Jesús B.Rodriguez Saludes
Poeta recién llegado
Siempre se van de rositas…
No sé cómo lo hacen, cómo se las arreglan
para amañar lo evidente con guiños redentores,
falsear la realidad con pasmosa irreverencia,
trocar la mentira en verdad, tirar la piedra
y esconder la mano enseguida, convertir con maestría
el estierco en oro.
Nadie se lo puede explicar, pero es que siempre
se van de rositas.
Siempre se las ingenian para lavar cada culpa
con guantes inmaculados, cada gota de sangre
con un discurso encendido de amor;
el odio disfrazado de nobles pretensiones:
barra libre para matar.
Luego vienen los sermones, las grandes palabras,
la impecable pedagogía.
¿Cómo es posible salirse siempre con la suya?
¿Cómo es posible que no se alce un dedo acusador?
¿Cómo es posible ignorar la orgía incesante
de barbarie y muerte?
Se saben impunes.
Irrevocables.
Ministros plenipotenciarios de Dios.
Nada que pueda hacer quebrantar el monopolio de la violencia,
el poder de transgredir sus propias líneas de fuego,
la frontera indivisible de lo codiciado y lo prohibido.
Siempre se van de rositas…
Siempre se van…
Los que ven y no ven nada.
Los que oyen y nada escuchan.
Los que asienten con los ojos cerrados.
Los que hacen y deshacen.
Los que dejan hacer.
Los que lloran con los dedos cruzados.
Los que ríen de rencor.
Los que callan.
Los que simulan.
Los que alaban el dolor.
Los que nunca pedirán perdón.
Los que piden sin sentir
Los predicadores de milagros y sueños.
Los que se venden al mejor postor.
Los que idolatran a la Bestia.
Los alabarderos.
Los cipayos y
Los que escriben ripios de versos y canciones insulsas
desde el confort de un remoto y
seguro rincón.
Última edición: