JovaQuintero
Poeta recién llegado
Por un momento y en la brutal crudeza de un pensamiento
Vio la expansión de sus propios campos de exterminio.
Partes que lo conformaban, ahora eran
Hechas polvo. Usadas como base para la construcción de nuevos mundos.
Pues bien, Ese nuevo mundo le estallaba en las sienes,
Tenia piernas largas, como si fueran extensiones paralelas de cielos,
Unos labios hipnóticos que dejaban espejismos de perdición.
Creatura adictiva, infame, maligna, tal vez inocente.
Los años no significan nada. Toda la experiencia naufraga absorta ante la mudes que provoca
Un deseo.
Y un deseo lo consume todo.
Sabiendo esto, recordó aquella frase Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo y échalo de ti (Mateo 18:9)
Señor, ya llevo mucho muriendo.
Señor puedo verme con mis ojos aun y aun me duele
Señor, tu sabes que te quiero.
Pronto volvería la noche, como ese manto donde se engendran el néctar fecundo de la inconciencia, la promesa discordante de la muerte que es vida.
Acaricio la base de esa espalda, como si fuera un fuego ardiendo. Se acerco a su cuello tanto que los labios rozaban la suavidad de la piel. Parecía besarle mientras hablaba. Después se alejo. El eco de unos pasos cada vez más fantasmales.
Llevando en los labios la premisa de una noche de utopías
Mientras se aleja sus labios aun repetían la misma frase Señor tú sabes que te quiero.
Vio la expansión de sus propios campos de exterminio.
Partes que lo conformaban, ahora eran
Hechas polvo. Usadas como base para la construcción de nuevos mundos.
Pues bien, Ese nuevo mundo le estallaba en las sienes,
Tenia piernas largas, como si fueran extensiones paralelas de cielos,
Unos labios hipnóticos que dejaban espejismos de perdición.
Creatura adictiva, infame, maligna, tal vez inocente.
Los años no significan nada. Toda la experiencia naufraga absorta ante la mudes que provoca
Un deseo.
Y un deseo lo consume todo.
Sabiendo esto, recordó aquella frase Y si tu ojo te fuere ocasión de caer, sácalo y échalo de ti (Mateo 18:9)
Señor, ya llevo mucho muriendo.
Señor puedo verme con mis ojos aun y aun me duele
Señor, tu sabes que te quiero.
Pronto volvería la noche, como ese manto donde se engendran el néctar fecundo de la inconciencia, la promesa discordante de la muerte que es vida.
Acaricio la base de esa espalda, como si fuera un fuego ardiendo. Se acerco a su cuello tanto que los labios rozaban la suavidad de la piel. Parecía besarle mientras hablaba. Después se alejo. El eco de unos pasos cada vez más fantasmales.
Llevando en los labios la premisa de una noche de utopías
Mientras se aleja sus labios aun repetían la misma frase Señor tú sabes que te quiero.