabezas no existían. No querían percatarse. Era aún un juego, un juego que avanzaba pero refrenándose sin entrar en la estación. Dar la vuelta y volver adonde se había llegado infinitamente.
Un día la cosa empezó a cambiar, sobre todo por Sara. Más bien, la cosa cambió en Sara.
Fue con algo banal. Su padre en la mesa y hablando de no sé qué, de repente salió el tema. “Desviada”. “Bollera”. “Ésas, que estaban ahí morreándose…”.
Su padre no estaba del todo indignando, sino sarcástico. “Eso tiene que ser por algo que las pasa, que no las han educado o algo así”, fue por el tema de lo pedagógico, muy interesado además, su padre. Y su madre, entonces, siguió con un: “¡Ay, yo no sé! Sara, anda que si de repente nos dices que tú te besas con alguna chica, ¡vamos!”. Y Sara no dijo nada. Sara tenía ganas de hacer algo, como gritar, y su mano se tensaba pensando en qué traición era ésa. Y pensó en Carmen y que la quería. Pero ellos siguieron, sin que ella pudiera hablar.
A veces el silencio es peor que la mentira.
Su padre la dijo a su mujer: “Creo que hemos intimidado a la niña”. “Yo —soltó aun así—, si soy su padre, la llevó a que me la miren, que eso no puede ser bueno; eso es una enfermedad —hizo buen juicio el señor—“. La madre no pudo, en cambio, expresar lo que la parecía, con ese deje de buena cristiana que tiene este tipo de burguesía hispana.
Mientras el padre seguía, se crecía y subía el tono, como en un orador político. Era todo un gran espectáculo de ver. Sara seguía cohibida. El
pater familias tenía toda la autoridad, no podía contradecirlo, pero… ¡Pero! ¡Pero…! ¡Quería gritarle! ¡Me chupa el conejo una desviada y me corro de gusto! Pero se contenía e imaginaba en que si no estaría un poco… Y cada vez que arremetían uno de ellos se volvía un caos mental para ella.
El padre la veía un poco lívida, pero continuaba con su perorata sobre los matrimonios homosexuales, la poca moralidad… No parecía un hombre ya de razón como se le veía con el periódico, con su ABC, con la Razón, o el Norte a veces; no se parecía a aquél que su hija era su ojito derecho; no se parecía al padre que le decía, incluso jocoso, sobre ese chico o aquel otro, y que desde que ella sabía lo de “su enfermedad” lo contestaba que “bueno…”, y su padre la reprochaba que fuera tan hermética, que tampoco era un carcamal, que las chicas también tenían sus “cosas”, como los chicos, y que eso no lo prohíbe ni Dios ni la Iglesia. No, ella lo temía y odiaba, como sabía todo aquello que había visto en él y lo tenía aprecio, de aquel hombre… que era su padre. Aquel hombre que ahora la despreciaba.
No podía soportarlo. Lo cortó con un “Papa, no te pases; yo tengo… una amiga que es… lesbiana”, que sonó casi de súplica y de algo más profundo que no comprendían tanto el padre como la madre. Su padre, en ese instante, sorprendido, no supo qué decir. Pero, luego, tuvo curiosidad; quiso saber más; cómo es que su hija se alineaba con gente así.
Ella le contó que había una amiga reciente que la había “ayudado mucho” y era un encanto y que la había aceptado a pesar de que era, como decía él, una “desviada; ella era sobre todo una persona, una chica que no se la notaba sus diferencias, que era alguien normal. Eso de normal, claro, en el esquema paterno, chocaba. De ser otra persona había dudado, pero en su hija beata no, no en su ojito derecho. Su ojito derecho debía de tener un motivo. Y la preguntó con un “pelín de obscenidad” si no la había intentado tirar los tratos: “¿Y ninguna vez te ha dicho que si querías, vamos que si que querías tener lo que fuera con ella?”.
- No, papa… —respiró hondo y lo expulsó por la boca con dolor—. Es una chica que quiere a otra mujer. Una mujer que desea a otra mujer. Se quieren. Se aman. Como yo u otra cualquiera. El amor no es cosa de sexo. Bueno —reflexionó, además de por su doble ambivalencia—, algo tiene que ver el sexo. Una mujer no lo hace igual que un hombre, digo yo…
- Pues claro —soltó muy hilarante el padre—. No tienen lo que un hombre… Se inventarán sus… artimañas —especuló con una gracia que su hija hizo poder volver a ver al padre que quería. Incluso lascivo, cosa que a veces era, pero guardando ciertas formas; aunque alguna vez, muy dada vez era verdad, le salía eso del “macho ibérico” y berreaba como todo varón…
- No, si alguna vez me ha contado. Tenemos intimidad y… Es divertido. Yo… —dejo marcada su diferencia Sara— la he dejado claro que no me gustan, que yo soy católica y que me parece… Yo la acepto, porque no soy quién. No creo que amar, amarse así o de la otra, no sé…
- Es antinatura —soltó la madre un poco escandalizada—, hija.
- Sí, ya… —razonó el padre—, pero en parte es verdad que si esa chica es una buena chica, la culpa no es suya. Quizás su amor está
equivocado, o sí, a lo mejor hay un
amor… —empezó a dudar, dándole la razón a su hija, porque su hija… Si su hija tenía una amiga lesbiana y era
buena gente,
casi cristiana, habría que dudar, hombre de Dios—. No somos quiénes, lo decía el papa hace poco. No lo saben los propios curas —se cuestionó de la manera propia del hispano, que a veces incluso cuestiona a los hombres a los que hay que respetar con la máxima latina de la ley—. Si hasta dicen de si las mujeres se hacen curas… O se casan los curas… ¡Dios!, no sé, el mundo está loco.
- Bah —banalizó la mujer—, las cosas siguen igual. Las cosas siempre fueron así —le expuso a su marido—. A mí mi padre, cuando me decía que había milicianas que incluso… Yo… Eso era degeneración. Me contaba cada cosa. Era rojo el hombre, aunque luego pues se volvió un hombre decente, pero no se me olvidará que lo decía con una cara, ¡qué cara! Mi padre era muy…
- Sí, si el hombre era del, ¿cómo se llamaba?, el POUM. Tenía un carnet y todo —informó el padre.
- ¿Pero el abuelo le parecía mal? —preguntó Sara.
- Bueno, al abuelo le parecía… No sé, porque tu abuelo era muy eso. No lo aceptaba pero en esa época… Como ésta. Aunque es verdad que de dinero estamos ni mucho menos, moralmente yo pienso que peor. Todo con ZP y el guerracivilismo que decían en la tele.
- En Intereconomía el otro día —puntualizaba el padre.
Sus padres siguieron, alarmados por el mundo, y Sara no sabía qué sentir. Ni siquiera ya sabía qué pensar.
Su abuela era alguien muy importante, y por ende el abuelo, claro estaba. Aquella cruz que tenía colgada era de ella, un recuerdo de su muerte; la echaba de menos, sobre todo porque se sentía culpable: cuando murió estaba en la naciente adolescencia y los sentimientos eran un remolino y había intentado “mantenerse al margen” de ese sentimiento de dolor familiar de su madre, pero en lo más profundo la había marcado su muerte. En realidad, no podía olvidar esa sombra; no la había olvidado en su momento, como para hacerlo después, con su cabeza más “madura”.
A su abuelo no lo había conocido mucho, pero era una sombra que la sonaba al hombre más justo, más perfecto, más idílico del mundo. Aunque, los hombres tenemos luces y sombras. Puedes iluminar las sombras como si fueran luminosas, pero también hay cosas que no queremos más que dejar en las mismas oscuridades de donde salieron. Como sus deseos “contranatura” Sara.
Por un momento, se imaginó que todas esas inmundicias eran parte de la familia, por el abuelo. ¿Acaso en esa familia también, tan benigna y piadosa, había ovejas descarriadas?
Durante esos días y durante ese periodo de “desvío” había intentado evitar el confesionario o había sido parca con sus pecados, ligera, olvidando “pecadillos”. No sabía siquiera qué le diría el párroco de esa comunidad de gente decente y de clase media. Era un párroco no como esos rígidos que dan un terror infinito, al revés, sino que daba confianza, pero… no. No la iba a decir que eso estaba bien; mas, al contrario, la cuestionaría su relación e intentaría redimirla. Y ella no quería. Ya no.
Su corazón, encerrada en su habitación, esperando respuesta desde el otro lado, de Carmen diciéndola que si podían verse, tenía ganas, unas ganas irreprimibles, de ir a confesarse. Como tenía ganas de gritarle a su padre groserías, como quería saber si no se equivocaba. Y era una cobarde y lo sabía, y se empequeñecía; se enredaba en sí misma y se abrazaba como una niña, en estado casi fetal, en su cama. Cobarde. Estúpida. Una niña.
Recordó su infancia. Y empezó a aparecer delante de sus ojos la casa de su abuela, como en microfilms de películas antiguas, con el mismo sabor a sepia de las fotos de éstas.
Aún era una niña cuyos ojos oscuros brillaban y habitaba la vida como si detrás de lo que se viera pudiera esconderse,
más allá, un secreto mayor, ¡como en ese cristianismo con su Cristo en la cruz y sus mensajes curativos para el alma! Esa casa de madera crujía como si crujieran almas y vidas, historias que quisieran ser recordadas —aunque la casa no era tan vieja: como mucho, de tiempos de la posguerra— como quizás la de su abuelo y su abuela, todas ellas enjauladas como las sombras que danzaban con ella, en un festival por la vida, entre la luz de la tarde y las oscuridades que la luz no podía iluminar, con el mismo efecto que en un templo del románico.
Luego, esa niña corría hasta la habitación de los invitados, donde todo estaba poblado por un polvo que se asemejaba a miles de luciérnagas diurnas, que se concentraban con la luz de la tarde, y una ventana al poniente, que dejaba entrar esa luz misteriosa; después, iba a la vieja alcoba de su madre, que ya no quedaba más que un pequeño recuerdo de fotos que no interesaba a la pequeña Sara, y lo que le gustaba era poder dormir en aquella cama que tenía aspecto de la de una torre de castillo no se sabe muy bien por qué; y cuando entraba, finalmente, en la alcoba de su abuela y estaba en la cama porque necesitaba descansar, ella arrastraba los pies con la lentitud con la que un siervo del Señor tendría con un ser del otro lado. “Hija, ven”, la decía cariñosamente su abuela. Y con ella iba con alegría y corriendo.
Había dos camas separadas y un crucifijo en el medio, sombrío y sobrio como toda la habitación. Podía percatarse de la soledad, de aquella sensación de que la cama de al lado sobraba pero, a la vez, no sobraba, que era una falta dolorosa, y la cual se llevaba con el pesar y ayuda del “Altísimo”. Con el poder del Señor, poderosísimo, admirado y temido como inalcanzable. Había una sensación de pureza, dolor y amor a la vez que no podría dejar en el futuro de sentir.
Aquel recuerdo la ató a un ataque de sentimentalidad. Se percataba de la maravilla de ese mundo olvidado, infantil, y cómo se “había corrompido” y complicado; de cómo ya nada quedaba apenas nada de él; de que allí era todo tan fácil, o eso parecía, como en los sueños que, tan livianos y extravagantes teníamos, podían cumplirse en esa época.
Los sueños ya no eran más que bálsamos, pero se asemejaban un poco, míseramente, a algunos sentimientos, a las pulsiones que se la salían del pecho a veces. Era una melancolía desarraigada. Como si esa flor que había en ella, o algunos creían ver, la hubieran arrancado a cuajo.
¿Cómo habían marcados esos primeros pasos por la vida a esa Sara? ¿Cómo había influido para hacerse en Sara actual los hechos de la Sara de antaño, que era y no era a la vez esa Sara? ¿Acaso no era ya otro fantasma más esa Sara infantil de esa casa de su abuela? ¿Y acaso esa “falsa” Sara hacía a esa otra Sara? Su abuela y ella. Aquella cruz.
Cogió la cruz. Dolor y amor. Sufrimiento y cielo. ¿Qué maldita dialéctica era ésa? ¿Se podía amar con dolor? Sí; y seguramente, para Sara, quizás el único amor era éste: el amor doloroso. Esos amores sin dolor no podían ser; no existían; se volvían mierda. ¿Acaso su amor no era una cosa falsa, de puro derroche, de pura lascivia? Pero… algo gritaba en su corazón. Una pequeña cosa resonaba.
Las palabras de su abuela hablándola del amor. Sus primeros “conocimientos” sobre él. Ella, que no sabía nada de eso, que aún era una niña de ojos oscuros sin pecado.
Estaba su abuela con una foto enmarcada de un hombre joven, afeitado y bien trajeado, que tenía algo “raro” en la forma de éste, algo que la hacía destacar. La abuela la miraba de manera diferente. Era el abuelo. Sus ojos lo echaban de menos, gritaban como si expulsaran el deseo de querer volver a aquellos instantes que simbolizaba aquella imagen, y sabían que el tiempo transcurre sin que nosotros podamos decirle: “Pare, que aquí me bajo”. No, pasaba sin pedir permiso. E iba llevándose todo eso. Todo nacía y moría de nuevo, como las estaciones, como las personas… Ahí estaba la niña Sara que miraba preguntándose qué significa aquello además de, posiblemente, por el abuelo.
- Sara, el amor es el amor; no hay nada que lo pare; no hay normas —resonaron esas reglas, esas
mores, más que los temores, como
palabras sacras, de la Biblia misma. Y luego intentó escuchar lo que continuaba—. Es el mismo amor que Jesús, su Luz: Él nos ama a todos. Lo único, es que ese amor se expresa en su mayor pureza en quien más amamos nosotros —Era todo muy dulce, demasiado; sonaba demasiado a cuento.
Aún tenían esa estúpida belleza que tienen los recuerdos y el paso de tiempo, un tiempo perfecto e idílico. De la misma manera, posiblemente, como la Edad Media o la antigüedad para los románticos —la época clásica la infancia; la Edad Media la adolescencia—. Aún tenía una gran belleza en su pensamiento; se puso a llorar por esas amables palabras, idílicas, que deseaba que fueran ciertas. Pero no. El amor era una cosa más complicada. Pero sonaba bonito. Claro que podía sonar bonito. Y podía tener su verdad,
su propio significado.
A pesar de todo, la llamó Carmen y ella acudió a ella. Era su ángel.
Al verla, entre las sábanas y los fluidos sexuales, el sudor y su propia piel (viendo
más allá de ella como la decía), creyó reconocerla como su abuela la había dicho: ese
amor del que hablaba. E imaginó la foto de su abuelo, y cómo la miraba su abuela.
Otra vez lo habían hecho. ¿Pecado? No. No podía serlo.
Luego se quedó dormida sin poderlo evitar. Estaba rendida de aquel esfuerzo. Las dos habían tenido unas enormes ganas, y se habían quemado en ello. Carmen al principio no se durmió, sino que pensando que la dejaría dormir y luego la despertaría, estuvo despierta aunque como anarcotizada después del sexo. Tenía pensado que ya era hora que Sara conociera a sus amigas, y que debía presentárselas. Quizás… fuera difícil, pues eran muy diferentes a ella. Por cómo eran ellas, tenía algo de miedo; pero la daba igual.
El sol de la tarde despuntaba con su rasante, toqueteando todos los muebles de la habitación, como en un extasis primaveral. Pensó que era la época en que todas las semillas del invierno y todo lo que se marchitó en el otoño, nacía de nuevo, con sus flores, el polen, su dulce néctar para las abejas, aquel candor de que todo va a nacer. Pensó en ese cuadro de Botichelli del nacimiento de la primavera. Pensó en que la
natura como el amor u otras miles de cosas, actúan sobre nosotros sin que casi nos demos cuenta. Evolucionan. Cambian. Se transforman. Se reproducen y mueren. Aunque ellas, dudaba de si pudieran reproducirse... Y la importaba, sí. ¿Cómo no la iba a importar? Pero quizás lo bonito de la vida no fuera tanto eso; aunque sí, lo tenía; y aun así, ¿y qué importaba? ¿Tener hijos y luego verlos sufrir? Ella lo había visto. Ella había tenido mucha suerte, y lo sabía y la había marcado. Tenía bien firmada en su cabeza que era de las Delicias, con sus más y sus menos. Que la vida es puta y es mejor que sea un disfrute, no un dolor.
Después de esas últimas reflexiones combativas, de soldada revolucionaria, se fue quedando sumida en el sueño y se dejó caer, creyendo que se despertaría… Pero no fue así. Se quedó soñando.
Fue Sara la primera en despertar y darse cuenta que se tenían que vestir y que se tenía que ir ya mismo Carmen. No la podían ver.
La metía prisas, pero Carmen no podía ir tan rápida como ella quería; y Sara la gritaba enmudeciéndose, casi enloquecida que iba a explotar. Cuando se había puesto la parte de arriba, se dio cuenta de que la faltaba “lo de abajo”. Lo habían dejado, con el calentón, en mitad del pasillo. Fue corriendo hacia la puerta y la abrió.
Los padres de Sara acababan de venir de visita a unos amigos; volvían más pronto porque estaban más aburridos que una ostra y sintiéndose fuera de lugar. Estaban cabreados. Al ver que la puerta no estaba cerrada con llave, supieron al instante que Sara estaría en casa y se alegraron porque querían ir los tres de cena por ahí; así, además, se quitaban de aquella escenita tan grotesca… Al pasar dentro se encontraron a Carmen, sorprendida, recogiendo una muda interior. Ella entró a la habitación al instante, pero la puerta dejó verlo todo. Sara aún estaba medio vestida, totalmente descuidada, como si se tratase de esos retratos de brujas malignas. Aquella escena les dejó sin hablar a los dos padres: una imagen de terrible pecado, fue lo que creyeron ver, casi alucinados, en unos solos momentos. Fotos rápidas de un loco fotógrafo en éxtasis pagano.
Cuando Sara los vio, sintió que se caía del cielo de nuevo, pero no para bien; que pronto se abrirían las fauces del Tártaro, después de comérsela, digerirla y volverla a componer el cancerbero, y la torturarían los seres infernales por todo aquello que había hecho mal. Como debía ser, como les gustaba en realidad a esos pecadores.
La madre se echó a gritar que qué coño hacían ahí. El padre y Carmen estaban en silencio. Sara no sabía qué decir, balbuceaba. Mientras se intentaban entender madre e hija, Carmen se vistió, pasó su mano sobre ella y como si no existiera se fue, pasando de los gritos de la madre y del padre, que pasó al lado suyo y sólo supo mirarla como condenándola de todo pero sin reprochárselo, cobardemente.
Todo fue muy rápido. Sara acabó diciendo cosas que a la madre la provocó palabras que nunca había oído, de puro odio y que la sabían a puñales. Era la verdad, y la verdad se tornaba como un puñal que la agujereaba en el pecho, como una enfermera buscando vena y hurga porque no encuentra. Luego, se encerró en su habitación. Fuera, su madre se preguntaba qué era lo que habían hecho mal, si parecía tan…, y el padre intentaba consolarla con que no se podía hacer otra: era así el mundo, lleno de gentuza que descarriaba a gente incluso como su niña. La dijo que aquello ya era de tiempo atrás, porque esa “amiga lesbiana” seguro que era ésta. Y que lo que pasaba es que habían sido siempre muy blandos y no se podía ser buenos… Buscaban una excusa. Una razón para ello, que les exculpara de algo que, además, tenían por algo terriblemente maligno.
Sara se pasó en su cama todo el tiempo, en una vigilia terrible. Oía las voces, fuera, como aullidos de lobos que la decían que iba a suceder lo inevitable. Las oía y las temía. Se apretaba a sí misma, con un miedo que nunca había sentido y quería no tener pero que la destrozaba la cabeza. No lloraba, intentando ser valiente, pero hubiera querido apenarse un poco por sí misma. Pero los lobos, que antes habían sido unos amables padres, hablaban, muy alto además para que los oyera, con el sonido de una condena.
Sus padres no cesaron de discutir qué harían, saciando su rabia a gritos que, por su delicadeza de pequeña burguesía, no eran gritos en sí mismo; intentaban aparentar incluso en esa situación “límite”, desesperada. Su madre era de enviarla a algún sitio, para “esas gente”, pero el padre creía que exageraba. Fue éste el que primero gritó como un poseso, pero con la delicadeza ya digo de querer aparentar, y finalmente se sosegó, sobre todo por el amor por su antiguo ojito derecho, ya desecho y defraudado, e intentaba, a pesar de estar tan contrariado, calmar a la madre. Para ellos, había un ser repugnante o algo así, o eso hubiera parecido, en la habitación que antes era de su hija. De repente, como en un relato kafkiano, había surgido una cucaracha, o mejor dicho un ser volador que podría en principio ser hermoso pero que era de contornos asquerosos, en el cuerpo de lo que había sido su hija, encubada en ese sitio ahora corrupto que era “el altar de su hija”.
A la hora de la cena, el padre fue hasta su habitación, llamó y la dijo que la cena estaba servida, fríamente, como si aquello fuera una pensión. Ella lo miró como si ya no fuese su padre, sino a otro animal del bosque. Recordaba, en ese momento, todas las enseñanzas animales. Por dentro se rio cínicamente, pensando que quizás Darwin tenía razón, y que en los seres humanos había más de animal de lo que pensaba y nada de lo angelical o corrupto de lo que decían las Escrituras. Simplemente, animales. Y claro, ella había ido por un lado vedado a la naturaleza, ¿o no? Quizás también hubiera lobas bolleras. Pero ese oscuro pensamiento se lo guardó mientras lo miraba a él, con cierta ira ya, pues le daba asco aquello. Ya no era la que daba asco, le daba asco todo el mundo; todos, descubrió de pronto, eran seres execrables, como había barruntado mucho tiempo atrás, antes de descubrir “su lado oscuro”, lésbico.
Sus movimientos eran lentos y suaves, como si verdaderamente llevara las alas de algún ser nocturno volador. Podía ser una lechuza, por cómo se organizaban éstas; pero ante los ojos de los demás, sus padres en este caso, debía ser algún tipo, por ejemplo, de mariposa siniestra, con sabor a relato zafoniano. Primero giró su cuerpo, que la pesaba, como le habría pesado a Samsa, y se puso recta; luego flexionó sus piernas para levantarse y se irguió lentamente; y ya de píe como un homínido, su padre se fue de su vista y la dejó en mitad de la habitación, a oscuras como si hubiera alguien con migrañas, unas terribles migrañas.
Siguió a su padre, por el pasillo; se seguía sintiendo en aquel estado de limbo, de narcotismo; sus movimientos no parecían de ella misma, sino de otra, otra que hubiera ocupado su cuerpo. Como si fuera un hechizo de una bruja, una posesión, algo por el estilo. Pero no. Lo sabía; aun así, la realidad la parecía tan pronta a desaparecer; algo así a como dicen que están los fantasmas, era como se notaba. Y el tiempo iba igual de lento, de mortal. Si no fuera que allí no había relojes, sonaría uno fuerte marcando sus minutos últimos de vida, con ese dramatismo siniestro, a lo Poe, de negritud criminal, muerte predestinada como en el Drama griego.
La cocina tenía ya a su zoo: su madre y su padre, sentados igual que siempre, en sus mismos sitios, esperándola. Estaban callados y mirándola. La miraban como a un bicho: “¿¡Y vosotros!?”, se preguntaba. Para Sara ellos sí que tenían bastante de eso, por odiarla por ello. Ahora todo aquello que había sido, que había pensado, era tan asqueroso… ¡Qué asco tremendo! “Si hay Dios, ha de ser justo”, recordó Sara. Menos mal, pensaba. Porque ellos eran como los romanos; ellos la juzgaban; ellos iban a decirla que eso que era, era
antinatura como decía su madre. Todo eso, lo sabía. Era como el fusil sobre la cabeza. Oía el ruido del fusilamiento en su cabeza. Sabía que después de eso moriría, y habría otra vida o no habría nada. Pero que todo cambiaría.
Fue entonces cuando tomó asiento y sintió el peso de la culpa (no la suya, la que la imponían sobre sus espaldas), silenciosa como la del que va a morir. Todavía nadie la habló. Se miraron y comieron. Su madre hipaba o eso parecía, como si fuera a llorar. A Sara la parecía de una hipocresía impresionante y, en su corazón encarcelado, la tenía un odio terrible, pero la rompía el corazón… ¿Quizás era el complejo éste, el de las adolescentes, como el de la Sirenita? De niña odiaba esa película, y la seguía odiando, pero de niña le encantaban las películas de dibujos, que las veía junto a su madre. Y, por eso mismo, volvió a su infancia y vio a su madre y aquella niña que fue…
Su padre ni siquiera la miraba, y si en un solo momento cruzaban miradas por algún motivo, ella notaba la furibunda ira del
pater. Él era el que tenía que proveer el bien de su comunidad, su casa, su familia.
Habiendo dado confianza en quien más amaba, le había traicionado. Pero ella no había traicionado a nadie. Ella era como era. Punto.
Al acabar, y dejar los cubierto sobre el planto, notó su mirada, recriminadora. Ella se la devolvió, con calma, sin esa ira que se contenía sobre el rostro hierático, como el de una estatua clásica, su padre.
- ¿Así que además de estar con una de ésas, te la traes a casa para
eso…? ¿Así que eres otra de
ellas? —preguntó inquisidor, sin decir los términos, como un oxímoron.
Se quedó callada, pensando, mirando el plato. No sabía qué decir, pero quería, quería decir algo: tenía la rabia para soltárselo, pero algo la contenía. Siempre tan exaltados, diciendo lo que pensaban, pero a la hora de la verdad, calladitos, bien calladitos.
- ¿No dices nada? —arremetió el padre.
- Sí; Carmen es mi novia. Y… estábamos… haciendo el amor.
- ¿Así lo llamas? —se preguntó retóricamente, descontento; pero ya no había ira en su voz sino desdén, y sobre todo, cansancio al ver que era cierto y su disgusto lo destrozaba.
- Sí, así lo llamo; y es que la quiero. La quiero; me ha costado admitirlo mucho tiempo, pero la quiero y no me arrepiento.
- ¿Y no te arrepientes? —se rio cínicamente, ahora sí enfadado, volviendo a reunir la ira que antes había retenido. Tenía la osadía de decir encima que no se arrepentía— ¡Vaya, ser una
desviada te parece bien!
- ¡No estoy desviada ni nada por el estilo! —le contestó irritada, como endemoniada (o eso les pareció).
- ¡¿Cómo puedes ser así?! Decir eso… —la recriminó su madre, que hasta entonces había estado callada y ahora lloraba—. Nosotros no te educamos así —Sólo la faltaba el qué hemos hecho nosotros—. No sé… —Ahí iba—. ¿Qué te ha pasado?
- Que me he enamorado, mamá —sonrió, feliz; era feliz diciéndolo como una tonta. Parecía de un relato romántico, y eso la hizo reírse cínicamente por dentro—. Y eso no es pecado. Por eso no me arrepiento. Ella me quiero, yo la quiero… Y no creo que a Dios le parezca malo.
- ¡Pero, ¿cómo —se la entrecortaba la voz a la madre, alarmada por todas esas blasfemias diabólicas, en la boca de su hija, la única, la que tenían como oro en paño— te atreves a decir eso?! —La madre ya no podía más, y con la mano en la frente y cabizbaja se fue al salón, a tomar un cigarro; hacía tiempo que no fumaba, desde que su marido y ella se casaron y tuvieron a Sara, y sobre todo desde que había tenido cáncer y ya sí que tuvo que olvidarse totalmente; pero ya no podía más; necesitaba tanto esa sensación de relajación que da la nicotina que la dio igual: ¡Que me muera ya!, se decía por dentro, en el tono melodramático de una señora burguesa de clase media.
El padre se quedó quieto totalmente mientras su mujer se iba al salón.
- No lo entiendo; no lo entiendo —repitió una y una vez más, con más ira pero sosegada, con esa ira que se tiene al hado, al mal hado—. ¿Dónde está mi niña? No te reconozco hija —la reclamó.
- Soy yo, papá; sigo siendo la misma, pero gustándome las mujeres. Soy yo pero siendo como soy. Como cuando tú te pones como un bruto y dices que cómo es que no nos han educado a las desviadas. Sí, ése, el mismo que su hija es lo que es y la han educado. Porque no es cosa de educación; porque, por mucho que nos educen, seremos quienes somos.
Su padre estaba llorando. La costó verlo, pero lagrimeaba. Las venas de su brazo podían vérselas como si hubieran pasado un rayos X. Podía ver el sentimiento de rabia. Ya no había esa hipocresía. Y la dolía y se sentía, no asqueada consigo misma, pero… Como antes la daba asco, no tanto ya así, sino que lo que
hiciera que las cosas fueran como fueran, era lo que la daban asco. ¿La Condición Humana? ¿Por qué tenía esos matices, que de pronto era hermosa, otras veces asquerosa?
- Papá —siguió, intentando ser entendida por él—, yo la quiero. Nunca había sido tan feliz como con ella —Sara también estaba empezando a llorar; y se sentía liberalizada por ella, como escapándosela todo las execraciones suyas—. No la voy a dejar. La quiero. Y no lo puedo evitar. No voy a ser algo que no soy; eso lo he sido hasta ahora, y sí que me da asco. Más de una vez me has hablado de las mentiras, y lo malas que son. Pues yo soy sincera —le dijo muy seriamente.
- Vivirás en mi casa, pero no quiero verla aquí —la contestó el padre—. No quiero saber nada de…
- Vale —aceptó Sara.
- Ya no eres una niña… —reflexionó el padre—. Ha pasado el tiempo y… No sé por qué Dios… —balbuceó, casi a la manera de alguien con problemas mentales.
Sara se volvió a su habitación, a la vez aliviada como rota, como si algo se hubiera roto por dentro.
Sí, ya no era una niña. Y aquel mundo de adultos parecía tan turbio y algo así como un mar en el que navegamos siempre, probablemente a lo Ulises. Y ahora había encontrado Ítaca, pero nadie la reconocía; no era no más que Nadie, como ése que había hecho frente al hijo de Poseidón. Y ese Nadie había desafiado al Rey de los Mares. Como en la sirenita. Ojalá que el castigo fuera suficientemente bueno para ser feliz. Sus fuerzas ya no se encontraban plenas para esa lucha. Se encontraba derrotada, a punto de derrumbarse.
Cuando se echó en la cama, entró en ese sueño profundo de los momentos de pleno dolor. El sueño tenía esas dos facetas, de aliviar el cuerpo pero que, a pesar de ello, la sique por dentro se encontraba mal e irritaba todos sus músculos; se podía decir que se asemejaba a la tortura de Cristo, y por lo menos así ella, con esa idea en la cabeza, se sentía más “aliviada” por dentro. Porque de alguna manera no estaba sola, porque alguien había estado en su mismo lugar y había sentido lo mismo.
Continuará...