Jose Anibal Ortiz Lozada
Poeta adicto al portal
Si volviera a nacer, te amaría de nuevo,
como el viento acaricia las hojas en otoño,
como la luna se refleja en las aguas tranquilas.
Te amaría con la misma intensidad,
con el mismo fuego que nos consumió,
ese fuego que ahora es ceniza y memoria.
Te buscaría en cada rincón de la vida,
en cada esquina del tiempo,
en cada amanecer y atardecer,
en cada latido que aún guarda tu nombre.
Te encontraría en los susurros del viento,
en el silencio de la noche estrellada,
en el eco de las risas que compartimos.
Si volviera a nacer, te amaría de nuevo,
sin miedo al destino, sin temor a la muerte.
Te amaría con la certeza de que este amor
trasciende la carne y el hueso,
que vive en el alma y en el recuerdo.
Lloraría por ti una vez más,
como lloré el día que te fuiste,
cuando la muerte, fría y despiadada,
nos separó sin piedad.
Lloraría, no por la pérdida,
sino por la belleza de haberte tenido,
por la fortuna de haberte amado.
Te amaría en cada lágrima que cae,
en cada suspiro que escapa de mi pecho.
Te amaría en cada flor que se marchita,
en cada estrella que se apaga.
Te amaría en la quietud de la noche,
en la soledad del alba,
en el vacío que dejaste.
Si volviera a nacer, te amaría de nuevo,
sin importar el dolor, sin temer el fin.
Porque el amor que nos unió
es más fuerte que la muerte,
más eterno que el olvido.
Te llevaría conmigo en cada vida,
te amaría en cada existencia,
te buscaría en cada reencarnación,
y en cada una, te amaría de nuevo,
como si fuera la primera vez,
como si no existiera el adiós.
Porque tú eres ese amor único,
ese amor que trasciende tiempos y vidas,
ese amor que la muerte no puede robar,
ese amor que, si volviera a nacer,
te amaría de nuevo,
una y otra vez, por toda la eternidad.
como el viento acaricia las hojas en otoño,
como la luna se refleja en las aguas tranquilas.
Te amaría con la misma intensidad,
con el mismo fuego que nos consumió,
ese fuego que ahora es ceniza y memoria.
Te buscaría en cada rincón de la vida,
en cada esquina del tiempo,
en cada amanecer y atardecer,
en cada latido que aún guarda tu nombre.
Te encontraría en los susurros del viento,
en el silencio de la noche estrellada,
en el eco de las risas que compartimos.
Si volviera a nacer, te amaría de nuevo,
sin miedo al destino, sin temor a la muerte.
Te amaría con la certeza de que este amor
trasciende la carne y el hueso,
que vive en el alma y en el recuerdo.
Lloraría por ti una vez más,
como lloré el día que te fuiste,
cuando la muerte, fría y despiadada,
nos separó sin piedad.
Lloraría, no por la pérdida,
sino por la belleza de haberte tenido,
por la fortuna de haberte amado.
Te amaría en cada lágrima que cae,
en cada suspiro que escapa de mi pecho.
Te amaría en cada flor que se marchita,
en cada estrella que se apaga.
Te amaría en la quietud de la noche,
en la soledad del alba,
en el vacío que dejaste.
Si volviera a nacer, te amaría de nuevo,
sin importar el dolor, sin temer el fin.
Porque el amor que nos unió
es más fuerte que la muerte,
más eterno que el olvido.
Te llevaría conmigo en cada vida,
te amaría en cada existencia,
te buscaría en cada reencarnación,
y en cada una, te amaría de nuevo,
como si fuera la primera vez,
como si no existiera el adiós.
Porque tú eres ese amor único,
ese amor que trasciende tiempos y vidas,
ese amor que la muerte no puede robar,
ese amor que, si volviera a nacer,
te amaría de nuevo,
una y otra vez, por toda la eternidad.