susoermida
Poeta recién llegado
Estoy pensando que voy a quererte.
Dejaré entrar en mí esa fiebre
de ofrecerme como un viento
fresco dentro de las calimas de tu alma.
Como una tempestad sin permiso
y sin anales de futuros climas.
Quiero ser el metereólogo
de tu alma y así inclinar
tus calendarios hacia mí.
Quiero ser lo profético de tus futuros
sin normas ni imposiciones.
Dejar lo creciente marchito
de mí para que en ti crezca, temblando.
Sabiendo que el curso de esta infinita
sustancia encontrara en ti
el camino perfecto de lo que acontece
en las guarniciones de mi intención.
Coceré de mí las mejores ropas y seré
ladrón de las tuyas para conformar mi elegancia.
Para que la espuma de mis intenciones
sea el resplandor limpio de estas aguas
que ofrecerte quiero.
La distancia hace intermitente
estas manufacturadas intenciones
e incluso parecen que se diluyen en la intención.
Pero ya llevo demasiado tiempo
con estos pensamientos a vueltas.
En mi se instalan sueños, alas de la memoria
que consideran los presagios como certezas
Que se permanecen siempre que te veo
en mi memoria.
Puede ser, casi seguro, cierto y natural
que mis palabras levanten en ti
las esquinas de la pálida desconfianza
Y que el corazón te vierta inseguridades.
Puede ser. Claro que si, que puede ser.
Pero te entrego los pilares y los volúmenes
de esta soledad de presagios marineros.
Están llenos de saberes del mar. De orígenes
y de naufragios, de intuiciones dormidas
sobre los hombros de la necesidad
y sobre el bogar eterno del amor sin fronteras.
Hasta puede ser que estas palabras escritas
sobre el consentimiento de la poesía consideren
la verdad de lo escrito.
Asumo la importancia e incluso
la vuelta al fracaso de la viceversa de la intención cierta.
Pero están tierras sobre las que sigo creciendo
de forma perpetua e insistente,
ya necesitadas del rápido trabajo agrícola
que entierre mi corazón en el tuyo y,
así acumulándose hagamos edades del amor cierto.
Lamento la distancia. Lamento no poder
hacer una profunda batalla por conquistarte
y que los sonidos de la batalla me llenen
el corazón y me ausenten de fríos y temores.
Dejaré entrar en mí esa fiebre
de ofrecerme como un viento
fresco dentro de las calimas de tu alma.
Como una tempestad sin permiso
y sin anales de futuros climas.
Quiero ser el metereólogo
de tu alma y así inclinar
tus calendarios hacia mí.
Quiero ser lo profético de tus futuros
sin normas ni imposiciones.
Dejar lo creciente marchito
de mí para que en ti crezca, temblando.
Sabiendo que el curso de esta infinita
sustancia encontrara en ti
el camino perfecto de lo que acontece
en las guarniciones de mi intención.
Coceré de mí las mejores ropas y seré
ladrón de las tuyas para conformar mi elegancia.
Para que la espuma de mis intenciones
sea el resplandor limpio de estas aguas
que ofrecerte quiero.
La distancia hace intermitente
estas manufacturadas intenciones
e incluso parecen que se diluyen en la intención.
Pero ya llevo demasiado tiempo
con estos pensamientos a vueltas.
En mi se instalan sueños, alas de la memoria
que consideran los presagios como certezas
Que se permanecen siempre que te veo
en mi memoria.
Puede ser, casi seguro, cierto y natural
que mis palabras levanten en ti
las esquinas de la pálida desconfianza
Y que el corazón te vierta inseguridades.
Puede ser. Claro que si, que puede ser.
Pero te entrego los pilares y los volúmenes
de esta soledad de presagios marineros.
Están llenos de saberes del mar. De orígenes
y de naufragios, de intuiciones dormidas
sobre los hombros de la necesidad
y sobre el bogar eterno del amor sin fronteras.
Hasta puede ser que estas palabras escritas
sobre el consentimiento de la poesía consideren
la verdad de lo escrito.
Asumo la importancia e incluso
la vuelta al fracaso de la viceversa de la intención cierta.
Pero están tierras sobre las que sigo creciendo
de forma perpetua e insistente,
ya necesitadas del rápido trabajo agrícola
que entierre mi corazón en el tuyo y,
así acumulándose hagamos edades del amor cierto.
Lamento la distancia. Lamento no poder
hacer una profunda batalla por conquistarte
y que los sonidos de la batalla me llenen
el corazón y me ausenten de fríos y temores.