La raíz del sonámbulo ciprés profundiza en la tierra yerma. Un gemido variopinto hace temblar mi espíritu coloreado por acuarelas que un trasnochado niño pintó con brocha bajo el crepúsculo hiperboreal de las sediciones y las viles matanzas. Entonces me duermo sólo un instante. Para luego despertar con una fuerza inconexa que hace caer hacia el precipicio del pecado mi energía salpicada de tinte mate y rojo. A pesar de todo no me sonrojo. Sino que sigo tozudo al borde del abismo. Ya mi cuerpo yace separado de mi alma y pudriéndose en el ala norte de la gélida perdición. Y es luego, cuando decido lanzarme al vacío insomne vociferando extrañas palabras etéreas, donde no me espera más que la calumnia de un dios sonrojado.
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