Alas de marioneta
Poeta asiduo al portal
Se me despertaron los pies, era madrugada.
Salí sin querer. Salí a la calle. Salí a buscarla
entre las aceras sin sombras y la amapola marchita de una ventana.
Andé el final de una noche, la noche se me acababa,
se me acababan las horas de sueño de tanto soñar que la encontraba.
Doblé una esquina, una tienda estaba levantando su persiana
y sin entrar, compré una rosa. Y al mirar atrás, me pareció verla
solitaria,
andando como si se le hubiesen despertado los pies antes de empezar la mañana,
sin nada más que un paraguas abierto, como si esperara encontrarse con mis lágrimas.
¿Era real?, quizás no. Quizás el deseo jugó a ganar una partida a las damas
donde yo fui la ficha sin casilla y ella el tablero que no estaba,
el espacio entre el blanco y negro de un paso de peatones a la nada,
cruzando de espaldas a la maldita suerte que siempre me da la espalda.
Volví a casa, apagué las luces, intenté volver a la noche para volver a imaginarla
con sus zapatos de tacón alto, con su sonrisa de niña mala,
con sus dedos entre el pelo brillando estrellas en la cama
que un día fue nuestra y ahora es la cuneta dónde aparcar mi vida junto a su almohada
Salí sin querer. Salí a la calle. Salí a buscarla
entre las aceras sin sombras y la amapola marchita de una ventana.
Andé el final de una noche, la noche se me acababa,
se me acababan las horas de sueño de tanto soñar que la encontraba.
Doblé una esquina, una tienda estaba levantando su persiana
y sin entrar, compré una rosa. Y al mirar atrás, me pareció verla
solitaria,
andando como si se le hubiesen despertado los pies antes de empezar la mañana,
sin nada más que un paraguas abierto, como si esperara encontrarse con mis lágrimas.
¿Era real?, quizás no. Quizás el deseo jugó a ganar una partida a las damas
donde yo fui la ficha sin casilla y ella el tablero que no estaba,
el espacio entre el blanco y negro de un paso de peatones a la nada,
cruzando de espaldas a la maldita suerte que siempre me da la espalda.
Volví a casa, apagué las luces, intenté volver a la noche para volver a imaginarla
con sus zapatos de tacón alto, con su sonrisa de niña mala,
con sus dedos entre el pelo brillando estrellas en la cama
que un día fue nuestra y ahora es la cuneta dónde aparcar mi vida junto a su almohada