Uno puede ser de derechas o de izquierdas, pero debe pensar por él mismo, no dar por hecho que todo lo que hace la cúpula representante de unos y otros es cierto, es bueno, es lo mejor. Eso es ser un fanático, un mequetrefe, un necio.
Describís batallas, pero ¿cuál es la guerra de esas batallas? La de siempre: la guerra de las civilizaciones, la de la supervivencia y supremacía de una raza sobre las demás, como en una tribu o una manada donde luchan para conseguir el puesto de macho alfa. Somos animales, la mayoría nunca dejará de ser animal porque no piensa por él mismo y no duda incluso de su padre o su jefe, del macho alfa al que defiende.
¿Qué hacer, dejar a cientos de millones de mujeres sometidas durante siglos? ¿Actuar?
Si dejas que cada uno vaya por su cuenta, si dejas que apaleen y se ensañen con los débiles en los países vecinos, tarde o temprano vendrán a por ti, porque eres un infiel al que hay que someter o exterminar, porque eres el vecino rico, porque la tienes más grande que él, porque está aburrido, porque se ha peleado con su esposa o porque quiere a la tuya, por Tutatis... por ejemplo...
La vida es así, desde las cucarachas hasta las ballenas. El más fuerte pervive y el más débil es aniquilado. Y esto nada tiene que ver con derechas ni izquierdas; si perteneces a una raza estás dentro de ella, aunque no quieras. Si eres un lobo no puedes ir a la manada de corderos, o a la de los osos; si eres un elefante no cabes en el hormiguero, y al revés, ni te cuento. No eres de ellos, simplemente.
¿Llegar a una unión de civilizaciones, de razas? Eso solo es posible cuando hay rasgos comunes, cuando no se cree en dioses, cuando no existen imanes, curas, rabinos... cuando las cabezas de las gentes no están ocupadas por religiones, cuando nos despegamos de una vez de ese ser primigenio animal que yace en cada uno de nosotros a la espera de ver correr la sangre de cuellos ajenos para clavar los colmillos.
No es el velo lo malo, es lo que oculta ese velo. Bajo los velos de las monjas católicas —por no hablar de otros velos— hubo abortos, sometimiento, pobreza material y espiritual —aunque parezca contradictorio—, hastío a la vida, torturas, violaciones, privaciones de libertad —tanto de la exterior como la del interior de cada una. Bajo los velos hay muerte en todo el sentido de la palabra, muerte como ser, como cuerpo, como alma. ¿Una mujer desnuda en un río de verdes valles o una tapada hasta los ojos recorriendo los mismo paisajes? Podría ser un intermedio, ¿verdad?: una mujer paseando como ella quisiera por los mismos paisajes. Pero existen civilizaciones que no dan y nunca darán libertad a sus mujeres, que ven a las nuestras como diablos por andar con libertad. Mientras existamos seremos un peligro para ellos, un mal ejemplo para sus mujeres porque estas se preguntarán por qué unas hacen lo que desean y otras no.
A lo largo de la Historia ha habido infinitud de guerras por infinitud de motivos, pero la madre de las guerras, la que subyace en el texto, la que dirige la base del sistema operativo del hombre-animal es la guerra total del Neandertal contra el homo sapiens, la de una raza contra la otra.
Y al final, tras muchos siglos, solo quedará sobre la faz de La Tierra la raza dominante, que no es más que la más fuerte, la más fuerte en todos los sentidos: en el físico, en el psíquico, en genética, en bondad y en maldad, en inteligencia...
Es fácil de entender: en todas las razas de todos los países hay individuos de izquierdas y de derechas luchando por encabezar a sus ciudadanos porque creen saber el verdadero camino a seguir, pero ninguno, ni los de derechas ni los de izquierdas están en contra de su propia raza. Llegado el momento, ante el peligro y el enfrentamiento contra otras razas, se unirán, se defenderán e intentarán exterminar al enemigo.
¿Consenso, paz, diálogo? Eso es como querer separar el bien y el mal adherido a cada persona de este mundo.
Mucho me temo, si el hombre no aniquila antes al planeta, que los chinos, los asiáticos, dominarán La Tierra porque son los más fuertes genéticamente, los más cabezones, los más fieles a su propia raza. De un blanco y un chino sale un chino; de un negro y un chino sale un chino; hasta de un burro y un chino sale un chino, un asiático. Luego, cuando queden solamente los asiáticos, los esquimales exterminarán lo que quede de la humanidad y se irán a vivir a Plutón, por lo menos.
Algunos, muy pocos, son capaces de crear máquinas y llevarlas hasta un cometa casi enano que circula más allá de la porra a una velocidad burrática mientras miles de millones continúan rezando a los dioses para que les aparte un canto rodado del camino. ¿Creéis que dará tiempo a civilizar a tanta gente antes de que nos abramos la cabeza unos contra otros? Yo no soy tan optimista.
A más ver.