David Martinez Vilches
Amigo de la Poesía Clásica
Ay, Plutón, mira a tu hermano
Júpiter, de mente sabia,
que sabe que a la mujer
si se quiere, algo hay que darla.
Mira que a la bella Dánae,
a quien su padre ocultaba
sola, con una sirvienta
en una torre muy alta,
Júpiter, con gran astucia,
su cuerpo de dios trocaba
en una lluvia de oro
para con ello agradarla.
Y con Leda se hizo ave
de éstas que son harto blancas,
un cisne fino y hermoso
de pulcritud y elegancia.
Cambió con Europa a toro,
con Ganímedes a águila,
y para ganarse a Alcmena
por su esposo se pasaba.
Curioso lo de Calisto,
porque el dios se disfrazaba
para conquistar a ésta
de su misma hija Dïana.
Mas tú, tacaño del Hades
a Proserpina la raptas
y con muy poco la obsequias:
seis semillas de granada.
Ya podías estirarte,
dios de la mano cerrada,
que la pobre Proserpina
mejor con su madre estaba.
Júpiter, de mente sabia,
que sabe que a la mujer
si se quiere, algo hay que darla.
Mira que a la bella Dánae,
a quien su padre ocultaba
sola, con una sirvienta
en una torre muy alta,
Júpiter, con gran astucia,
su cuerpo de dios trocaba
en una lluvia de oro
para con ello agradarla.
Y con Leda se hizo ave
de éstas que son harto blancas,
un cisne fino y hermoso
de pulcritud y elegancia.
Cambió con Europa a toro,
con Ganímedes a águila,
y para ganarse a Alcmena
por su esposo se pasaba.
Curioso lo de Calisto,
porque el dios se disfrazaba
para conquistar a ésta
de su misma hija Dïana.
Mas tú, tacaño del Hades
a Proserpina la raptas
y con muy poco la obsequias:
seis semillas de granada.
Ya podías estirarte,
dios de la mano cerrada,
que la pobre Proserpina
mejor con su madre estaba.