Carlos Aguilera Sendagorta
Poeta recién llegado
Sequía en Eritrea
Meseta sedienta de infértiles llanos
sin agua, sin cauces, sin bocas que sacien
sus sedes, sus hambres, sus soles sin sombras.
Desierto sin dunas, de tierras tan duras
que están roturadas sin mulos por hombres
de pechos exhaustos y extenuados hombros
que arrastran y rompen y gimen o callan
tan sólo arañando las áridas tierras.
Eriales sin fruto, cementerio absurdo,
que por infecundo no admite ni tumbas,
y donde los túmulos se borran al viento
de infinitas motas de carne y de huesos.
Pavimento ingrato, infértil, tacaño,
donde de rodillas, con la espalda al hombro,
se excavan las fosas con las uñas rotas.
Y cuando se dejan al fondo del hoyo,
sus muertos sin pena - cadáveres secos
de arrugados restos de viejos cansados
sin carne, sin piel, sin dientes, sin ropas-
o cuando fijos se apagan los ojos
de niños hambrientos que han muerto gimiendo,
mirando hacia el cielo sin gesto de verlo
(pues quien les sepulta ya ni se entretiene
en cerrar sus párpados que yertos nos muestran
el acuoso brillo de su muerte seca).
No gotean lágrimas por los que ya amaron
ni mojan los llantos los polvos que cubren
su torso y sus miembros,
exánimes partes,
porque ya ni lloran en su desespero.
No absorbe las lágrimas la tierra que cubre
sus fétidos cuerpos, humores resecos
y huesos barridos, quebrados y enteros.
Horizontes grises, de rocas y piedras
y ciegos deslumbres de lisas arenas,
de ocres tan claros que son casi blancos,
o de beiges óseos, o grises o negros,
mas faltos de brillos y sucios y opacos
sin rocíos ni escarchas, sin húmedos fríos.
No hay pardos, no hay verdes,
no hay llantos no hay risas, ni niños, ni madres,
ni hay hombres que canten, ni viejas que hablen;
no hay nubes, no hay lagos, no hay pozos,
ni hay ríos, ni arroyos, ni grifos, ni vasos
ni gritos, ni risas, ni besos, ni abrazos.
No hay luegos, futuros, despueses, mañanas,
ni esperanzas puestas en niños que nacen
que beban del pecho de sus madres plenas
y que al crecer enfoquen en los días más tristes
las miradas lejos del padre que espera
las nubes, las lluvias, las aguas cayendo
que mojen bailando los áridos suelos.
No hay años ya malos que dén paso a buenos
ni hay jóvenes plenos que cada mañana
se miren las manos vacías de nada
y las vuelvan llenas de leche y de harina .
Hay hoy para ahora un cuartillo escaso,
un poco de líquido que enjuaga tu espera
rRegando de angustias tu lenta agonía
que alarga la prórroga de morirte un día,
de cielos azules, y de noches negras,
callado, sin nada, sin mirar al lado
donde lo que amas se vuelve mirando
los ojos más grandes, sin llantos, con alma,
sin vida mañana, la anónima muerte
que pasa de lado sin poner tu nombre
ni a tu cuerpo exhausto, ni a tu amor ya muerto,
ni al hijo de ambos sepultado sin llantos..
¡Qué lejos el alma de los hombres blancos!
¡Qué lejos sus muertes de nuestros diarios!
Escúchame Europa: no hay agua en el mundo,
ni una sola lágrima llorando por África.
Meseta sedienta de infértiles llanos
sin agua, sin cauces, sin bocas que sacien
sus sedes, sus hambres, sus soles sin sombras.
Desierto sin dunas, de tierras tan duras
que están roturadas sin mulos por hombres
de pechos exhaustos y extenuados hombros
que arrastran y rompen y gimen o callan
tan sólo arañando las áridas tierras.
Eriales sin fruto, cementerio absurdo,
que por infecundo no admite ni tumbas,
y donde los túmulos se borran al viento
de infinitas motas de carne y de huesos.
Pavimento ingrato, infértil, tacaño,
donde de rodillas, con la espalda al hombro,
se excavan las fosas con las uñas rotas.
Y cuando se dejan al fondo del hoyo,
sus muertos sin pena - cadáveres secos
de arrugados restos de viejos cansados
sin carne, sin piel, sin dientes, sin ropas-
o cuando fijos se apagan los ojos
de niños hambrientos que han muerto gimiendo,
mirando hacia el cielo sin gesto de verlo
(pues quien les sepulta ya ni se entretiene
en cerrar sus párpados que yertos nos muestran
el acuoso brillo de su muerte seca).
No gotean lágrimas por los que ya amaron
ni mojan los llantos los polvos que cubren
su torso y sus miembros,
exánimes partes,
porque ya ni lloran en su desespero.
No absorbe las lágrimas la tierra que cubre
sus fétidos cuerpos, humores resecos
y huesos barridos, quebrados y enteros.
Horizontes grises, de rocas y piedras
y ciegos deslumbres de lisas arenas,
de ocres tan claros que son casi blancos,
o de beiges óseos, o grises o negros,
mas faltos de brillos y sucios y opacos
sin rocíos ni escarchas, sin húmedos fríos.
No hay pardos, no hay verdes,
no hay llantos no hay risas, ni niños, ni madres,
ni hay hombres que canten, ni viejas que hablen;
no hay nubes, no hay lagos, no hay pozos,
ni hay ríos, ni arroyos, ni grifos, ni vasos
ni gritos, ni risas, ni besos, ni abrazos.
No hay luegos, futuros, despueses, mañanas,
ni esperanzas puestas en niños que nacen
que beban del pecho de sus madres plenas
y que al crecer enfoquen en los días más tristes
las miradas lejos del padre que espera
las nubes, las lluvias, las aguas cayendo
que mojen bailando los áridos suelos.
No hay años ya malos que dén paso a buenos
ni hay jóvenes plenos que cada mañana
se miren las manos vacías de nada
y las vuelvan llenas de leche y de harina .
Hay hoy para ahora un cuartillo escaso,
un poco de líquido que enjuaga tu espera
rRegando de angustias tu lenta agonía
que alarga la prórroga de morirte un día,
de cielos azules, y de noches negras,
callado, sin nada, sin mirar al lado
donde lo que amas se vuelve mirando
los ojos más grandes, sin llantos, con alma,
sin vida mañana, la anónima muerte
que pasa de lado sin poner tu nombre
ni a tu cuerpo exhausto, ni a tu amor ya muerto,
ni al hijo de ambos sepultado sin llantos..
¡Qué lejos el alma de los hombres blancos!
¡Qué lejos sus muertes de nuestros diarios!
Escúchame Europa: no hay agua en el mundo,
ni una sola lágrima llorando por África.