danie
solo un pensamiento...
La selva virgen
no se empalidecía con la mano del hombre,
una túnica verde de frondosidad
seducía con la raíz del bosque exánime.
Yo solo era un invitado nómade,
un fugaz retoño de un ecosistema brioso
que acicalaba el paso del tiempo y su edad.
Tierra fértil y pura de un arcano sentimiento,
oriundo deseo de aire y agua
de pecíolos y follajes raídos,
sexualidad libídine y lasciva,
un río y su caudal que erosionaba
la sal y la arena del manantial.
Yo era el mancebo amante de la ninfa de los bosques,
de la Pachamama ardiente, altramuz blanco
y los atavíos de Argomedo;
el adorador de lapso efímero de la aurora
detrás del zarzal.
Mientras más me adentraba en el bosque
me eclipsaba su luz meridional,
el oxígeno y su esperma
me arropaba junto con el aroma
de flores hipóginas,
muscíneas danzantes,
óvulos y polen de la selva con su matriz de savia rijosa.
En un desliz hipnótico contemple a mi concubina:
la selva vigorosa que a pesar del urbanismo
no se vapuleaba por el manto de la civilización,
selva irrespetuosa y arrogante (eso es lo que más me sedujo)
ante el proceso de humanización;
guerrera de los bajos y húmedos amazonas
que fluctúan las lanzas y sus banderolas
por la contienda sin tregua
de una progresista invasión y su colonización.
Nadie conoce mi devoción más que ella,
tosco y a la vez refinado suelo,
greda y humus de una subterránea cueva
que construye mi lecho en un manto de clorofila genésico;
silente de una alborada ponderosa
que me invita a pernoctar en paz.