BOHEMIOJUBILADO_
Poeta recién llegado
[video=youtube;4xBMEGvPaxg]http://www.youtube.com/watch?v=4xBMEGvPaxg[/video]Se vende
De nuevo la muerte tocó la puerta de la Casa Grande, igual que años atrás cuando se llevó a la vieja. La esperábamos hacía días. Nadie se paró a abrirle la puerta, porque ella no necesita que le abran, se mete por cualquier esquina, por cualquier vidrio roto, por cualquier ventana mal cerrada. Únicamente toca por decencia; y no lo hace desde afuera, conozco su forma de tocar, toca desde adentro. Nos miramos, nadie dijo nada, nada había que decir, simplemente esperar que hiciera su trabajo. El hombre, como siempre, tenía arregladas todas sus cuentas; sus últimas cuentas.
De todos, él era el más tranquilo, el más consiente, el más sereno; sabía que ya lo había entregado todo. Como buen cristiano, de esos que quedan pocos, se le escuchaba decir: que sea lo que Dios quiera, siempre he sido de palabra. Él, esta vida me la prestó y el día que me la pida, sin renegar siquiera, se la devolveré. Contaba con casi ochenta años a cuestas, bien que lo sabía, pero nunca renegó de su vejez; aceptaba con dignidad cada nuevo reto en su camino, dándonos una lección sin pronunciar palabra, enseñándonos con el ejemplo.
Ya me había dado todo en la vida: todo consejo, toda enseñanza, toda caricia, todo abrazo, todo beso, toda risa maliciosa, toda mirada ladina, toda historia suya, grabada en mi memoria, todo paso firme, toda lágrima, todo recuerdo: si, todo estaba dado, y más. Hasta sus bolsillos estaban vacíos, quería partir liviano de equipaje. Se despidió sin decirlo, no quería ser una molestia o una carga. Tenía su dignidad y, aunque, en su momento, a todos nos llevó en sus hombros, quería dar sus últimos pasos sin ayuda.
Lo conocí más que nadie en sus últimos años de existencia y, sé que él, también me conoció como nadie lo ha hecho. Me desnudó su alma y yo ante él hice lo mismo. Fuimos unos cómplices que no requeríamos palabras; mirarnos era suficiente para reírnos con malicia. Me contó de la mujer que lo acompañó por más de cincuenta años y ya en su lecho no dormía, de sus soledades y del frío de sus noches. Me confesó que con cada domingo más pasos debía caminar para llegar hasta la iglesia, que pronto llegaría su turno, que casi todos sus amigos de la infancia eran memoria. Ya todo lo hice, soy un roble viejo, de ramas secas; ya di mis frutos y sembré mis semillas me decía.
Y se murió como los robles viejos: de pie; creo que otra forma mejor no existe, y así lo quiso él. A diario, a Dios se lo pedía, cuando le conversaba, sentado en su sillón de madera y cuero. Si pasaba por su lado, me miraba de soslayo y me decía, con una sonrisa burlona: Me estoy preparando para el examen final mientras leía la Biblia. Cuando me dieron la noticia, aunque la esperaba, dos lágrimas corrieron por mis mejillas: una, de alegría por él, porque él así lo deseaba; la otra, de agradecimiento a Dios, por haberme permitido formar parte de ese ser humano que tantas cosas me enseñó en su existencia, y que plantó en mi madre la semilla de la vida que me permite estar aquí.
Ahora hay un letrero en la puerta de la Casa Grande que dice SE VENDE. Hoy ninguno de nosotros se interesa en esa casa; ya el hombre no vive allí, ni tampoco la vieja. Pero, sólo se venden:el terreno, las baldosas, adobes, rejas, ventanas y puertas; el revoque, el estuco, las mil manos de pintura, interruptores, canillas, plafones, tejas envejecidas por mil soles y mil lluvias, clavos oxidados en sus muros, un timbre y un huequito, debajo de las escalas, donde antes durmió un perro. Si a alguien le interesa, se vende barata; eso sí, en el negocio no entra la historia de la familia, ya está toda repartida. Cada uno de nosotros, en el corazón y el alma, se ha llevado lo suyo, sus recuerdos.
BOHEMIOJUBILADO_
De nuevo la muerte tocó la puerta de la Casa Grande, igual que años atrás cuando se llevó a la vieja. La esperábamos hacía días. Nadie se paró a abrirle la puerta, porque ella no necesita que le abran, se mete por cualquier esquina, por cualquier vidrio roto, por cualquier ventana mal cerrada. Únicamente toca por decencia; y no lo hace desde afuera, conozco su forma de tocar, toca desde adentro. Nos miramos, nadie dijo nada, nada había que decir, simplemente esperar que hiciera su trabajo. El hombre, como siempre, tenía arregladas todas sus cuentas; sus últimas cuentas.
De todos, él era el más tranquilo, el más consiente, el más sereno; sabía que ya lo había entregado todo. Como buen cristiano, de esos que quedan pocos, se le escuchaba decir: que sea lo que Dios quiera, siempre he sido de palabra. Él, esta vida me la prestó y el día que me la pida, sin renegar siquiera, se la devolveré. Contaba con casi ochenta años a cuestas, bien que lo sabía, pero nunca renegó de su vejez; aceptaba con dignidad cada nuevo reto en su camino, dándonos una lección sin pronunciar palabra, enseñándonos con el ejemplo.
Ya me había dado todo en la vida: todo consejo, toda enseñanza, toda caricia, todo abrazo, todo beso, toda risa maliciosa, toda mirada ladina, toda historia suya, grabada en mi memoria, todo paso firme, toda lágrima, todo recuerdo: si, todo estaba dado, y más. Hasta sus bolsillos estaban vacíos, quería partir liviano de equipaje. Se despidió sin decirlo, no quería ser una molestia o una carga. Tenía su dignidad y, aunque, en su momento, a todos nos llevó en sus hombros, quería dar sus últimos pasos sin ayuda.
Lo conocí más que nadie en sus últimos años de existencia y, sé que él, también me conoció como nadie lo ha hecho. Me desnudó su alma y yo ante él hice lo mismo. Fuimos unos cómplices que no requeríamos palabras; mirarnos era suficiente para reírnos con malicia. Me contó de la mujer que lo acompañó por más de cincuenta años y ya en su lecho no dormía, de sus soledades y del frío de sus noches. Me confesó que con cada domingo más pasos debía caminar para llegar hasta la iglesia, que pronto llegaría su turno, que casi todos sus amigos de la infancia eran memoria. Ya todo lo hice, soy un roble viejo, de ramas secas; ya di mis frutos y sembré mis semillas me decía.
Y se murió como los robles viejos: de pie; creo que otra forma mejor no existe, y así lo quiso él. A diario, a Dios se lo pedía, cuando le conversaba, sentado en su sillón de madera y cuero. Si pasaba por su lado, me miraba de soslayo y me decía, con una sonrisa burlona: Me estoy preparando para el examen final mientras leía la Biblia. Cuando me dieron la noticia, aunque la esperaba, dos lágrimas corrieron por mis mejillas: una, de alegría por él, porque él así lo deseaba; la otra, de agradecimiento a Dios, por haberme permitido formar parte de ese ser humano que tantas cosas me enseñó en su existencia, y que plantó en mi madre la semilla de la vida que me permite estar aquí.
Ahora hay un letrero en la puerta de la Casa Grande que dice SE VENDE. Hoy ninguno de nosotros se interesa en esa casa; ya el hombre no vive allí, ni tampoco la vieja. Pero, sólo se venden:el terreno, las baldosas, adobes, rejas, ventanas y puertas; el revoque, el estuco, las mil manos de pintura, interruptores, canillas, plafones, tejas envejecidas por mil soles y mil lluvias, clavos oxidados en sus muros, un timbre y un huequito, debajo de las escalas, donde antes durmió un perro. Si a alguien le interesa, se vende barata; eso sí, en el negocio no entra la historia de la familia, ya está toda repartida. Cada uno de nosotros, en el corazón y el alma, se ha llevado lo suyo, sus recuerdos.
BOHEMIOJUBILADO_