infeliz?
Feliz
LOS SIETE PECADOS CAPITALES
Lujuria
Como un oscuro bando de estorninos
vuela sobre el invierno almidonado,
se abalanza el león sobre el costado
de la presa que ignora sus rugidos.
Las rosas aún florecen sobre Dido,
entre el clamor de mil vientos troyanos,
y seguirá fluyendo este alegato
ante la vil justicia que arde en Minos.
El aroma prohibido a la decencia
que impregna la espesura de mis ramos,
ha dado paso a néctares malditos.
Como una orquídea abierta a la inocencia,
Asmodeus me seduce entre sus manos
e invierte el cono azul del Paraíso.
Gula
Maldita la abundancia acaparada,
maldito el grueso vicio del abuso,
que no deja ni el hueso de su fruto,
que no deja sustrato a la templanza.
Como a Ciacco en su sombra granizada,
me consume este fango nauseabundo,
que engulle lo superfluo de este mundo,
y se espesa la sangre coagulada.
Oronda y flatulenta es la figura
que infecta la premura de estos tiempos,
ungida en óleo abrazo de plenitud.
Cuando el remordimiento aliente cura,
tendremos los gusanos en el pecho,
y el latido sulfúreo en Beelzebub.
Avaricia
Muere la sombra que engendra volumen,
muere el volumen que incuba al engendro,
como raíz que perfora inviernos
muere engordando hasta que se pudre.
Lazo umbilical de nudos azules,
destino forjado y errado a fuego,
fruta en racimos, flores en el suelo,
Germina Mammon vomitando azufre.
En mi última voluntad, yo quiero más.
Yo quiero que sea un chorro el gota a gota,
pasar del rojo al verde, al amarillo.
Surcarte por encima al navegar
por la corriente turbia que remonta
de mi sangre a la bilis de mis ríos.
Ira
Vinieron a por mí cien mil demonios
para agitar hirviente mi ceguera.
No vale ni tu nombre ni tu empresa
cuando te muerden las sierpes del odio.
Abandonado al viento del oprobio,
mis velas me empujaron hasta Dite,
Satanás fue la mano de mi envite,
y las llamas bañaron mis despojos.
Mis redes enganchadas en el fondo
negro de un corazón carbonizado,
mis manos encalladas en lo abrupto.
Me incorporé olvidándome de todo,
como flecha arrancada de su blanco,
y Gerión tensó el arco hacia otros rumbos.
Envidia
Cavita en la sangre ardiente veneno,
que tiñe en su cuerpo el lívido antojo.
Subyugando el alma, hospeda al enojo,
en amplio salón abierto hacia el cielo.
Como el mirlo aquél que escapó del tiempo,
sufrirás tu sol, privado de ojos,
el agua en tu mente alcanzará un pozo,
lejos de su mar, turbia de lamentos.
Oh, hechicera de ingrávidos colores,
Sapia de mis batallas encendidas,
devuélveme el sosiego de tu ausencia.
Leviatán marca el hierro con su nombre,
y congela el rubor de tus heridas
para estampar la flor de su aquiescencia.
Soberbia
Como en todo pecado arde el exceso,
se mueve la soberbia en amplio buche,
busca siempre la luz entre las luces,
y se apaga en la roca sobre Humberto.
El busto de la vida es mármol pétreo,
de ensortijados vicios en sus bucles,
la veta más delgada engendra cruces,
Lucifer es más pródigo que el tiempo.
La vanidad se yergue entre serpientes,
al ritmo acompasado del cumplido,
levitando en la piel de la inocencia.
No alcanzarás la lengua entre sus dientes,
sin sufrir el bocado mortecino
que emponzoña la sangre en la belleza.
Pereza
Alimentando el culto a la acedía,
se abandona el vigor de la existencia,
germina la tristeza en su alma vieja,
enterrando la flor de la ultravida.
Del trance doloroso en la caída,
a una fosa infestada de serpientes,
una a cada pasión de amor inerte,
Belphegor se desliza entre tus ruinas.
Celeridad o ausencia de pecado,
la virtud se transmuta en diligencia
a los ojos del Tribunal Eterno.
Hay pruebas con listones elevados,
marcadas por la fe y por la paciencia,
para evadir las llamas del Averno.
Lujuria
Como un oscuro bando de estorninos
vuela sobre el invierno almidonado,
se abalanza el león sobre el costado
de la presa que ignora sus rugidos.
Las rosas aún florecen sobre Dido,
entre el clamor de mil vientos troyanos,
y seguirá fluyendo este alegato
ante la vil justicia que arde en Minos.
El aroma prohibido a la decencia
que impregna la espesura de mis ramos,
ha dado paso a néctares malditos.
Como una orquídea abierta a la inocencia,
Asmodeus me seduce entre sus manos
e invierte el cono azul del Paraíso.
Gula
Maldita la abundancia acaparada,
maldito el grueso vicio del abuso,
que no deja ni el hueso de su fruto,
que no deja sustrato a la templanza.
Como a Ciacco en su sombra granizada,
me consume este fango nauseabundo,
que engulle lo superfluo de este mundo,
y se espesa la sangre coagulada.
Oronda y flatulenta es la figura
que infecta la premura de estos tiempos,
ungida en óleo abrazo de plenitud.
Cuando el remordimiento aliente cura,
tendremos los gusanos en el pecho,
y el latido sulfúreo en Beelzebub.
Avaricia
Muere la sombra que engendra volumen,
muere el volumen que incuba al engendro,
como raíz que perfora inviernos
muere engordando hasta que se pudre.
Lazo umbilical de nudos azules,
destino forjado y errado a fuego,
fruta en racimos, flores en el suelo,
Germina Mammon vomitando azufre.
En mi última voluntad, yo quiero más.
Yo quiero que sea un chorro el gota a gota,
pasar del rojo al verde, al amarillo.
Surcarte por encima al navegar
por la corriente turbia que remonta
de mi sangre a la bilis de mis ríos.
Ira
Vinieron a por mí cien mil demonios
para agitar hirviente mi ceguera.
No vale ni tu nombre ni tu empresa
cuando te muerden las sierpes del odio.
Abandonado al viento del oprobio,
mis velas me empujaron hasta Dite,
Satanás fue la mano de mi envite,
y las llamas bañaron mis despojos.
Mis redes enganchadas en el fondo
negro de un corazón carbonizado,
mis manos encalladas en lo abrupto.
Me incorporé olvidándome de todo,
como flecha arrancada de su blanco,
y Gerión tensó el arco hacia otros rumbos.
Envidia
Cavita en la sangre ardiente veneno,
que tiñe en su cuerpo el lívido antojo.
Subyugando el alma, hospeda al enojo,
en amplio salón abierto hacia el cielo.
Como el mirlo aquél que escapó del tiempo,
sufrirás tu sol, privado de ojos,
el agua en tu mente alcanzará un pozo,
lejos de su mar, turbia de lamentos.
Oh, hechicera de ingrávidos colores,
Sapia de mis batallas encendidas,
devuélveme el sosiego de tu ausencia.
Leviatán marca el hierro con su nombre,
y congela el rubor de tus heridas
para estampar la flor de su aquiescencia.
Soberbia
Como en todo pecado arde el exceso,
se mueve la soberbia en amplio buche,
busca siempre la luz entre las luces,
y se apaga en la roca sobre Humberto.
El busto de la vida es mármol pétreo,
de ensortijados vicios en sus bucles,
la veta más delgada engendra cruces,
Lucifer es más pródigo que el tiempo.
La vanidad se yergue entre serpientes,
al ritmo acompasado del cumplido,
levitando en la piel de la inocencia.
No alcanzarás la lengua entre sus dientes,
sin sufrir el bocado mortecino
que emponzoña la sangre en la belleza.
Pereza
Alimentando el culto a la acedía,
se abandona el vigor de la existencia,
germina la tristeza en su alma vieja,
enterrando la flor de la ultravida.
Del trance doloroso en la caída,
a una fosa infestada de serpientes,
una a cada pasión de amor inerte,
Belphegor se desliza entre tus ruinas.
Celeridad o ausencia de pecado,
la virtud se transmuta en diligencia
a los ojos del Tribunal Eterno.
Hay pruebas con listones elevados,
marcadas por la fe y por la paciencia,
para evadir las llamas del Averno.

:: me compre un auto nuevo ja... vamos a dar una vuelta por la galaxia...
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