Viento de américa
Poeta adicto al portal
Metro Insurgentes.
Diez y media.
Todas las noches,
con cara de salario mínimo,
salgo del vagón
detrás de los últimos murmullos
que corren como endemoniados
persiguiendo a sus dueños.
Camino con el pie derecho
pidiendo permiso al izquierdo,
tropiezo con los mensajes en clave
de dos enormes ojos azules.
Me sonríe
al tiempo de mi huida.
Antes de desaparecer
me percato que su boca
sería el augurio de noches aciagas.
No hubo remedio, regresé.
Ella seguía ahí.
Prometía aliviar el dolor de cabeza
con un par de mejorales.
Y me miraba,
sé que era a mi:
a mis temblores de perro bajo la lluvia,
a mis ojeras de enamorado alunado,
a mis urgencias de su amor.
Un lunes sin luna,
metí en la mochila los miedos.
Saqué el dersarmador,
lo apreté con fuerza.
Cuatro o cinco tornillos,
algunas vueltas y...
No hubo tal.
El anuncio de una enorme coca-cola
ocupaba su espacio.
Nunca más la he vuelto a ver.
Pero por aquello de no te entumas,
recorro de lado a lado el andén.
Diez y media.
Todas las noches,
con cara de salario mínimo,
salgo del vagón
detrás de los últimos murmullos
que corren como endemoniados
persiguiendo a sus dueños.
Camino con el pie derecho
pidiendo permiso al izquierdo,
tropiezo con los mensajes en clave
de dos enormes ojos azules.
Me sonríe
al tiempo de mi huida.
Antes de desaparecer
me percato que su boca
sería el augurio de noches aciagas.
No hubo remedio, regresé.
Ella seguía ahí.
Prometía aliviar el dolor de cabeza
con un par de mejorales.
Y me miraba,
sé que era a mi:
a mis temblores de perro bajo la lluvia,
a mis ojeras de enamorado alunado,
a mis urgencias de su amor.
Un lunes sin luna,
metí en la mochila los miedos.
Saqué el dersarmador,
lo apreté con fuerza.
Cuatro o cinco tornillos,
algunas vueltas y...
No hubo tal.
El anuncio de una enorme coca-cola
ocupaba su espacio.
Nunca más la he vuelto a ver.
Pero por aquello de no te entumas,
recorro de lado a lado el andén.